La tarde del 16 de octubre de 1995, José Manuel López Martín, 23 años, estudiante de Informática en la Universidad de Málaga y natural de Coripe (Sevilla), tomó un autobús de vuelta a casa, en Marbella. No llegó. Testigos lo vieron bajarse en la parada de Cabopino, sollozando y muy nervioso. A las 21:00, su hermana Juana recibió la llamada que lo congeló todo: “Me queda muy poco… Solo me dejan cinco minutos. No puedo decir dónde estoy. Esta noche no voy a casa”. La comunicación se cortó. Nadie volvió a escuchar su voz.
La policía reconstruyó los últimos pasos visibles: aquel día, José Manuel estuvo en la cafetería de la facultad y, ya en Marbella, se movió por la zona de Cabopino/Las Chapas. Un dato llamó la atención: a 50 metros de la parada, funcionaba la Sauna Eva; propietarios y vigilante confirmaron que había entrado ese día, pero no ofrecieron detalles útiles para atar una cronología. Esa pista tampoco llegó a nada más.
Durante nueve años, el expediente se mantuvo en sombra: sin movimientos bancarios, sin llamadas, sin rastro. En 2004, ya preso por los asesinatos de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, el británico Tony Alexander King envió una carta a su primera esposa que la policía interceptó. El texto incluía una frase que removió el caso: “Sé lo que Robert Graham le hizo al hombre de Cabopino”. A raíz de esa misiva, King declaró ante la jueza: dijo que Graham frecuentaba bingos y locales de la zona con identidades falsas y coches robados, y citó de nuevo la Sauna Eva. Pero no reconoció a José Manuel en fotografía y la vinculación penal se diluyó. La familia pidió entonces reabrir la instrucción.
La hemeroteca andaluza recoge los hitos de esa lucha: concentraciones en Coripe, peticiones de un grupo especializado y de revisión completa del expediente, y la afirmación que hoy duele leer: no creen en una desaparición voluntaria. El relato policial, en cambio, carece del elemento que todo proceso necesita: prueba material. Sin escena, sin restos y sin testigo directo, el caso quedó abierto pero estancado.
Treinta años después, la familia mantiene encendida la memoria: cada 16 de octubre publican su foto, recuerdan que tenía una cicatriz en la ceja derecha y que aquel joven que bajó llorando en Cabopino no llevaba una vida errante, sino clases, exámenes y un hogar esperándolo en Marbella. En 2025, SER Málaga volvió a situar la historia en la agenda, subrayando el punto crítico: la parada entre Cabopino y Las Chapas, y el teléfono que solo concedió cinco minutos.
La zona de Cabopino en 1995 explica parte del vacío: cámaras escasas, tránsito de turismo y vida nocturna con locales de paso; un entorno ideal para que una desaparición breve se hiciera permanente si hubo intervención de terceros. La Sauna Eva —hoy desaparecida— quedó como coordenada débil: suficiente para sugerir un trayecto, insuficiente para probar un delito.
Más allá de hipótesis, hay constantes verificadas: (1) bajada del autobús en Cabopino llorando; (2) llamada a su hermana con tiempo limitado y mensaje ominoso; (3) entrada a Sauna Eva el mismo día; (4) ausencia total de actividad financiera posterior; (5) sin escena primaria ni objetos personales recuperados. Con esos cinco puntos, la investigación no puede cerrar nada… pero tampoco aceptar la voluntariedad.
El hilo King/Graham quedó en el territorio de lo indiciario. La policía lo exploró porque ajustaba en tiempo y geografía con un ecosistema criminal que sí existía en la Costa del Sol de los 90; los jueces lo descartaron por falta de corroboración externa. Tres décadas de avances técnicos (ADN en microtrazas, antenas rehoyadas, minería de hemerotecas y circuitos de vigilancia históricos) dan aún margen para rascar en archivos, pero no hay —públicamente— una línea nueva que rompa el empate.
El dolor de los suyos se convirtió en metodología: no olvidar, volver a contar, pedir que se reabra cuando un indicio lo permita, y sostener que la verdad material existe aunque no haya sumario que la recoja. Por eso piden algo tan simple como crucial: que cualquier recuerdo de aquella tarde —un conductor, un camarero de la zona, un cliente de Sauna Eva— se ponga por fin por escrito. Treinta años son una eternidad para la memoria, pero también tiempo suficiente para que alguien se sienta listo para hablar.
El caso José Manuel López Martín es, ante todo, un vacío: 200 metros de andén y cinco minutos de voz que no bastaron para salvarlo del ruido de una costa que no estaba mirando. Si alguna vez aparece la pieza material —una prenda, una herramienta, un testigo de referencia—, la historia saltará del mito local a la verdad judicial. Hasta entonces, quedará la frase que lo resume: “Me queda muy poco…” Y el compromiso de no dejar que ese poco se convierta en nada.
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