La investigación por el asesinato del logopeda de 32 años en una clínica de Valencia ha entrado en un terreno todavía más oscuro: el análisis de sus dispositivos electrónicos para determinar si guardaban material pedófilo o cualquier rastro que ayude a reconstruir lo ocurrido.
El crimen estalló el lunes por la tarde en el barrio de Marxalenes, cuando un joven de 24 años irrumpió en la consulta donde estaba su hijo de tres años y acabó con la vida del terapeuta a puñaladas dentro del propio centro.
Poco después, el agresor se presentó en la comisaría de Burjassot con las manos manchadas de sangre y confesó que había matado a un hombre al asegurar que creyó que estaba abusando del menor.
Su versión sostiene que volvió antes de la hora de recogida, oyó un grito y encontró al niño con el pantalón bajado y el pañal desabrochado, una escena que desató una reacción inmediata y letal dentro de la clínica.
Antes de atacar, exigió que le entregaran unas supuestas grabaciones para demostrar que no había ocurrido ningún abuso, pero los primeros trabajos policiales han situado una grieta importante en ese relato.
Los agentes comprobaron que el local no contaba con cámaras en la sala de consulta ni en la entrada, de modo que ese material que reclamaba no existía en los términos en que él lo describió al entregarse.
Esa contradicción ha reforzado la necesidad de rastrear ordenadores, teléfonos y cualquier soporte digital vinculado al logopeda, no solo para aclarar si hubo algún delito previo, sino también para medir la solidez de la explicación del homicida.
Durante el martes, los especialistas de Homicidios y Policía Científica registraron con detalle tanto la clínica como la vivienda del fallecido, en busca de pruebas objetivas que permitan separar los hechos comprobables de las sospechas y del pánico.
La víctima gestionaba la clínica y, de acuerdo con los datos conocidos sobre su trayectoria, había cursado Logopedia, un máster de especialización y además estudiaba Psicología, mientras mantenía una vida estable junto a su pareja.
Padres que habían llevado allí a sus hijos durante años han descrito una sensación de desconcierto absoluto, porque aseguran que nunca detectaron conductas que les hicieran pensar en abusos o en situaciones extrañas con menores.
La brutalidad del ataque dejó otra escena inquietante: tras la agresión, el autor confeso todavía tuvo tiempo de cruzarse con la madre y el siguiente paciente, un niño de nueve años, para decir que el logopeda no estaba y que no habría consulta.
Después se fue a su casa, se lavó, dejó al pequeño y acudió a la comisaría para entregarse, una secuencia que ahora también forma parte del examen policial sobre el intervalo exacto entre la salida de la clínica y la confesión.
La navaja de 15 centímetros utilizada en el crimen ya está en manos de la Policía, mientras la autopsia, el estudio del entorno digital y la revisión completa de los movimientos del detenido marcan el avance de unas diligencias todavía abiertas.
En este punto, el corazón del caso late en dos planos a la vez: la violencia irreversible de un asesinato consumado y la pregunta que ahora intenta responder la Policía, encerrada quizá en un móvil o en un ordenador que podría confirmar, desmontar o complicar todavía más la verdad.
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