Palma: Ana Niculai, Trece Horas en un Maletero y un Coche en Llamas



Palma, 19 de julio de 2010. A esa hora en que la ciudad todavía bosteza, el asfalto del aparcamiento de la calle Jeroni Pou estaba casi vacío y el día parecía uno más.

Ana Niculai tenía 25 años y abría camino como podía: trabajo, horarios raros, la rutina de quien aprende a vivir lejos de casa. Aquella mañana llegó con su coche sin imaginar que alguien la estaba esperando.

Alejandro de Abarca, conocido como ‘el Enano’, se acercó entre las 7.00 y las 7.30 y la redujo allí mismo. El vínculo no era una historia de amor: era un encuentro reciente, una insistencia incómoda, una atención que ella no quería deberle a nadie.

La obligó a entrar en su propio vehículo. Manos atadas, boca tapada, y el lugar más cruel de un coche: el maletero, donde no hay mirada que pida ayuda.

El detalle ancla de este caso es ese cierre seco. Un golpe de tapa y, con él, la ciudad queda fuera como si no existiera.

Durante horas condujo por distintos puntos de Mallorca con Ana encerrada, alternando el maletero y el asiento trasero, siempre inmovilizada. En algún tramo llegó a colocar una bicicleta encima de ella, como si el peso fuera otra forma de silencio.

No fue un arrebato corto: fue un día entero administrado. Tiempo para pensar, tiempo para decidir, tiempo para seguir.

En el camino buscó gasolina. Cinco litros comprados con normalidad, como quien va a llenar una garrafa para el jardín, y que en realidad eran la promesa de un final.

También pasó por Son Banya. Allí consiguió heroína y se la inyectó a Ana una y otra vez, forzándola a un estado en el que ni el cuerpo responde ni la voluntad se sostiene.

A medida que avanzaba el día, la isla seguía su ruido: tráfico, playas, persianas subiendo. Nadie ve el maletero de un coche cerrado, nadie oye el temblor detrás del metal.

Sobre las 20.00, el vehículo llegó al Camí de s'Amarador, en Muro. Un camino apartado, de esos que parecen hechos para perderse sin testigos.

Allí, con Ana ya casi inconsciente y encerrada de nuevo, roció el coche y su cuerpo con gasolina. Después prendió fuego y se marchó, dejando atrás un coche convertido en horno.



Ana murió por asfixia. La encontraron calcinada en el maletero, en el lugar donde el aire se termina primero.

Tras el crimen, él estuvo una semana huido. Hubo búsqueda, despliegue, expectación; la sensación de que el peligro estaba cerca y podía repetirse.

El jurado popular lo declaró culpable y la Audiencia de Palma lo condenó a 33 años y medio de prisión por asesinato, además de otras penas y una indemnización millonaria para la familia. La sentencia se volvió firme sin recursos.



La cifra no explica la mecánica del horror: trece horas de encierro, un aparcamiento a primera hora, gasolina comprada a plena luz. Y una pregunta que no se apaga con el fuego: ¿cuántas decisiones caben en un día antes de que alguien elija matar?

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