La mañana del lunes se quebró en un complejo de apartamentos de La Oliva, en Fuerteventura, cuando una bebé de un año fue sacada de una piscina inconsciente y con signos de ahogamiento.
La alerta llegó al 112 Canarias sobre las 09.50 horas, según la cronología difundida por los servicios de emergencia, en un tramo del día que parecía todavía doméstico y corriente.
Quienes estaban allí comprobaron enseguida que la niña no respondía. La escena dejó de ser un rescate inmediato para convertirse en una lucha directa contra la asfixia y el tiempo.
Los primeros intervinientes iniciaron maniobras de reanimación al detectar que la menor se encontraba en parada cardiorrespiratoria. Ese dato marca la dimensión real del caso: durante unos instantes, su vida se sostuvo en cada compresión.
Poco después continuaron la asistencia el personal del Servicio de Urgencias Canario y del centro de salud de Corralejo, que aplicaron reanimación cardiopulmonar avanzada en el mismo lugar del incidente.
El pulso de la bebé logró recuperarse tras esa intervención encadenada. Ese giro evitó el peor desenlace en el punto crítico, aunque no rebajó la gravedad del estado en el que quedó la menor.
Una vez estabilizada dentro de lo posible, fue preparada para un traslado urgente fuera de la isla. La prioridad ya no era solo reanimarla, sino mantenerla con vida durante el siguiente tramo del operativo.
La evacuación se realizó en helicóptero medicalizado hasta el Hospital Universitario Materno Infantil de Gran Canaria, centro al que llegó en estado crítico para quedar bajo atención especializada.
En La Oliva, los bomberos aseguraron la toma de tierra y el despegue de la aeronave en el campo de fútbol del municipio, una imagen que deja ver hasta qué punto cada minuto contaba.
Policía Local y Guardia Civil colaboraron también con el resto de recursos movilizados y asumieron las diligencias correspondientes alrededor de un episodio que obligó a cerrar filas en torno a una sola urgencia.
La información disponible sitúa el suceso en una piscina de un complejo de apartamentos, un escenario asociado al descanso que en cuestión de segundos se convirtió en un espacio de pánico y maniobras desesperadas.
Los ahogamientos infantiles tienen a menudo esa violencia silenciosa: no necesitan grandes distancias ni largos intervalos para provocar una parada, y cuando la víctima es un bebé cada segundo perdido pesa de forma brutal.
En este caso, la cadena de respuesta funcionó con rapidez suficiente para recuperar el pulso antes del traslado, un detalle decisivo que sostiene la esperanza médica aunque no permite hablar de estabilidad.
Ahora todo queda pendiente de la evolución de la niña en el hospital de Gran Canaria, mientras el caso deja detrás una escena difícil de borrar: una bebé de un año, una piscina y una mañana que estuvo a un paso del final.
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