La tarde del sábado 30 de mayo empezó como una búsqueda inocente en Monteferro y terminó convertida en una escena forense. Un padre y su hija habían ido a la zona de Panxón, en Nigrán, para usar una aplicación de Geocaching. Buscaban uno de esos pequeños tesoros escondidos en el mapa. Lo que encontraron fue un cuerpo sin vida.

El hallazgo ocurrió en el alto de Monteferro, en una zona forestal de difícil acceso orientada hacia las islas Estelas. No fue un punto visible desde un camino principal ni un lugar por el que cualquiera pasaría sin mirar. Precisamente esa dificultad pudo explicar que el cadáver permaneciera allí durante semanas sin ser localizado.

El detalle más inquietante fue el contexto del descubrimiento. Después de comer cerca del merendero situado junto a la Batería J3, el padre y la niña activaron la aplicación y vieron que había un punto marcado a unos 100 metros ladera abajo, hacia el mar. La tarde todavía parecía una ruta más, hasta que el terreno empezó a cambiar.

Al acercarse a la zona indicada, aparecieron señales extrañas: una almohada hinchable, unas mantas y un olor fuerte que no encajaba con una simple caminata. Entonces decidieron avanzar unos metros más hacia la costa. Allí, junto a un árbol y cerca de un tupper de plástico con comida, estaban los restos momificados.

El cuerpo presentaba un avanzado estado de descomposición, hasta el punto de que al principio resultaba difícil determinar con claridad la edad o incluso el sexo de la persona fallecida. La estructura ósea apuntaba a un varón, y las primeras informaciones hablaron de un hombre en torno a la mediana edad, pero la confirmación quedó en manos de la autopsia.

La alerta se dio sobre las 16:06 horas al GES de O Val Miñor y a la Guardia Civil, y pocos minutos después llegó al 112 Galicia. A partir de ahí, la escena dejó de pertenecer a quienes habían seguido unas coordenadas en una aplicación y pasó a manos de los servicios de emergencia, la Policía Local, el equipo forense y la Guardia Civil.

Recuperar el cuerpo tampoco fue sencillo. Las primeras informaciones describieron una zona de difícil acceso, lo que obligó a movilizar medios para sacar los restos del paraje. En este tipo de hallazgos, el rescate no consiste solo en levantar un cuerpo: también hay que preservar indicios, fijar el lugar y evitar que el terreno borre más respuestas.

La Guardia Civil asumió la investigación para esclarecer las circunstancias de la muerte. Las primeras hipótesis apuntaron a que el cadáver podría corresponder a un vecino de A Ramallosa cuya desaparición había sido denunciada en marzo. No era una identificación cerrada, sino una línea de trabajo que la autopsia debía confirmar o descartar.

Ese posible vínculo con una desaparición previa cambió el peso del hallazgo. Ya no se trataba únicamente de un cuerpo aparecido en el monte, sino de la posible última página de una ausencia que llevaba meses abierta. Para una familia que esperaba noticias, Monteferro podía convertirse de pronto en el lugar donde terminaba la incertidumbre más temida.

Los investigadores también debían determinar cuánto tiempo llevaba allí. Faro de Vigo señaló que el último registro en el tesoro de Geocaching databa del 5 de abril, un dato que abría la posibilidad de que la muerte se hubiera producido alrededor de esas fechas. Las altas temperaturas de los últimos días y el olor habrían terminado delatando la presencia del cadáver.

En un primer momento no se apreciaron signos de violencia en el cuerpo, según fuentes citadas en la prensa local. Eso no cerraba la investigación, pero sí orientaba las primeras preguntas hacia otras posibilidades, entre ellas una muerte natural o incluso un suicidio. La causa exacta, como la identidad, dependía de los estudios forenses.

La imagen resulta difícil de separar de su contraste: una aplicación diseñada para convertir el mundo en un mapa de pequeños hallazgos terminó conduciendo a una muerte oculta entre árboles, mantas y restos de comida. El juego de buscar tesoros se quebró en el punto exacto donde alguien había quedado fuera de la mirada de todos.

Monteferro es un lugar asociado al paisaje, a las rutas, al mar y a las vistas abiertas. Pero esa tarde mostró otra cara: la de los espacios hermosos que también pueden guardar soledad, abandono y silencio. A veces un cuerpo no aparece porque alguien lo esconda, sino porque el propio terreno lo absorbe hasta que una casualidad lo devuelve.

El caso queda ahora en manos de la autopsia y de la investigación ocular practicada por la Guardia Civil. Habrá que confirmar si realmente se trata del vecino desaparecido en marzo, fijar la causa de la muerte y reconstruir cómo llegó hasta ese punto del monte. Cada respuesta importa porque detrás de los restos hay una vida que todavía necesita nombre oficial.

Para el padre y la hija que hicieron el hallazgo, la tarde también quedará marcada de una forma imposible de borrar. Siguieron una coordenada pensando en encontrar un objeto escondido y terminaron avisando a emergencias por una muerte que llevaba semanas aguardando entre la vegetación. Hay descubrimientos que no se buscan y aun así cambian para siempre la memoria de un lugar.

Lo que permanece es una escena extraña y triste: Monteferro, una aplicación abierta en el móvil, un punto marcado ladera abajo, mantas junto a un árbol y un cuerpo momificado que podría cerrar una desaparición. En Nigrán, el mapa prometía un tesoro pequeño; acabó señalando una pregunta mucho más oscura: cuánto tiempo puede estar alguien perdido antes de que el mundo vuelva a encontrarlo.