El 23 de enero de 2023 amaneció en Valladolid con el frío seco característico de la meseta, sin que nadie en el Paseo de Zorrilla pudiera presagiar que el invierno se haría eterno en el quinto piso del número 66. En el interior de aquel apartamento, lo que debía ser un refugio familiar se transformó en el escenario de una carnicería que marcó un antes y un después en la crónica negra de Castilla y León. Paloma Pinedo, una mujer de 46 años con toda la vida por delante, y su pequeña hija India, de tan solo ocho, vieron cómo su tiempo se detenía abruptamente a manos de quien decía amarlas.
David Maroto, la pareja de Paloma en aquel momento, no era un desconocido para el sistema, aunque su peligrosidad había pasado desapercibida bajo el radar de la protección oficial. Con un historial previo de malos tratos hacia una expareja en 2017, había logrado rehacer su vida sentimental sin que nadie advirtiera a Paloma del riesgo que dormía a su lado. Aquella madrugada, la máscara de normalidad se rompió definitivamente cuando David decidió ejecutar un plan marcado por el odio y la dominación machista más absoluta.
La reconstrucción de los hechos, avalada ahora por la sentencia firme, describe una secuencia de terror que hiela la sangre por su frialdad. David atacó a Paloma e India con un arma blanca, asestándoles múltiples puñaladas en un acto de violencia que los forenses calificaron de brutal y despiadado. Paloma intentó defenderse, interponiendo sus manos y brazos ante el filo para protegerse a sí misma y, sobre todo, para intentar salvar a su hija, pero la fuerza y la determinación del agresor anularon cualquier posibilidad de supervivencia.
El ensañamiento con la pequeña India fue el punto culminante de una crueldad diseñada para causar el mayor dolor posible, no solo físico, sino moral. Las investigaciones apuntaron desde el principio a que el asesinato de la niña no fue un daño colateral, sino un acto de violencia vicaria llevado al extremo: matar a lo que la madre más quería para destruirla en vida, o en este caso, para aniquilar su legado antes de acabar con ella. Valladolid se estremeció al saber que India se convertía en la primera menor asesinada por violencia de género en los registros de la comunidad.
Tras consumar el doble crimen, la conducta de David Maroto rozó lo grotesco, demostrando una desconexión total con la humanidad de sus víctimas. Lejos de mostrar arrepentimiento inmediato o pánico, se quedó en la vivienda conviviendo con los cuerpos inertes de su pareja y la niña. Llegó incluso a encender un puro habano y fumárselo tranquilamente frente al cadáver de Paloma, un gesto de desprecio y triunfo macabro que fue relatado con horror durante las sesiones del juicio.
La comunicación con el exterior esa noche fue escasa pero reveladora de su estado mental y de sus motivaciones profundas. Alrededor de la una y media de la madrugada, envió un mensaje de WhatsApp a su exmujer, aquella que lo había denunciado años atrás, con una frase lapidaria: "La culpa es tuya. Esta es la consecuencia". Con estas palabras, intentaba proyectar la responsabilidad de su barbarie hacia otra mujer, cerrando el círculo de su misoginia y justificando lo injustificable bajo una lógica retorcida de venganza.
No fue hasta horas después cuando el propio asesino alertó a su cuñado de lo que había hecho, lo que propició la llegada de la Policía Nacional al domicilio del Paseo de Zorrilla. Los agentes se encontraron con una escena dantesca y con un David que presentaba cortes superficiales, en un intento de simular un suicidio que los informes forenses descartaron rápidamente como una puesta en escena para atenuar su culpa. No había locura transitoria ni efectos determinantes de drogas que anularan su voluntad; había maldad consciente.
El proceso judicial, que culminó a finales de 2024, fue una prueba de fuego para la familia de las víctimas, obligada a revivir el horror en cada sesión de la Audiencia Provincial. La tensión en la sala alcanzó su punto álgido cuando se describieron las lesiones de la pequeña India, provocando que el padre biológico de la niña y otros familiares intentaran abalanzarse sobre el acusado en el banquillo. El juez tuvo que desalojar la sala ante el conato de linchamiento, reflejo de la impotencia y el dolor infinito de quienes han perdido lo más sagrado.
En enero de 2025, la justicia dictó su primera gran sentencia: prisión permanente revisable por el asesinato de India y 25 años de cárcel por el de Paloma. El jurado popular no tuvo dudas a la hora de calificar los hechos como asesinatos con alevosía y ensañamiento, rechazando cualquier atenuante por consumo de sustancias. Fue un veredicto que trajo cierto alivio a Valladolid, confirmando que el sistema penal respondería con la máxima contundencia ante la muerte de una niña inocente.
La batalla legal continuó durante el último año con los recursos presentados por la defensa, que intentaba rebajar la pena alegando falta de imparcialidad o errores en la valoración de la prueba. Sin embargo, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León ratificó el fallo en mayo de 2025, cerrando la puerta a cualquier reducción de condena. La firmeza de los magistrados envió un mensaje claro: no hay resquicios legales que puedan amparar la brutalidad de la violencia vicaria.
Finalmente, el pasado 2 de enero de 2026, el Tribunal Supremo rechazó el último recurso de casación interpuesto por David Maroto, haciendo firme y definitiva la condena de prisión permanente revisable. Con esta decisión, se agota la vía judicial y se garantiza que el asesino no volverá a pisar la calle en décadas, si es que alguna vez lo hace. Es el punto final jurídico a tres años de lucha incansable por parte de la familia de Paloma e India para que sus nombres no cayeran en el olvido.
En la actualidad, David Maroto cumple su condena en un centro penitenciario donde, según ha trascendido, ha comenzado a trabajar como teleoperador para una empresa externa. Esta noticia ha generado cierta controversia social, al contrastar la rutina laboral del asesino con el vacío eterno que dejó en la familia de sus víctimas. Mientras él ocupa su tiempo y recibe una retribución, la madre de Paloma y abuela de India sigue visitando dos tumbas que nunca deberían haberse cavado tan pronto.
El caso de Paloma e India ha dejado una cicatriz profunda en la sociedad vallisoletana, que cada 23 de enero recuerda a las dos víctimas en el Paseo de Zorrilla. La indignación por los fallos del sistema, que no detectó el riesgo pese a los antecedentes, se ha transformado en una exigencia permanente de mayores recursos y protección. India, con su sonrisa de ocho años, se ha convertido en un símbolo de la fragilidad de la infancia frente a la violencia machista.
La figura de Carmen, madre y abuela, se ha erigido como un pilar de dignidad, manteniendo viva la memoria de "sus niñas" y luchando para que el asesino no obtenga ningún beneficio penitenciario inmerecido. Su testimonio durante el juicio, desgarrador y firme, fue clave para que el jurado comprendiera la magnitud del daño causado. "Es un monstruo con todas las letras", repitió, asegurando que ninguna pena será suficiente para pagar la ausencia de dos generaciones de mujeres de su familia.
La prisión permanente revisable es hoy la única garantía de seguridad para una sociedad que no está dispuesta a perdonar ni olvidar lo ocurrido en aquel quinto piso. La revisión de la condena, dentro de 25 o 35 años, será el próximo horizonte lejano, pero hasta entonces, David Maroto permanecerá aislado de la libertad que despreció al arrebatarla a otros. La justicia ha sido plena en el papel, pero el dolor es perpetuo en el corazón de los supervivientes.
Cerramos esta crónica honrando la memoria de Paloma Pinedo y de la pequeña India, cuyas vidas fueron segadas por la sinrazón pero cuyo recuerdo sigue vivo en cada rincón de Valladolid. Que su historia sirva como un recordatorio constante de que la violencia de género es una emergencia que nos incumbe a todos y que no podemos permitirnos ni un solo silencio más. Descansen en paz, juntas, lejos ya del horror que les tocó vivir.
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