Alicante: La Mochila, La Droga Rosa Y Una Clase Que Se Quedó Sin Aire



En un instituto, la rutina tiene un sonido propio: timbres, pasillos, mochilas arrastrándose. En La Florida, en Alicante, ese sonido se rompió cuando el rumor dejó de ser rumor y se volvió un nombre en voz baja.

El escenario fue el IES Figueras Pacheco. No ocurrió en un callejón ni en una fiesta de madrugada, sino en el lugar donde se supone que todo está medido por horarios y supervisión.

Una alumna de 14 años fue detenida por presunta venta de droga a compañeras. La historia, por lo que se conoce, empezó dentro de clase, en esa proximidad donde la confianza y la presión suelen mezclarse.

En algún punto, el propio centro dio la alerta. Un aviso bastó para que una patrulla acudiera y el instituto pasara de ser escuela a ser escena.

La inspección fue directa: la mochila. Allí aparecieron bolsitas y el color que hoy se repite en titulares como una señal de alarma: el polvo rosa.

El tusi, conocido como “cocaína rosa”, circuló entre menores de 12 a 15 años, que acabaron declarando como testigos. En una frase así, lo que duele no es la sustancia, sino la edad.

La detención de la menor se produjo en marzo, pero el impacto llegó después, cuando el caso salió a la luz y el barrio volvió a mirar a su instituto con otros ojos.

La dirección del centro expulsó a la alumna detenida y también a dos compañeras que habrían comprado la droga. En las aulas, una expulsión es más que una sanción: es un corte brusco en una vida todavía en formación.

El Grupo de Menores se hizo cargo de las diligencias y la menor quedó a disposición de la Fiscalía. A partir de ahí, la historia entra en un terreno frío: el de los papeles, los informes y las medidas.

Días después se detuvo a otro menor, de 17 años, como presunto suministrador. En estos casos, casi siempre hay una cadena: alguien entrega, alguien reparte, alguien paga, y todos se hunden.

La policía lo localizó tras un episodio en la calle. No fue una gran operación, sino un hallazgo que encajó con una investigación que ya estaba abierta.

Lo que queda en el centro es un temblor difícil de medir. Profesores preguntándose en qué momento se les escapó, familias haciendo recuento de lo que no vieron, compañeros que aprendieron demasiado pronto.

El aula no es un lugar neutro: es un espejo. Y cuando la droga entra, el espejo devuelve una imagen incómoda de fragilidad, de consumo, de negocio pequeño y daño grande.

En Alicante, el caso no solo habla de una menor detenida. Habla de cómo una sustancia puede viajar en silencio, de mano en mano, hasta que alguien se atreve a decirlo en alto.

A veces, la escena más dura no es la comisaría. Es el pupitre vacío al día siguiente, el murmullo en el pasillo, y la certeza de que una mochila puede cargar mucho más que libros.

En el Figueras Pacheco, aquella mañana dejó una señal que no se borra fácil: la droga rosa, el miedo en el aula y una pregunta que se queda colgando en el aire: ¿cuántas veces estuvo pasando sin que nadie lo viera?

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