2 de marzo de 2008, Aguilar de la Frontera (Córdoba). Ángeles Zurera Cañadillas, 42 años y madre de dos hijos, sale de casa de noche —sin dinero ni documentación y, según reconstrucciones posteriores, incluso sin sus gafas— para recorrer apenas un par de calles. No vuelve. Desde entonces su nombre habita la lista más áspera: la de las desapariciones sin resolver.
La cronología de aquel día es difusa pero corta. Hay versiones que apuntan a una cena con amigas y una pequeña parada antes de regresar; otras, a una salida precipitada tras una llamada. Lo que no admite dudas es el tramo mínimo que separaba el portal de Ángeles del lugar al que dijo dirigirse. Su coche quedó aparcado y cerrado, el móvil en silencio. Nadie vio nada útil, ningún portal o cámara captó la secuencia clave. La nada empezaba a ser un dato.
Desde el primer momento, la investigación miró hacia su expareja, con antecedentes de malos tratos y una agresión denunciada 12 días antes de la desaparición. Él fue interrogado, se registraron vivienda y vehículo, y se examinaron escenarios ligados a su trabajo. Nunca apareció una prueba directa que permitiera imputar un homicidio: el caso judicial entró en archivo provisional; la investigación policial sigue abierta.
Años después, un sargento retirado que trabajó el caso sostuvo públicamente una hipótesis: una llamada del ex habría sido el detonante, y una tercera persona del entorno del sospechoso le habría dado coartada aquella noche. Es una línea nunca consolidada en sede judicial, pero explica por qué los indicios siempre han apuntado en la misma dirección, sin alcanzar la categoría de prueba.
Entre 2008 y 2023, el expediente sumó batidas en campo, sondeos en pozos y naves, y revisiones de antenas. La familia mantuvo la presión pública con vigilias y marchas cada aniversario. Incluso se planteó practicar al exmarido el llamado “test de la verdad” (P300), propuesta que la Fiscalía rechazó por falta de validez probatoria. El tiempo, lejos de aclarar, solo hizo más alta la montaña de preguntas.
En agosto de 2024 llegó un nuevo empujón: la Guardia Civil reactivó las búsquedas en una parcela agrícola entre Monturque y Cabra, apoyándose en georradar (equipo de Luis Avial) y maquinaria pesada. Se rastrearon anomalías detectadas bajo el terreno. No hubo hallazgos, pero se recogieron muestras para análisis y se fijaron nuevas áreas de interés. La Cadena SER, Canal Sur, 20minutos, Cuatro y El Día de Córdoba acompañaron el operativo y su cierre sin resultados concluyentes. La investigación continúa.
El expediente conserva constantes: (1) no hay indicios de desaparición voluntaria; (2) no hay escena de crimen conocida; (3) el exmarido fue condenado por malos tratos previos a la desaparición, y único investigado sin cargos por homicidio; (4) cada búsqueda parte de información nueva o cruce de datos con tecnología actual (georradar, topografía, SIG). Trece, dieciséis, diecisiete años después, ninguna ha entregado el rastro que falta.
En paralelo, la familia de Ángeles —con su hermano como portavoz— mantiene la brújula: “No queremos venganza, solo saber dónde está”. En 2025, en programas de memoria y desaparecidos, repiten la convicción triste: “estamos seguros de que está sin vida”, y piden sostener recursos y foco institucional para que la búsqueda no se enfríe. Ese reclamo ha logrado, a intervalos, que la Benemérita vuelva al terreno y que la opinión pública no la pierda de vista.
Lo que se sabe hoy cabe en una frase dura: alguien convirtió 200 metros en una frontera. La ventana procesal sigue abierta si aparecieran restos o pruebas físicas (ADN, microtrazas, elementos asociados). Sin esa pieza material, la causa penal seguirá tropezando en el mismo escalón: indicios potentes que no alcanzan la certeza jurídica. Por eso cada palmo removido —cada pozo, cada parcela— es también un palmo de justicia posible.
Cada 2 de marzo, Aguilar de la Frontera recuerda a Ángeles Zurera con flores y silencio. No es un crimen perfecto; es un crimen impune. En esa diferencia vive la esperanza: que una llamada anónima, un hallazgo fortuito o una nueva técnica rompan, por fin, la pared de aire que la separa de los suyos. Hasta entonces, su nombre seguirá siendo la pregunta que nadie ha podido responder.
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