El nuevo documental sobre las casas cuartel abre una puerta incómoda a una parte del terror de ETA que durante años quedó enterrada entre cifras, silencios y costumbre social.
La pieza pone el foco en los guardias civiles y en quienes vivían con ellos, porque el objetivo no eran solo los agentes: también lo eran sus parejas, sus hijos y la vida encerrada tras aquellos muros.
El balance que recorre el proyecto es devastador: 210 guardias civiles asesinados, 68 agentes heridos, 17 familiares muertos, once de ellos niños y dos adolescentes, además de decenas de heridos ajenos al cuerpo.
Ese recorrido arranca en 1968 con el asesinato de José Antonio Pardines y avanza durante cuatro décadas de amenazas, atentados y hostigamiento constante en el País Vasco y Navarra.
La narración utiliza como eje la figura de Juan Manuel Piñuel, asesinado en 2008 en Legutiano, un caso convertido en símbolo de una herida que ni siquiera terminó con la muerte.
Tras aquel atentado, el solar de la casa cuartel quedó como una cicatriz visible, y alrededor de ese vacío se levantó también el recuerdo de una expulsión lenta, áspera y sostenida en el tiempo.
Uno de los elementos más duros del relato es la deshumanización que convirtió a las familias en parte del objetivo, como si la mera sangre o la convivencia las transformara en blancos legítimos.
El documental recupera incluso frases que retratan aquella lógica criminal con una crudeza insoportable, especialmente cuando se llegó a justificar la muerte de niños como una prolongación del enemigo.
Los atentados de Zaragoza y Vic aparecen como momentos de ruptura moral, porque la imagen de menores asesinados obligó a muchos a mirar de frente una barbaridad que antes demasiados preferían no nombrar.
También asoman las mujeres que sostuvieron la vida diaria en los cuarteles, acompañando a sus maridos en medio del vacío social, el miedo diario y la certeza de que cualquier rutina podía saltar por los aires.
El proyecto insiste en que la violencia no acababa con la explosión ni con el disparo, porque después llegaban el señalamiento, el desprecio, la profanación de la memoria y el intento de borrar incluso a los muertos.
Por eso la historia no se presenta solo como una revisión del pasado, sino como una advertencia sobre la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse al odio cuando decide mirar hacia otro lado.
La presentación del documental se celebró el 22 de junio en Madrid, en el Centro Cultural Nicolás Salmerón, como un acto de memoria dirigido a devolver rostro, voz y contexto a quienes vivieron dentro del objetivo.
Lo que emerge de ese retrato no es una simple crónica histórica, sino la reconstrucción de un miedo doméstico, persistente y feroz que convirtió el hogar de muchas familias en uno de los escenarios más crueles del terror.
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