La historia de Alida Azabal Martín se ha abierto paso con una fuerza incómoda porque no habla de una esperanza médica, sino de una despedida aplazada. Tiene 25 años, es malagueña y ya tiene autorizada la eutanasia, pero ha decidido retrasar ese final hasta cumplir dos últimos deseos.
Su caso empezó a circular con intensidad después de que su madre, Virginia, difundiera un vídeo pidiendo ayuda ciudadana para costear dos viajes concretos. No se trata de un capricho tardío, sino de dos experiencias que la familia quiere arrancarle al tiempo antes de que el cuerpo de Alida no pueda sostener más.
Según la información difundida por su entorno, Alida padece una enfermedad mitocondrial neurodegenerativa y el síndrome de Aicardi-Goutières, dos patologías genéticas y sin cura. La combinación de ambas ha deteriorado de forma severa su estado de salud y le provoca dolor constante, cansancio extremo y visitas frecuentes al hospital.
La autorización de la eutanasia no llegó ahora, sino en noviembre de 2025. Ese dato sitúa la historia en un punto especialmente duro: la decisión legal ya existe desde hace meses, pero la ejecución permanece detenida por voluntad de la propia Alida mientras intenta cerrar aquello que todavía siente pendiente.
El primero de esos deseos es viajar hasta Rio Safari Elche para nadar con leones marinos. La familia explica que el centro les habría ofrecido la posibilidad de realizar la experiencia en un fin de semana de la segunda quincena de julio, una ventana breve que convierte cada día en una cuenta atrás.
El segundo deseo está en Valencia, en el Oceanogràfic, donde Alida quiere recorrer las instalaciones con calma. Ese plan, que para otra persona podría parecer sencillo, se vuelve una operación delicada cuando moverse exige silla de ruedas, pausas constantes y una logística pensada al milímetro para soportar el desgaste físico.
La petición de ayuda se centra precisamente en cubrir transporte, alojamiento, dietas y las necesidades añadidas de un desplazamiento adaptado. La familia ha expuesto que el problema no es solo llegar, sino conseguir que esos trayectos no se conviertan en otra forma de castigo para una joven que ya vive bajo un dolor persistente.
El relato de su madre también ha servido para poner nombre a enfermedades raras que rara vez ocupan espacio fuera del ámbito clínico. En el caso de Alida, se habla de patologías degenerativas para las que no existe cura y cuyos tratamientos son, en el mejor de los casos, paliativos o limitados a frenar algunos síntomas.
El síndrome de Aicardi-Goutières, una de las enfermedades mencionadas, es una patología genética poco frecuente asociada a afectación neurológica grave. La otra, descrita como enfermedad mitocondrial neurodegenerativa, apunta igualmente a una evolución dura, progresiva y sin una vía terapéutica capaz de revertir el daño ya acumulado.
La decisión de pedir la eutanasia aparece en ese contexto de sufrimiento prolongado y deterioro avanzado. No se presenta como un gesto repentino ni como un conflicto abstracto, sino como la salida solicitada por una mujer joven que arrastra años de enfermedad, dolor y una pérdida cada vez mayor de autonomía.
A la vez, su historia rompe la distancia habitual con la que muchas veces se habla de la muerte asistida. Aquí no hay un expediente frío ni una discusión jurídica aislada, sino una vida concreta detenida entre dos fechas: la de la autorización que ya recibió y la del momento en que sienta que por fin puede marcharse.
Las publicaciones que han dado visibilidad al caso coinciden en otro punto: la voluntad de la familia de aprovechar este foco para reclamar más investigación sobre enfermedades raras. La falta de tratamientos curativos y el desconocimiento social sobre estas patologías refuerzan esa sensación de abandono que acompaña tantos diagnósticos minoritarios.
También hay un elemento material que vuelve más brutal la escena: incluso la despedida cuesta dinero. Cumplir dos viajes modestos antes de morir depende de reunir fondos, coordinar apoyos y adaptar cada paso a un cuerpo agotado, como si hasta el último deseo tuviera que atravesar una barrera económica antes de existir.
Por eso la historia de Alida no se queda solo en la eutanasia ni en la solidaridad de las redes. Queda fijada en un lugar más oscuro: el de una joven de 25 años que ya tiene permiso para morir, pero aún resiste lo justo para tocar dos destinos pendientes antes de que el final, ya concedido, deje de esperar.
0 Comentarios