Todavía no había terminado de asentarse la mañana cuando el silencio del Centro Penitenciario El Acebuche se partió con una escena impropia de un recinto blindado: un interno consiguió trepar uno de los muros con sábanas anudadas y alcanzar el exterior.

La fuga ocurrió a primera hora del martes 28 de julio en la prisión almeriense, en un momento de tránsito interno en el que los funcionarios estaban rematando la supervisión del comedor tras el desayuno y la salida al patio acababa de abrir una rendija de tiempo.

El preso, identificado como un interno de origen argelino adscrito al módulo 20, aprovechó ese margen para moverse con rapidez y esquivar la vigilancia inmediata dentro del recinto.

La maniobra no fue simple ni improvisada: las sábanas atadas le sirvieron para ganar altura sobre el muro y afrontar uno de los puntos más agresivos del perímetro, las concertinas instaladas en la parte superior.

Pese a ese obstáculo, consiguió romperlas y coronar la pared, una secuencia que convirtió durante unos segundos la cárcel en el escenario de una fuga casi cinematográfica.

Desde dentro se intentó frenarlo antes de que completara el salto, pero el interno logró tocar la calle y dejar atrás el recinto penitenciario, aunque solo fuera por un instante fugaz.

En cuanto se confirmó que había alcanzado el exterior, la Comandancia activó un dispositivo de búsqueda en las inmediaciones para cerrar el cerco antes de que pudiera alejarse de la zona.

La respuesta fue inmediata y precisa: la Guardia Civil lo localizó muy cerca de la prisión y lo detuvo apenas tres minutos después de la huida, cuando todavía no había desaparecido del radio de control del centro.

Ese margen de libertad, mínimo pero real, bastó para abrir preguntas sobre cómo consiguió burlar las cámaras de seguridad y encontrar una vía de escalada en un espacio diseñado para impedir cualquier salida.

Los datos conocidos apuntan a una combinación de oportunidad, destreza física y conocimiento del momento exacto en que la atención de la prisión estaba repartida entre varias tareas internas.

El episodio terminó sin una fuga prolongada ni un despliegue a gran escala por la ciudad, pero dejó una imagen contundente: un hombre suspendido sobre un muro de cárcel con telas anudadas y cuchillas metálicas cediendo a su paso.

La captura en los alrededores evitó que el caso escalara a una persecución más amplia, y el interno fue trasladado de nuevo al centro penitenciario para su reingreso bajo custodia.

Aunque el intento quedó sofocado en cuestión de minutos, la secuencia expuso una fisura operativa lo bastante seria como para convertir una rutina carcelaria en una ventana de escape.

En El Acebuche, la huida duró menos de lo que tarda en apagarse una alarma, pero dejó tras de sí una escena áspera y tensa: sábanas colgando del muro, concertinas vencidas y una libertad que apenas respiró tres minutos.