La madrugada del 16 de abril de 2020, cuando España estaba en los días más duros del confinamiento por la pandemia y las calles parecían apagadas a propósito, David Hernández Sánchez, de 18 años, salió de su casa en Laguna de Duero (Valladolid) y no volvió. En un pueblo donde muchas noches terminan igual y donde aquel mes casi nadie se movía sin un motivo, ese simple gesto —abrir la puerta y desaparecer en la oscuridad— se convirtió en el inicio de un caso que aún hoy sigue sin una explicación completa. La escena es inquietante por lo que sugiere: un chico joven caminando cuando casi todo estaba detenido, en un silencio de ciudad vacía que, en teoría, debía facilitar cualquier reconstrucción… y, sin embargo, ocurrió lo contrario.
David era vecino de la zona de Prado Boyal y había sido alumno del IES Las Salinas. En su casa, aquella noche, quedaban rastros de vida normal: familia, rutina, el tipo de noche que no anuncia tragedias. Pero algo lo empujó a salir “de golpe”, según recogieron después medios locales al hablar de lo precipitado de esa salida, como si hubiera recibido un mensaje o una noticia que le cambió el pulso en segundos. Esa pregunta —qué lo hizo levantarse y cruzar la puerta— es una de las más repetidas en las investigaciones y en la memoria del pueblo, porque marca el momento exacto en que la normalidad se quiebra.
Horas más tarde, poco antes de las 7:30, un vecino que paseaba por el parque tras el polideportivo encontró a un joven tendido y llamó a emergencias pensando que estaba inconsciente. En cuestión de minutos llegaron patrullas de Guardia Civil, Policía Municipal y servicios sanitarios; el área quedó acordonada y se confirmó lo peor. El lugar era la trasera del polideportivo, junto al lago, un espacio por el que la gente pasa a diario para caminar o sacar al perro, un lugar demasiado cotidiano como para asociarlo a una escena así.
Los primeros datos forenses que trascendieron fueron duros: David presentaba un impacto contundente en la cabeza y también heridas compatibles con un objeto punzante. Además, los investigadores encontraron un detalle extraño en la inspección ocular: solo llevaba una zapatilla puesta; la otra estaba a poca distancia. En su bolsillo no había documentación, únicamente un teléfono móvil y un mechero, elementos que la Guardia Civil analizó como parte del rompecabezas. El escenario, por sí solo, parecía hablar de un forcejeo o de una persecución corta, pero el caso no ofreció una secuencia clara.
Desde el primer día, la investigación quedó condicionada por el contexto: restricciones, menos tránsito, menos testigos circulando, y una noche en la que, paradójicamente, casi todo debía ser más visible. Aun así, lo que se encontró fue lo contrario: ausencia de cámaras útiles en el punto exacto, pocos movimientos registrables y un margen enorme para que quien lo hizo se esfumara sin dejar rastro evidente. En uno de los artículos más recientes, se recuerda que la única cámara cercana estaba ubicada en una rotonda a más de 200 metros del parque, un dato que ilustra lo fácil que puede ser quedar fuera de cuadro incluso en un municipio pequeño.
En las horas posteriores al hallazgo, la Guardia Civil tomó declaraciones a personas del entorno, revisó el móvil y exploró el parque buscando cualquier objeto que pudiera haber sido usado en el ataque. Se habló de revisar papeleras, zonas de vegetación, márgenes del lago, buscando desde un objeto contundente hasta un elemento punzante. En ese peinado inicial, según se ha publicado, se recogieron cuchillos localizados en el entorno para su análisis, pero no aportaron la prueba decisiva que cerrara el caso.
Con el paso de los meses, la historia empezó a tener un nombre propio además del de David: Lorena Sánchez, su madre. Su papel fue el de insistir cuando todo empezaba a enfriarse, mantener el caso en la conversación local y pedir que no se cerraran puertas. En entrevistas, ella sostuvo siempre dos preguntas fijas —quiénes fueron y por qué— y describió el desgaste de vivir esperando una llamada que nunca llega. En 2021 y 2022 se hicieron concentraciones y actos de recuerdo en el lugar, pero con el tiempo Lorena decidió no repetirlos para proteger a sus otros hijos del impacto emocional, coincidiendo además con que el 16 de abril es el cumpleaños de su hija Carolina.
A nivel judicial, el caso entró en un terreno especialmente frustrante: investigaciones largas, secreto de sumario durante periodos y una sensación pública de estar siempre a un paso de algo que no termina de cuajar. En diciembre de 2023, la titular del Juzgado de Instrucción nº 3 de Valladolid decretó el archivo provisional por falta de pruebas suficientes para sostener una autoría, dejando claro que no era un cierre definitivo y que se podría reabrir si aparecían nuevos indicios. La noticia cayó como un jarro de agua helada: no porque se diera por resuelto, sino porque el expediente quedaba en pausa, como si el tiempo ganara otra vez.
En 2024, la familia recurrió y el golpe volvió: se informó de que la jueza mantuvo el archivo provisional, una decisión que prolongó la sensación de estancamiento. En paralelo, el caso seguía siendo recordado como uno de los episodios más duros ocurridos durante el confinamiento en Castilla y León, con una pregunta que se repetía en titulares: cómo pudo ocurrir algo así “a pocos metros de casa” y quedar sin responsables identificados públicamente durante años.
En abril de 2025, cuando se cumplieron cinco años, el caso volvió a saltar con fuerza por una petición concreta: la madre solicitó la intervención de la UCO y también que se habilitara un teléfono anónimo para recibir información de forma segura. En esa misma actualización se detalló el tamaño del trabajo policial realizado (declaraciones a decenas de personas, informes extensos) y, al mismo tiempo, el gran obstáculo: no hubo testigos en la franja horaria probable, no apareció el objeto contundente ni el elemento punzante, y no se detectaron en la ropa o el cuerpo rastros biológicos de terceros que permitieran apuntar a alguien con solidez.
El caso también quedó atravesado por un factor que lo hace aún más inquietante: la idea de que alguien, dentro del entorno, podría saber algo y haber callado por miedo. Ese es el motivo por el que el canal anónimo se plantea como una vía realista: porque en pueblos y barrios pequeños el silencio no siempre significa ignorancia; a veces significa temor, lealtades equivocadas o la certeza de que hablar tiene consecuencias. Esa posibilidad, repetida por la madre en entrevistas, explica por qué la herida no se cierra: porque si alguien lo sabe, la verdad no está perdida, está guardada.
En lo público, el nombre de David terminó citado incluso en informes sobre violencia y delitos de odio al repasar casos sin resolver, señal de que su historia trascendió el ámbito local. Y, sin embargo, en Laguna de Duero el caso no es un “tema social”: es un lugar concreto, un parque concreto, una madrugada concreta. Un chico de 18 años encontrado junto al lago, con un móvil y un mechero, con una zapatilla fuera de sitio, y un pueblo entero intentando entender qué ocurrió en un tramo de horas en el que casi nadie debía estar en la calle.
A día de hoy, lo verificable se sostiene en una línea simple y devastadora: David salió de casa en la madrugada del 16 de abril de 2020, apareció horas después en un parque de Laguna de Duero con señales de un ataque grave, y la causa quedó archivada de forma provisional en 2023, con recursos posteriores y nuevas peticiones de la familia para reactivar líneas de investigación en 2024 y 2025. Lo que falta es la pieza que convierta el “se sabe” en “se demuestra”, la prueba que señale un nombre sin margen de duda. Y mientras esa pieza no aparezca, el caso seguirá siendo lo que es desde el principio: una madrugada con demasiadas sombras, y un silencio que, en un pueblo pequeño, se siente todavía más grande.
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