Crimen de Librilla: Jean y Siaka, Los Dos Hombres Arrojados a un Depósito de Aceite



El 14 de diciembre de 2024, Jean Mirabeau Ngoho y Siaka Coulibaly llegaron a Librilla, Murcia, para una reunión que parecía de negocios. La nave estaba a unos cinco kilómetros del pueblo, entre huertos de limoneros y las instalaciones de Porkytrans, una empresa en concurso desde hacía años. Aquella mañana se convirtió en la última vez que ambos fueron vistos con vida.

Jean era natural de Camerún y Siaka procedía de Costa de Marfil. Eran amigos y se habían desplazado hasta la localidad murciana siguiendo una promesa económica que acabaría dentro de una investigación de billetes falsos, dinero perdido y amenazas. Para sus familias, sin embargo, lo importante no era la operación: era que dos hombres habían salido hacia una cita y no regresaron.

La última pista fue un gesto pequeño y decisivo. Uno de ellos envió a su mujer la ubicación de la nave el día de la desaparición. Ese punto en el mapa, que al principio pudo parecer solo una referencia práctica, terminó guiando a los investigadores hacia el lugar donde meses después aparecería la verdad más dura. A veces una localización compartida es el único hilo que sobrevive al silencio.

Durante meses, la ausencia de Jean y Siaka quedó suspendida entre llamadas, sospechas y preguntas. La nave de Librilla no era un espacio cualquiera: era un recinto apartado, con restos de actividad industrial y zonas difíciles de revisar sin autorización. La espera de las familias se fue cargando de miedo hasta mayo de 2025, cuando la Guardia Civil entró de lleno en una escena que ya olía a crimen.

Los cuerpos fueron hallados en un depósito de aceite usado para camiones. La recuperación fue especialmente compleja: el depósito tuvo que vaciarse y los agentes accedieron por una trampilla estrecha, sujetos con grúa y equipos de oxígeno. La imagen resume la crudeza del caso: dos vidas reducidas a una búsqueda técnica dentro de un lugar pensado para residuos, no para personas.

El estado de los restos obligó a recurrir a pruebas de ADN para la identificación. Esa demora añadió otra capa de sufrimiento a las familias, que no solo debían asumir la muerte, sino esperar a que la ciencia devolviera nombre a lo encontrado. Jean y Siaka no eran restos anónimos; eran hombres con familias, trayectos, planes y una última cita que terminó convertida en horror.

Los acusados son Juan M., septuagenario y socio de la empresa propietaria de las instalaciones, y Jesús P., su sobrino. Ambos permanecen en prisión provisional desde mayo de 2025. En febrero de 2026 ofrecieron por primera vez una versión detallada ante el juzgado de Totana, y en abril regresaron a la nave para reconstruir los hechos ante la comitiva judicial.

La reconstrucción comenzó alrededor de las 10:30 de la mañana, bajo un fuerte dispositivo de Guardia Civil y policía judicial. Primero entró Jesús, después Juan y más tarde volvió a hacerlo el sobrino. En la nave explicaron sus movimientos, usaron maniquíes para simular a las víctimas y dejaron grabada una escena que será transformada en recreación virtual en 3D para el juicio.

La versión de los acusados sostiene que todo empezó con una discusión por 200.000 euros que habrían entregado para una supuesta multiplicación de dinero. Afirman que acudieron a la nave al sospechar que estaban siendo engañados. Esa explicación sitúa el conflicto en una mezcla de deuda, estafa y miedo, pero no resuelve la pregunta central: cómo dos hombres terminaron muertos y ocultos en un depósito.

Jesús mantiene que Jean lo atacó con un cuchillo y que, durante el forcejeo, logró clavárselo. También sostiene que sufrió una lesión en una pierna. Juan, por su parte, afirma que Siaka se encaró con él, que apuntó con una escopeta y disparó al suelo, pero que el rebote impactó en la pierna de la víctima. La defensa presenta ese relato como reacción defensiva, no como plan previo.

La acusación particular ve otra historia. El abogado de parte de la familia de Jean considera que la reconstrucción dejó contradicciones entre tío y sobrino, y que las muertes no fueron simples homicidios, sino asesinatos. La diferencia no es solo jurídica: cambia el corazón del caso, porque una versión habla de improvisación y defensa propia, mientras la otra apunta a preparación, dominio de la escena y ocultación.

El punto más oscuro llega después de las muertes. Juan habría asumido que ocultó los cuerpos en el depósito de aceite usado. Para introducirlos por la boca estrecha del tanque, antes tuvo que desmembrarlos. Esa acción posterior no explica el origen del crimen, pero sí muestra una voluntad de borrar, esconder y retrasar la identificación de dos hombres que ya no podían defender su propia historia.

La nave de Porkytrans se convirtió así en escenario de tres tiempos: la cita, la desaparición y la reconstrucción. Primero fue un lugar de encuentro; luego, un espacio cerrado donde las familias no sabían qué buscar; finalmente, una escena judicial recorrida por acusados, abogados, agentes, forenses y especialistas. Cada paso intentaba ordenar algo que desde fuera parece imposible de aceptar.

El caso también arrastra el llamado timo del dinero tintado, una supuesta estafa relacionada con billetes falsificados y promesas de multiplicar efectivo. Los abogados defensores señalan que durante la reconstrucción aparecieron billetes que respaldarían esa hipótesis. Pero incluso si el fraude existió, el juicio tendrá que separar el engaño económico de la violencia extrema que terminó con dos vidas dentro de un depósito.

Jean y Siaka quedaron durante demasiado tiempo definidos por su origen africano, por una cita de negocios y por la forma terrible en que fueron hallados. Pero eran más que esas etiquetas. Uno había enviado una ubicación pensando, quizá, en explicar dónde estaba; el otro viajaba con él hacia una reunión que debía terminar en regreso. Sus familias recibieron, en lugar de respuestas rápidas, meses de ausencia y una verdad devastadora.

Cuando el jurado popular escuche el caso, no solo tendrá que mirar la nave, el depósito y los maniquíes de la reconstrucción. Tendrá que decidir qué ocurrió realmente en una mañana de diciembre entre limoneros, dinero y miedo. La pregunta que queda pesa más que cualquier versión: en qué momento aquella reunión dejó de ser un negocio y se convirtió en una trampa sin salida.

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