El niño que salió en bicicleta y nunca volvió: la desaparición de Josué Monge


La tarde-noche de Semana Santa de 2006, en Dos Hermanas (Sevilla), un chico de 13 años salió de casa montado en su bicicleta y prometió volver al día siguiente. Se llamaba Josué Monge García. Vivía con sus padres y sus dos hermanos en la calle Cristóbal Halffter, en la barriada de Huerta Sola. Desde entonces, su nombre está ligado a una de las desapariciones más inquietantes de España… y a la sombra de la violencia vicaria.

Aquel día, Josué llegó del instituto con varios suspensos. Aun así, sus padres le permitieron hacer algo que había hecho otras veces: dormir en casa de un amigo, en el barrio cercano de Vistazul, a apenas unos 300 metros de distancia. Cogió una mochila, algo de dinero y su bicicleta. Salió por la puerta con la rutina de un adolescente que no imagina que está viviendo su último trayecto conocido.

La última imagen sólida que se tiene de él es la de un niño pedaleando en la puerta de su casa, bicicleta en mano, chaqueta puesta, rumbo a una noche de videojuegos y risas con su amigo. Algunos vecinos lo vieron marcharse calle abajo. Nunca llegó a su destino. En la casa del amigo nadie lo vio cruzar el umbral. Y, sin embargo, durante unas horas todos creyeron que estaba allí, durmiendo en el colchón que ya habían preparado.


A la mañana siguiente, su madre, María Isabel García, se inquietó al no verlo regresar. Llamó a la casa del amigo para despertarlo… y se topó con la primera pesadilla: Josué no había ido a dormir allí. En cuestión de minutos, la familia bajó a la calle, preguntó puerta por puerta y, sin obtener respuesta, acudió a la Policía Nacional y a la Guardia Civil para denunciar su desaparición. Al principio, las autoridades pensaron que podía tratarse de una fuga adolescente: mochila, bicicleta, algo de dinero. Pero los días empezaron a caer… y no había ni rastro.

Mientras la ficha de menor desaparecido se extendía por comisarías y medios, un detalle empezó a resultar inquietante: el comportamiento del padre, Antonio Monge. María Isabel llevaba más de veinte años sufriendo malos tratos físicos y psicológicos, y pocas semanas antes de la desaparición había decidido pedir el divorcio. La tarde en que se esfumó Josué, Antonio salió de casa con una ropa y regresó con otra distinta, alegando que “se había manchado” en la iglesia. La Policía comprobó después que esa versión era falsa.

Otro dato encendió aún más las alarmas: el propio Josué había avisado a su amigo de que llegaría algo más tarde porque, antes de ir a su casa, tenía que acompañar a su padre “a trabajar”. Antonio nunca mencionó esa parada intermedia. A los pocos días, empezó a hablar de su hijo en pasado, como si ya estuviera muerto. Cuando María Isabel ató cabos, se armó de valor y le puso voz a su peor miedo: le dijo a su marido que creía que él estaba detrás de la desaparición de Josué.


Treces días después de que el niño saliera en bicicleta, el 23 de abril de 2006, desapareció también el padre. Antonio cogió su furgoneta blanca con la excusa de “ir a buscar al niño” y jamás volvió. Desde entonces, nadie los ha visto ni juntos ni por separado. No hay señales de la bicicleta, ni de la furgoneta, ni de cuerpos, ni de movimientos bancarios, ni de llamadas. Un padre y un hijo, borrados del mapa en menos de dos semanas.

La investigación se lanzó en todas direcciones. Se revisaron las cuentas de Antonio, que nunca más volvieron a moverse. Se intervinieron teléfonos de familiares y allegados. Los helicópteros sobrevolaron el Guadalquivir y zonas de difícil acceso ante la posibilidad de que el hombre hubiera arrojado la furgoneta —y quizá el cuerpo del niño— al río, o hubiera decidido quitarse la vida. Tampoco apareció vehículo alguno en el fondo del cauce. Cada nueva batida terminaba igual: sin nada.

A medida que los indicios se acumulaban, el foco se estrechó sobre una hipótesis: violencia vicaria. Todo apuntaba a que Antonio podía haber utilizado a su propio hijo como arma definitiva contra la madre, a las puertas de un divorcio que no aceptaba. Un juez llegó a dictar orden de busca y captura contra él por el presunto homicidio de Josué, pero nunca pudieron sentarlo ante un tribunal. Es, a día de hoy, un fugitivo ausente del que tampoco existe rastro vivo.


Con el paso de los años, el caso de Josué se ha ido colando en informes sobre desapariciones enigmáticas en España y en listados de víctimas invisibles de la violencia vicaria. La Fundación QSDglobal recuerda cada aniversario que aquel niño de Dos Hermanas tendría hoy treinta y tantos años. SOS Desaparecidos mantiene activa su ficha oficial: 13 años al desaparecer, 1,60 m de estatura aproximada, complexión delgada, pelo castaño liso y corto, ojos verdes. Referencia 20-01677. Ninguna actualización ha permitido cambiar una sola línea de ese registro.

La madre de Josué ha pasado por todas las fases posibles: exposición mediática, exigencia de que se “revise todo” el caso, apariciones en programas de radio y televisión, y finalmente el cansancio de quien siente que los focos se encienden y apagan sin traer respuestas. Ha denunciado sentirse tratada con menos atención que en otros casos más mediáticos, pese a llevar casi dos décadas repitiendo la misma frase: “A mi hijo lo sigo esperando”.


En la casa familiar, las fotos de Josué continúan enmarcadas en las paredes, fijas en los 13 años: la sonrisa de adolescente, la bici, los amigos, las camisetas de fútbol. Sus hermanos crecieron con ese hueco al lado, con un lugar vacío en la mesa y una habitación que dejó de ser de un niño para convertirse en altar. Al dolor por la ausencia del hijo se suma la marca de la violencia previa del padre, un hombre que habría logrado hacer daño incluso después de desaparecer.

Hoy, el caso Josué Monge sigue abierto y sin resolución judicial. No hay certeza de si Antonio sigue vivo en algún lugar bajo otra identidad, si ambos murieron aquella primavera de 2006 o si, en el escenario más improbable, Josué llegó a sobrevivir a lo ocurrido. Lo único claro, para los investigadores y para la familia, es que aquel niño no decidió “irse de casa” para empezar una nueva vida: alguien decidió por él.


En Dos Hermanas, la historia se cuenta como una advertencia: un trayecto de 300 metros, una bicicleta, una noche cualquiera… y una familia partida por la mitad. La desaparición de Josué Monge García es la pesadilla perfecta de cualquier madre: no tener cuerpo, no tener culpable, no tener una verdad a la que aferrarse. Solo un nombre repetido como oración: Josué. Y una pregunta que, casi veinte años después, sigue sin respuesta: ¿qué pasó entre la puerta de su casa y la oscuridad de aquella noche?

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