Santa Cruz De Tenerife: La Secta De La Santería En La Esperanza Y El Control Absoluto



En Santa Cruz de Tenerife, diciembre cae con una calma engañosa: las calles siguen su ritmo, los comercios abren, y en algunos portales se habla en voz baja de ‘curaciones’ y promesas que suenan demasiado perfectas.

Para quienes llegaron buscando alivio o una salida, el camino empezó con una invitación amable y terminó con un círculo cerrado: un grupo que se presentaba como espiritual, pero que en la práctica imponía obediencia, miedo y silencio.

En el centro de esa historia estaba una casa vinculada a La Esperanza, un lugar que por fuera podía parecer cualquier otro y por dentro acumulaba símbolos, objetos y restos de rituales que marcaban el tono de lo que allí se hacía.

Las reuniones no eran solo palabras. Había ceremonias largas, reglas que cambiaban el humor del líder y una sensación constante de que todo estaba siendo observado: el dinero, las decisiones, incluso la forma de enfermar.

A los adeptos se les hablaba de protección y de amenazas invisibles. Se les repetía que el peligro estaba fuera, que la desobediencia traía castigos y que el miedo era una señal de que ‘el trabajo’ estaba funcionando.

Con ese miedo como correa, las exigencias crecían. Pagos, entregas, favores. Y un control que invadía lo doméstico: quién podía ver a quién, con quién hablar, qué contar y qué callar.

El vínculo se reforzaba con ritos en los que la gente entraba ya cansada y sugestionada. En algunos casos, el ambiente se apoyaba en sustancias que alteraban la percepción, como si la confusión fuera parte del método.

En ese escenario, la línea entre fe y abuso se fue borrando. A varias personas les quedó después una resaca que no era solo física: salir de ese control significaba cargar con vergüenza, miedo y un daño que costaba nombrar.

La investigación policial, desarrollada principalmente en Tenerife y con ramificaciones hacia Gran Canaria, fue reuniendo piezas: relatos de exadeptos, movimientos de dinero, prácticas de dominación y señales de delitos más amplios.

Cuando llegó el golpe de la operación, fueron detenidas cinco personas: cuatro en Tenerife y una en Gran Canaria. El relato de ‘ayuda espiritual’ dejó de sostenerse frente a una lista de acusaciones que apuntaban a un entramado organizado.

Entre los delitos investigados se incluían asociación ilícita, estafa, lesiones, maltrato animal, delitos contra la salud pública y falsedad documental. En el papel, la lista es fría; en la vida, traduce meses —a veces años— de sometimiento.

En los registros aparecieron objetos de ritual, utensilios y elementos que dibujaban la rutina del grupo. No era un escenario improvisado: era un sistema, montado para impresionar, atemorizar y cobrar.

Tras la puesta a disposición judicial, el considerado cabecilla ingresó en prisión provisional, mientras el resto quedó en libertad con medidas cautelares. Para algunas víctimas, ese detalle fue el primer respiro en mucho tiempo.



Pero la historia no se cerró con las detenciones. Meses después, testigos que habían dado el paso de denunciar hablaron de presiones para cambiar versiones o retirarse, como si el miedo quisiera volver a ocupar su lugar.

En Tenerife, los rumores suelen viajar más rápido que los expedientes. Y aun así, quienes se atrevieron a declarar lo hicieron con una idea sencilla: si el silencio protege al abuso, entonces el silencio también es parte del problema.



Queda la pregunta que pesa cuando el espectáculo se apaga y solo queda la vida real: ¿cuánta gente entró buscando esperanza… y salió aprendiendo a desconfiar hasta de sí misma?

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