A las ocho de la tarde, el barrio de San Antón todavía tenía luz. En la calle Las Palmas, un edificio de seis plantas parecía uno más, encima de un supermercado.
Entonces empezó el fuego, arriba del todo, en el ático. Y cuando arde el último piso, el humo baja como si el edificio respirara al revés.
Los vecinos intentaron salir, pero no siempre se puede. Hubo momentos en los que no podían asomarse ni a puertas ni a ventanas por los cristales que caían desde arriba.
Tuvieron que buscar otra vía. Salir por el sótano, como quien se esconde de una tormenta que viene desde el techo.
Mientras tanto, bomberos y Policía Local llegaron con la urgencia de los casos que se entienden al primer vistazo: hay llamas y hay gente dentro.
El incendio obligó a evacuar el edificio y también el supermercado situado en los bajos. La calle se cortó y la esquina se llenó de sirenas.
En el interior, un hombre de 102 años quedó atrapado. Los bomberos tuvieron que forzar una puerta para llegar hasta él, se ha informado.
Cuando lo sacaron, ya era tarde. Los servicios de emergencia intentaron reanimarlo, pero no pudieron salvarle la vida.
La muerte en un incendio no siempre llega por el fuego: llega por el humo, por la intoxicación, por el aire que se vuelve enemigo.
Hubo vecinos atendidos por crisis de ansiedad. Ese detalle, pequeño en los partes, explica lo que se vive cuando el hogar se convierte en un lugar del que hay que huir.
El fuego fue controlado, pero lo que queda después es otra cosa: el olor, la ceniza, las escaleras marcadas y las preguntas abiertas.
Se investiga el origen del incendio. Entre las hipótesis, se baraja que pudiera haberse iniciado en la terraza o por un posible cortocircuito.
En estos casos, cada objeto importa: una instalación, un cable, un enchufe, una chispa. La respuesta suele ser técnica, pero el daño es humano.
En la noche, además, trabajaron equipos para recoger pruebas y determinar qué ocurrió exactamente en la sexta planta.
A la mañana siguiente, el edificio ya no era el mismo. Tampoco lo era el barrio, que había visto cómo el último piso se convertía en una trampa.
Y en San Antón quedó una imagen difícil de olvidar: la de un ático ardiendo sobre la ciudad, con gente bajando hacia el sótano, y un rescate a contrarreloj que no alcanzó para salvar una vida.
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