Palma De Mallorca: Doce Días A Oscuras Para Una Madre Y Tres Niños



En Palma de Mallorca, junio de 2023 se convirtió en una prueba de resistencia que no salía en el calendario. Una madre y sus tres hijos menores se quedaron sin electricidad en la vivienda donde vivían, y la oscuridad —literal— se instaló durante casi dos semanas.

No fue un apagón casual ni una avería del edificio. se acreditó en el procedimiento, el suministro se cortó tras una llamada a la compañía para dar de baja el contador, que estaba a nombre del hombre. En esa casa, la luz se fue de golpe, pero lo que realmente desapareció fue la sensación de seguridad.

Doce días sin luz no son solo velas y linternas. Son alimentos que no se conservan, ropa que no se lava, calor que no se combate y noches que se vuelven más largas. Son niños que miran a su alrededor y entienden, sin que nadie se lo explique, que alguien está usando la casa como arma.

La relación estaba rota: él era su expareja. Sobre ese vínculo ya pesaban episodios previos y, en aquellos días, existían medidas cautelares que le impedían acercarse o comunicarse con ella. La vivienda, sin embargo, seguía siendo el centro de disputa.

El tribunal consideró probado que la decisión de cortar la electricidad buscaba perjudicar a la mujer. Pero el daño no se detuvo en ella: alcanzó también a los tres niños, que vivieron el corte como una amenaza constante, pegada a la rutina, al silencio y a la oscuridad.

Hay formas de violencia que no dejan moratones visibles. Quitar un servicio esencial es una de ellas: no se grita, no se golpea, no se ve desde fuera, pero condiciona cada gesto. En verano, con el calor subiendo, la casa deja de ser hogar y se vuelve una trampa.

se relató en la causa, el corte se produjo en los primeros días de junio de 2023 y se prolongó hasta mediados de mes. La madre tuvo que encadenar gestiones para recuperar el suministro: burocracia, pagos, llamadas. Mientras tanto, la vida quedaba suspendida.

En la sentencia se habla de angustia y de miedo, especialmente en los menores. Es fácil imaginarlo: quedarse a oscuras, no poder encender nada, no poder hacer lo básico. No es solo incomodidad. Es sentir que alguien, desde fuera, puede apretar un botón y apagarte la vida.

La mujer volvió a denunciar. Y la investigación terminó de cerrar el círculo con un elemento clave: una grabación de la compañía que, la resolución, dejó clara la orden de dar de baja el contador. El caso se apoyó en ese rastro frío, técnico, que a veces es el único testigo.

El hombre alegó una confusión por el idioma, pero el tribunal no aceptó esa explicación. La resolución remarcó el carácter deliberado de la decisión y el sentido de castigo detrás de la medida: privar de electricidad a quienes estaban dentro.

Los jueces subrayaron que la privación energética obstaculiza el normal desarrollo de la vida cotidiana y condiciona la voluntad de la víctima. En otras palabras: no es una ‘molestia’. Es una coacción prolongada, un control ejercido con un interruptor y con la certeza de que la víctima tiene que arreglárselas como pueda.

El episodio dejó también una factura concreta: el coste de reenganchar el servicio. Pero el daño real fue menos contable: la pérdida de tranquilidad, el miedo infantil, la sensación de estar expuestos. En una familia, el impacto no se reparte por igual: se queda en quien menos entiende por qué.

La Audiencia Provincial confirmó una condena de un año y medio de prisión por un delito de coacciones. La pena, más allá del número, reconoce que apagar la luz de una casa puede ser una forma de violencia, especialmente cuando se hace para quebrar a quien vive dentro.

En la vida cotidiana, la electricidad es invisible hasta que falta. Cuando falta por decisión ajena, se vuelve un mensaje: ‘puedo hacerte esto’. Y en un contexto de expareja y medidas cautelares, ese mensaje adquiere un peso particular.

Para esa madre, recuperar la luz no significó volver al punto de partida. Significó aprender que el control también puede venir envuelto en trámites y facturas. Para los niños, significó que el hogar podía apagarse sin previo aviso.

Queda la imagen más dura: una casa en Palma, en pleno junio, con tres menores aprendiendo a convivir con la oscuridad. Y queda la pregunta que no se contesta con una sentencia: cuánto tarda una familia en volver a sentirse a salvo cuando el daño fue, precisamente, dentro de lo cotidiano.

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