El nombre de Leyre ya no aparece solo unido a un baño, a unas quemaduras y a una autopsia pendiente. Ahora también queda unido a la voz de su madre, que ha decidido señalar públicamente al hombre que estaba con la niña aquella tarde en Bormujos. La casa sigue siendo la misma escena cerrada, pero el relato familiar se ha vuelto mucho más duro.
Leyre tenía apenas 16 meses cuando murió en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, después de pasar semanas ingresada por unas quemaduras que afectaban a buena parte de su cuerpo. El episodio había comenzado durante un baño en una vivienda de Bormujos, presuntamente mientras la bañaba quien entonces era pareja de su madre, no el padre biológico de la niña.
La madre, Andrea Burdalo, ha contado que aquel Lunes Santo habían vuelto a casa tras ver una procesión. Pidió a su pareja que bañara a la pequeña mientras ella preparaba algunas cosas. Él entró con Leyre en el cuarto de baño, cerró la puerta y, en cuestión de pocos minutos, la tranquilidad de la tarde se rompió con el llanto de la bebé.
La explicación que recibió fue que la niña se había quemado mientras él buscaba una toalla. Pero esa versión no convence a la familia. Andrea insiste en que todo estaba a mano dentro del baño y que, al entrar, encontró a su hija quemada de arriba abajo. La frase pesa porque reduce el caso a una imagen imposible de suavizar.
La madre sostiene que Leyre no estaba ni enjabonada cuando ocurrió. También remarca que la pequeña no andaba y que la escena se produjo en una placa de ducha, no en una bañera. Para ella, esos detalles hacen muy difícil aceptar la idea de un accidente doméstico rápido, casual y sin intención.
El relato familiar apunta además a un posible móvil de celos. Andrea ha dicho que, con el paso de la relación, empezó a notar celos hacia la atención que dedicaba a su hija y hacia el contacto que mantenía con el padre de la menor. No es una conclusión judicial, sino la sospecha de una madre que intenta ordenar lo que vio aquella tarde.
La magnitud de las lesiones sostiene parte de esa sospecha. La familia describe quemaduras extendidas, incluso en zonas especialmente sensibles como párpados, córneas y paladar, mientras manos, pies y parte de la boca habrían quedado sin afectar. Ese mapa del daño es una de las claves que los informes deberán traducir en hechos comprobables.
Nada más llegar al hospital, se activó el protocolo de maltrato infantil. Leyre quedó ingresada en el Virgen del Rocío, donde afrontó intervenciones y tratamientos durante semanas. Su cuerpo pequeño resistió hasta donde pudo, pero el viernes anterior a estas nuevas declaraciones la niña falleció y el caso cambió de dimensión.
Con la muerte de la bebé, la investigación pasó al Grupo de Homicidios de la Policía Nacional. El hombre ya había declarado como investigado antes del fallecimiento y está previsto que vuelva a comparecer. Por ahora, no se han practicado detenciones y las autoridades mantienen todas las hipótesis abiertas.
La autopsia sigue siendo el punto decisivo. Ese informe deberá orientar si las quemaduras encajan con un accidente, con una negligencia grave o con una acción intencionada. Mientras no exista esa conclusión, el expediente avanza entre la prudencia legal y una familia que siente que la respuesta tarda demasiado.
El entorno de Leyre se ha personado como acusación particular. La madre, a través de su representación, pedirá prisión provisional para su expareja por delito de homicidio. Esa petición marca un nuevo paso: la familia ya no solo exige que se investigue, sino que reclama medidas mientras el juzgado termina de encajar las piezas.
La abuela de la bebé también ha alzado la voz. Ha lamentado la lentitud de algunas diligencias y ha hablado de una investigación pobre en los primeros compases. Su queja no borra la cautela necesaria, pero muestra el estado emocional de una familia que pasó dos meses en un hospital mirando cómo Leyre luchaba por sobrevivir.
El caso tiene una crueldad particular porque nace en un gesto que debía ser de cuidado. Bañar a una bebé es una rutina íntima: agua, una toalla, una puerta, unos minutos. En Bormujos, esa rutina terminó convertida en una secuencia policial, médica y judicial que ahora todos intentan reconstruir sin margen para el error.
También pesa la figura ausente del padre biológico, mencionado por la madre como parte de los celos que atribuye a su expareja. La frase del titular que habla del padre no cambia el centro del caso: quien estaba en el baño era la pareja de la madre, y la investigación deberá fijar qué ocurrió exactamente con Leyre bajo su cuidado.
Andrea ya no habla con aquel hombre desde el día de los hechos. Dice que quiere justicia y que no puede aceptar que su hija haya muerto después de tanto sufrimiento sin que haya una respuesta clara. La distancia entre su convicción y la cautela oficial es ahora el terreno donde se mueve todo el caso.
Bormujos queda otra vez frente al mismo cuarto de baño, pero con una pregunta más afilada. Si Leyre no podía explicar lo ocurrido, tendrán que hacerlo la autopsia, los peritos, los testimonios y el juzgado. Hasta entonces, la imagen que permanece es la de una madre entrando al baño y descubriendo que la vida de su bebé acababa de romperse para siempre.
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