España cerró la jornada del 6 de julio con varios incendios activos a la vez y una sensación de asedio que se extendió desde Cataluña hasta Cádiz, con desalojos, confinamientos y frentes todavía inestables.
En Soneja, en Castellón, el incendio forestal fue dado por estabilizado a las 17:25 horas, un paso importante pero insuficiente para hablar de tranquilidad, porque el fuego seguía sin estar controlado por completo.
La evolución de ese foco dejó imágenes de humo espeso, mala visibilidad y vecinos pendientes de la línea de la montaña, mientras los equipos de extinción trataban de impedir que las llamas castigaran con más fuerza la Sierra de Espadán.
En Cataluña, la emergencia creció por la simultaneidad de varios fuegos relevantes en Sentmenat, en la comarca de Anoia y en Artesa de Segre, una combinación que obligó a multiplicar recursos en pleno episodio de calor extremo.
El incendio de Sentmenat comenzó cuando ardió una máquina de trabajo en una zona de cultivo y el fuego saltó después hacia el terreno forestal, forzando confinamientos en urbanizaciones próximas por el avance del humo y las llamas.
En la Anoia, entre Carme y la Pobla de Claramunt, la situación fue todavía más delicada, con alertas a decenas de miles de personas y restricciones de movimiento en distintos municipios por riesgo directo para la población.
Artesa de Segre también exigió una respuesta intensa sobre el terreno, con dotaciones centradas en frenar un frente que se sumaba a un mapa ya saturado por varios incendios abiertos al mismo tiempo.
El golpe emocional en Cataluña seguía agravado por el gran incendio reciente de La Bisbal d’Empordà, donde más de dos mil hectáreas quedaron arrasadas y el paisaje reducido a una extensión negra de ceniza y vegetación calcinada.
La Generalitat advirtió que la amenaza no terminaba con el cierre del día, porque la ola de calor iba a prolongarse al menos hasta mitad de semana y eso mantenía el terreno seco, el aire hostil y el riesgo en niveles muy altos.
Salvador Illa pidió prudencia ante ese escenario de incendios simultáneos y dejó claro que el problema no era un episodio aislado de unas horas, sino una secuencia crítica que obligaba a sostener la vigilancia y la contención.
En Grazalema, en Cádiz, otro incendio forestal movilizó una docena de medios aéreos y numerosos efectivos terrestres en el paraje de El Alamillo, donde las llamas obligaron a elevar la fase de emergencia operativa.
Ese fuego provocó desalojos preventivos en alojamientos turísticos, viviendas dispersas y otras zonas sensibles, con una cifra de evacuados que rondaba las 188 personas a medida que avanzaban las labores de protección.
La escena general dejó una geografía partida por el miedo: familias fuera de casa, carreteras vigiladas, urbanizaciones cerradas y bomberos tratando de sostener varias líneas de defensa en condiciones especialmente duras.
Con el calor todavía apretando y varios focos sin resolver del todo, la noche cayó sobre España con una certeza incómoda: bastaba un cambio de viento o unas pocas horas más de fuego para convertir la alerta en devastación abierta.
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