En una carretera de La Rioja, un grupo de siete ciclistas avanzaba en fila, con esa concentración silenciosa que exige el asfalto cuando el aire aún corta.
Iban visibles, reglamentarios, contando metros y respiraciones, hasta que un turismo los adelantó a una velocidad que no parecía de esa vía.
El claxon sonó una y otra vez, no como aviso, sino como presión, como si la carretera fuese un territorio exclusivo y el grupo estuviera estorbando por existir.
Uno de los ciclistas alzó el brazo en un gesto de protesta, y esa mínima respuesta encendió algo: una frenada brusca, gestos desde el coche, el inicio de un pulso absurdo.
El turismo siguió su marcha, y por un instante pareció que todo acabaría ahí, en el susto y la rabia que se tragan en la cuneta.
Pero minutos después, el coche giró y regresó en sentido contrario, ocupando por completo el carril del grupo, de frente, como una amenaza que ya no se disimula.
La aproximación fue tan rápida que apenas hubo margen para pensar; lo único posible fue saltar fuera de la calzada y salvarse por puro instinto.
La llamada de auxilio llegó de inmediato a la Central Operativa de la Guardia Civil, con la certeza de que no se trataba de una imprudencia cualquiera.
El Grupo de Investigación y Análisis de Tráfico recogió el testimonio de los siete ciclistas y comenzó a reconstruir la secuencia completa.
Con datos aportados por el grupo y grabaciones de cámaras de seguridad, los agentes identificaron al conductor, un joven de 21 años residente en la comunidad.
Los informes técnicos hablaron de velocidad muy por encima del límite, de una vía restringida a 60 kilómetros por hora y de un paso peligrosamente cercano.
La maniobra no fue un error de volante: fue una decisión de volver, encararlos y convertir un coche en un arma que podía matar.
Por eso se instruyeron diligencias por un presunto delito de homicidio en grado de tentativa o, de forma subsidiaria, por conducción temeraria.
En la carretera, los ciclistas son el cuerpo más expuesto; no tienen chapa, ni airbag, ni margen, solo equilibrio y fe en que el otro no se lo arrebate.
Ese día, en La Rioja, lo que falló no fue la visibilidad ni la norma: fue la voluntad de quien decidió que un enfado podía resolverse con una embestida.
Y cuando el grupo volvió a montar la bicicleta, el asfalto ya no era el mismo: había quedado la huella invisible de un coche que volvió de frente.
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