Sant Celoni: La Autopista que Cerró la Noche



A las dos de la madrugada del jueves 12 de marzo de 2026, en Sant Feliu de Buixalleu, el silencio de una casa se convirtió en un ruido difícil de olvidar: un ataque con arma blanca dentro del hogar.

En ese primer estallido quedaron heridos un padre, una madre y un hermano menor de edad. No fue un asalto desde fuera; fue una violencia nacida en la misma dirección donde se duerme.

La madre y el hermano fueron atendidos allí mismo, en el lugar de los hechos, mientras el padre, con heridas más graves, terminó camino del hospital Josep Trueta de Girona.

El joven de 18 años salió corriendo y eligió la oscuridad como ruta. A pie, apuntó hacia Riells i Viabrea, como si la distancia pudiera deshacer lo ocurrido.

En el trayecto apareció una masía y, con ella, dos nuevas víctimas: una mujer y su nieto. También fueron atacados, con un objeto contundente, en un episodio que ensanchó el miedo a lo largo de pocos kilómetros.

La madrugada empezó a llenarse de controles. Varias unidades se desplegaron en los puntos de paso entre La Selva y el Vallès Oriental, con la urgencia de encontrar a alguien que no parecía detenerse.

Para quienes esperaban noticias, el tiempo se volvió clínico: llamadas, nombres en voz baja, luces blancas de urgencias, la pregunta repetida de si estaba fuera de peligro.

Mientras tanto, el joven seguía avanzando. Caminar de noche por carreteras secundarias y márgenes es una forma de huida que no deja descanso: cada farola parece un testigo.

Dos horas después del primer aviso llegó otro: un atropello en la autopista. En la AP-7, a la altura de Sant Celoni, en sentido Tarragona, un camión lo alcanzó.

El aviso se registró alrededor de las 4:27. La autopista, que suele ser solo tránsito, se transformó en escenario: patrullas, dotaciones de bomberos y equipos sanitarios trabajando bajo focos.

En el punto kilométrico 105, el cuerpo cerró una persecución que ya no tenía salida. La huida terminó donde el asfalto no perdona.

La confirmación unió las piezas: el atropellado era el mismo joven buscado tras las agresiones. La noche, que parecía hecha de episodios sueltos, encajó como una sola secuencia.



En Sant Feliu de Buixalleu, una familia quedó con la casa marcada por la urgencia y el sobresalto. En la masía, otras dos personas cargaron con el golpe inesperado de una violencia ajena.

El padre permaneció ingresado, la madre y el hermano recibieron el alta, y aun así nadie sale ileso cuando la agresión llega desde dentro.

Los controles, las sirenas y las ambulancias se retiran, pero la sensación se queda: la de una madrugada que corrió demasiado rápido para comprenderla mientras ocurría.



Y en la AP-7, donde el tráfico vuelve con el día, queda una imagen fría: una carretera abierta y, aun así, una historia cerrada con un impacto.

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