Primavera de 1999, Valencia. En un piso alto, con las persianas siempre a medio bajar, vivía Ewa Striniak, 44 años, polaca, elegante, discreta hasta el extremo. El domingo 25 de abril de 1999, al caer la tarde, uno de sus clientes cruzó la puerta del apartamento de la calle Pintor Monleón/Moleón y se encontró una escena que parecía sacada de una película extrema: Ewa tendida en el suelo o sobre la cama, rodeada de sangre, la cabeza literalmente destrozada. Minutos después, su nombre se convertiría en sinónimo de una pregunta que, más de dos décadas después, sigue sin respuesta: ¿quién mató a Ewa Striniak?
Antes de ser caso, Ewa era una historia de emigración truncada. Había llegado a España en 1991, con su marido, desde Polonia. Allí había trabajado como comadrona; aquí, la realidad económica y la falta de oportunidades la empujaron a la prostitución de alto nivel para poder sobrevivir y enviar dinero a su hija pequeña, que se quedó en su país. Vivía en un piso alquilado en Valencia, recibía a los clientes en casa, tenía una línea erótica instalada y trataba a los vecinos con corrección distante: tan discreta era que muchos no supieron a qué se dedicaba hasta el día del crimen, aunque les llamaba la atención la cantidad de coches de alta gama que se detenían ante el portal.
Ese domingo 25 de abril, entre las 20:00 y las 20:45, alguien entró en el piso de Ewa y desató una violencia desproporcionada. La autopsia reveló que había sido acuchillada en todo el cuerpo, presuntamente con un machete de monte de doble hoja, y rematada con múltiples golpes en la cabeza con un objeto contundente, tipo martillo. El cráneo quedó destrozado; tenía también heridas en brazos, compatibles con intentar defenderse. No faltaba dinero en casa ni había señales claras de robo. No era un asalto para llevarse nada: fue una ejecución brutal en un espacio cerrado, sin que ningún vecino escuchara un solo grito, o al menos ninguno que se atreviera luego a reconocer.
Quien dio la voz de alarma fue uno de sus clientes más habituales: Eduardo Andrés Borso di Carminati, ingeniero industrial, decano del Colegio de Ingenieros, directivo de una gran empresa eléctrica, casado, padre de familia numerosa y hombre muy bien situado en la burguesía valenciana. Tenía llaves del piso de Ewa. Aseguró que, al entrar aquel domingo por la tarde, la encontró ya muerta, en medio de un enorme charco de sangre. Pero ahí empieza la parte turbia: según la investigación, en lugar de llamar de inmediato a la policía pasó entre 45 minutos y una hora sin avisar a nadie, tiempo durante el cual trató de recoger algunos de sus efectos personales del piso y llegó incluso a llamar a un amigo, un notario, antes de marcar el 091. ¿Qué pasó exactamente durante esos 45 minutos? Nadie ha podido explicarlo de forma convincente.
La policía lo detuvo enseguida. Durante tres días, Borso di Carminati fue el único imputado y la única cara conocida del caso. Las incongruencias en su relato eran notables: el retraso en avisar, los objetos que quiso retirar del piso, los movimientos previos y posteriores a la llamada. Sin embargo, los indicios no bastaban para incriminarlo con rotundidad. El Juzgado de Instrucción nº 5 de Valencia, cuyo titular era el juez José Manuel Ortega, decretó su libertad provisional, con la obligación de presentarse a diario en el juzgado y la prohibición de abandonar España. No se había encontrado el arma homicida, y ninguna prueba física lo colocaba de forma irrefutable como autor material de la masacre.
Entonces apareció la agenda. En los registros del piso de Ewa, junto a su teléfono y sus papeles, los investigadores hallaron un listín con nombres, apellidos y apodos: políticos, empresarios, abogados, ejecutivos de la alta sociedad valenciana, anotados con teléfonos y, en algunos casos, con detalles de sus gustos sexuales. En pocos días, una veintena de hombres “relevantes” desfilaron por la Jefatura Superior de Policía para declarar. Los titulares hablaron de “la comprometedora agenda de Ewa Striniak” y los rumores se dispararon: una trabajadora sexual extranjera había acumulado, como por accidente, un mapa íntimo del poder local.
Las autoridades intentaron controlar el incendio. El delegado del Gobierno, Carlos González Cepeda, salió a decir que “no hay lista alguna, no hay destacados protagonistas de la vida valenciana implicados y no hay otro sospechoso, de momento, que Eduardo Andrés Borso di Carminati”. Pero la realidad es que durante días la ciudad entera murmuró nombres y escenas, mientras periodistas de sucesos trataban de encajar la muerte de una prostituta polaca en un relato que tocaba de lleno a la hipocresía de la clase dirigente: misa los domingos por la mañana, cita en el piso de Ewa por la tarde. Vicios privados, virtudes públicas.
El juez, consciente de que el caso no podía cerrarse en un solo nombre, ordenó a la policía diversificar las líneas de trabajo. Además de seguir investigando a Borso, los agentes pusieron el foco en otro cliente que había visitado a Ewa el mismo día de su muerte y en el entorno de hombres que la frecuentaban. Se habló de un machete de monte que nunca apareció, de posibles cómplices, de una agresión que quizá no fue solo cosa de una persona. Sin embargo, ninguna de esas vías cristalizó en acusaciones sólidas. Pasaron los meses, las portadas cambiaron de tema y el expediente fue deslizándose, casi sin ruido, hacia el sobreseimiento por falta de pruebas. El crimen, sencillamente, quedó sin autor conocido.
Con el tiempo, el nombre de Ewa se fue desvaneciendo de la conversación pública… hasta que algunos escritores y periodistas se negaron a dejarla caer del todo. El novelista y articulista Alfons Cervera la recordó en 2018 como “una mujer sola, polaca, prostituta, asesinada” que había sido devorada por el olvido, y denunció cómo su caso había acabado en un cajón sin que nadie volviera a preguntar oficialmente quién la mató. Más tarde, en 2021, un artículo en InfoLibre volvía sobre la misma idea: la historia de Ewa condensa la vulnerabilidad máxima —mujer, migrante, prostituta— frente a un sistema que, una vez terminada la tormenta mediática, siguió como si nada.
La brutalidad del crimen y el contexto en que se produjo han alimentado durante años la sensación de impunidad. Oficialmente, el caso está sin resolver: no hay condenados, no hay juicio, no hay un relato judicial cerrado de lo que pasó entre las 20:00 y las 20:45 de aquel domingo de 1999 en el piso de Pintor Monleón. Distintas crónicas apuntan a que la causa se sobreseyó y el tiempo ha jugado en contra: la prescripción de los delitos y el desgaste de pruebas y testigos hacen que hoy, a efectos prácticos, sea casi imposible que se reabra con éxito. El asesinato de Ewa Striniak sigue formando parte de las listas de crímenes olvidados de Valencia.
Mientras tanto, su nombre se ha convertido en material de true crime. El podcast “El día de autos” le dedicó un episodio monográfico, reconstruyendo su vida y la investigación, y blogs y foros de crímenes reales debaten de cuando en cuando las hipótesis: ¿fue un cliente que perdió el control? ¿Un ajuste de cuentas ligado a esa agenda? ¿Alguien que quiso borrar pruebas comprometiendo al único hombre con llave? En todos esos relatos hay algo en común: la intuición de que Ewa sabía demasiado de demasiada gente importante… y de que eso pudo firmar su sentencia de muerte.
Visto con los ojos de hoy, el caso Ewa Striniak es una radiografía muy incómoda de la época: una mujer que cruza Europa buscando una vida mejor, termina en la prostitución de lujo, rellena con nombres reales una agenda que podría haberse convertido en su seguro de vida… y acaba asesinada a golpes en su propia cama, sin que nadie pague por ello. Ella era carne de hemeroteca durante unas semanas; sus clientes, en cambio, regresaron a sus despachos, sus escaños y sus parroquias sin más consecuencia que un susto y una declaración en comisaría. La balanza de poder y de violencia no puede estar más desequilibrada.
Hoy, cuando se habla de “la agenda de Ewa Striniak”, muchos ya han olvidado que detrás de esa frase había una persona concreta: alguien que fue comadrona, esposa, madre, migrante, amiga de algunos vecinos, profesional respetada en secreto en círculos donde el lujo y la doble moral se dan la mano. Su asesinato sigue sin resolverse; su nombre aparece de vez en cuando en artículos, podcasts o páginas de Facebook dedicadas a casos sin justicia, pero en los archivos oficiales sigue habiendo un hueco donde debería estar el nombre de su asesino.
En la Valencia de hoy, la calle donde vivía Ewa es una más, con portales anónimos y persianas que suben y bajan. Nadie diría que allí, una tarde de abril de 1999, alguien descargó toda esa violencia sobre una mujer sola y cerró la puerta tras de sí, confiando en que los años y el miedo harían el resto. Tal vez el asesino de Ewa siga vivo, quizá respetado, quizá escuchando misa los domingos como antes; tal vez cada vez que alguien menciona de pasada “aquello de la prostituta polaca” se le acelere el pulso unos segundos. Lo único seguro es que, mientras no se responda a la pregunta que titula tantas crónicas —¿quién mató a Ewa Striniak?—, este caso seguirá siendo una de esas pesadillas que no se acaban cuando uno abre los ojos, porque la verdadera oscuridad no está ya en la escena del crimen, sino en el silencio que la envolvió después.
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