La madrugada del 21 de mayo dejó en Mataró una escena brutal: un menor fue perseguido y golpeado después de besarse con otro chico durante las fiestas de un barrio de la ciudad.
El ataque no empezó con los golpes, sino con los insultos. Un grupo de jóvenes lanzó expresiones homófobas contra la víctima en cuanto la vio besarse con otro menor.
La situación fue creciendo por un tramo de camino, con la víctima seguida de cerca por varios agresores hasta quedar completamente expuesta y sin margen para escapar de la tensión.
En ese recorrido, uno de los menores lo agredió hasta hacerlo caer al suelo. Entonces la violencia se volvió coral y el resto del grupo continuó golpeándolo mientras seguían los insultos.
La investigación policial acabó situando a diez jóvenes en el foco inicial del caso, aunque las detenciones practicadas el 30 de junio alcanzaron por ahora a cinco menores de edad.
A los arrestados se les atribuyen un delito contra el ejercicio de los derechos fundamentales y las libertades públicas, además de un delito de lesiones leves por la agresión.
Los cinco menores detenidos han pasado ya a disposición de la Fiscalía de Menores, que asume la respuesta judicial en un episodio marcado por la violencia y el componente de odio.
El caso golpea de lleno por la edad de todos los implicados: la víctima es menor y también lo son quienes participaron en la paliza, lo que dibuja un escenario de agresión entre adolescentes.
La secuencia descrita en la investigación muestra una lógica de acoso que fue mucho más allá de un cruce verbal, porque incluyó persecución, derribo y una agresión colectiva en el suelo.
El ataque ocurrió en un contexto festivo, un espacio que debería haber sido de convivencia y libertad, pero que terminó convertido en una trampa para un chico señalado por un gesto afectivo.
La dimensión homófoba del caso no se apoya en una sospecha vaga, sino en los insultos dirigidos a la víctima por su orientación o expresión afectiva justo antes y durante la agresión.
La detención de los cinco menores se produjo más de un mes después de los hechos, un plazo que deja ver el recorrido de la investigación antes de identificar a los presuntos autores.
En Mataró, el caso ha reabierto la inquietud por la violencia contra menores y por la facilidad con la que un acto cotidiano, como un beso, puede desatar una respuesta salvaje de grupo.
Lo que queda al final es una imagen seca y difícil de apartar: un menor derribado en plena noche, rodeado por otros jóvenes, castigado a golpes por mostrarse tal como era.
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