El último verso de Eva Aza: El trágico final de la romancera del Carnaval de Cádiz



Cádiz es una ciudad que se explica a través de la risa, del ingenio y del romancero que inunda sus calles cada febrero. Sin embargo, detrás de las máscaras y el papelillo, a veces se esconden sombras que ninguna copla puede espantar. Eva María Aza, una mujer de 46 años, era una de esas voces que daban vida a la esencia gaditana, una romancera querida y una enfermera dedicada a cuidar de los demás.

Su vida transcurría entre el hospital y los tablados, entre la responsabilidad de su uniforme blanco y la alegría de su disfraz de carnaval. Pero el 8 de enero de 2023, esa dualidad se rompió de la forma más violenta posible. Eva no murió en un hospital rodeada de cuidados, sino en un piso de El Puerto de Santa María, víctima de un estruendo que apagó su ingenio para siempre.

El escenario de la tragedia fue la urbanización de Valdelagrana. Allí, lo que comenzó como una noche de fiesta y excesos, terminó convirtiéndose en un pasillo hacia el abismo. Eva compartía aquellas horas con Carlos B.L., un hombre con el que mantenía una relación compleja, nacida en los márgenes de un centro de rehabilitación de drogodependientes.

Aquella unión, marcada por el cariño pero también por el consumo compartido, era un equilibrio precario sobre una cuerda floja. Según las declaraciones vertidas en el juicio tres años después, la pareja pasaba los fines de semana sumergida en una espiral de cocaína, MDMA y alcohol, un cóctel que anulaba cualquier rastro de juicio y seguridad.

La madrugada del crimen, la tensión se instaló en el salón de la vivienda. Junto a ellos estaba un amigo, testigo involuntario de cómo los celos y la desconfianza por un simple gramo de droga empezaron a emponzoñar el ambiente. Lo que para cualquier persona sería una nimiedad, en ese entorno de adicciones se convirtió en el detonante de una furia incontrolable.

Carlos, apodado "El Chino", no era un desconocido para la violencia. En un momento de la discusión, empuñó un revólver y percutió un tiro contra el suelo, un "impulso" —según sus propias palabras— destinado a silenciar a los presentes. Fue el primer aviso de una tragedia que ya no tenía marcha atrás, el eco de un metal que presagiaba lo peor.

Tras la marcha del amigo, Eva y Carlos se quedaron solos. Fue entonces cuando el destino se ensañó con la enfermera. Un segundo disparo, esta vez certero y mortal, alcanzó la cabeza de Eva Aza. El sonido que debió haber sido de fiesta se transformó en el silencio definitivo de una mujer que tenía aún muchos carnavales por cantar.

El agresor huyó del lugar, dejando atrás el cuerpo sin vida de la mujer que, más tarde, llamaría "el amor de su vida". No fue hasta que se vio acorralado por otro incidente relacionado con drogas que confesó el crimen. "He matado al amor de mi vida", dijo a los agentes, una frase que resuena con una ironía macabra frente a la frialdad del gatillo.



El hallazgo del cuerpo en la Urbanización Bahía Sherry confirmó la pesadilla. La noticia corrió como la pólvora por las calles de Cádiz, dejando a la comunidad del Carnaval en un estado de shock absoluto. La romancera, la mujer que hacía reír a los demás con sus rimas punzantes, se había convertido en la triste protagonista de un suceso de sangre.

En febrero de 2026, la Audiencia Provincial de Cádiz ha acogido el juicio con jurado popular. Carlos ha intentado defenderse alegando que el disparo fue "fortuito" y que solo quería evitar que ella cogiera el arma. Sin embargo, la trayectoria del proyectil y el contexto de violencia previa dibujan un panorama mucho más oscuro que el de un simple accidente.

El testimonio del acusado en la cuarta sesión ha sido un relato de desolación y adicciones. Ha descrito una relación "íntima pero abierta", intentando despojar al crimen de su naturaleza de violencia de género, una estrategia legal para reducir una condena que las acusaciones piden que sea ejemplar por asesinato.

Pero más allá de las estrategias judiciales, queda el vacío de Eva. Queda la ausencia de una enfermera que ya no aliviará más dolores y de una artista que no volverá a hacer reír al barrio de La Viña. Su muerte es un recordatorio de cómo las sombras de la droga pueden devorar incluso a las personas más brillantes.

El Carnaval de Cádiz, siempre tan dado a la sátira, guardó un respetuoso silencio por una de las suyas. Eva Aza no es solo una estadística más en la lista de mujeres asesinadas por sus parejas; es una herida abierta en el corazón de una cultura que hoy canta con un nudo en la garganta.

La justicia dictará su veredicto en las próximas semanas, pero ninguna sentencia podrá devolverle el pulso a la calle donde Eva declamaba sus romances. La condena social ya es firme: el rechazo a un acto que utilizó la pólvora para callar a una mujer que solo sabía usar la palabra.

Hoy, la habitación de Valdelagrana sigue guardando el secreto de esos últimos minutos de forcejeo y miedo. La imagen de Eva, con su cartel de romancera y su sonrisa abierta, contrasta con la crudeza de un tribunal donde se discute si su vida valía menos que un impulso violento.



Al final del día, cuando las luces del teatro se apagan y el poniente sopla sobre la Caleta, el nombre de Eva María Aza sigue presente. Porque las pesadillas reales no terminan cuando se cierra el bloque de noticias, sino que permanecen en el eco de un disparo que nunca debió sonar en la ciudad de la alegría.

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