El atroz asesinato de Juan Carlos Jiménez Portillo: el crimen sin resolver que sigue persiguiendo a Fuenlabrada


La tarde del 28 de febrero de 2001, en el barrio de El Arroyo, en Fuenlabrada (Madrid), un chico de 15 años salió de unos recreativos con la idea de hacer algo tan simple como ir a buscar a su hermano a la pescadería. Se llamaba Juan Carlos Jiménez Portillo. Dos días después, el 2 de marzo, su cuerpo apareció desnudo, con múltiples heridas de arma blanca y quemaduras, tirado en una acequia del pinar de Valdeserrano, junto a la M-506. Desde entonces, el asesinato de Juan Carlos Jiménez Portillo es uno de los crímenes más crueles y, a la vez, más inexplicables de la Comunidad de Madrid: 24 años después, nadie ha sido detenido. 

Antes de convertirse en caso, Juan Carlos era un adolescente más de Fuenlabrada. Vivía con su familia en la avenida de Extremadura, estudiaba en el instituto Dolores Ibárruri y, según su madre, era “un chico muy noble” pero con una tristeza que no terminaban de comprender. Tenía 15 años, caminaba entre el instituto, el barrio y unos recreativos frente a su casa, donde se escapaba a jugar pese a las broncas de su madre. Como tantos chavales de periferia a principios de los 2000, su mundo era pequeño… pero estaba lleno de sombras de las que casi no hablaba con nadie.

Dos meses antes de su muerte, Juan Carlos dejó de ir al instituto. Les dijo a sus padres que se aburría, que no le gustaba lo que le enseñaban. Pero el abuelo, Mario Jiménez Zamarreño, sabía que había algo más: el chico le había contado que un grupo de jóvenes de 16 a 18 años lo extorsionaba y coaccionaba, obligándolo a darles dinero y a comprarles droga. “Primero mil pesetas, luego el doble, cada vez más”, recordaría después el abuelo. Juan Carlos se lo contó a medias, casi susurrando, y luego se cerró en banda. No quiso dar nombres. Cargaba con el miedo en silencio.


El mismo 28 de febrero de 2001 por la tarde, madre e hijo acudieron juntos a ver a una asistente social para hablar de su situación. Él llevaba tiempo sin pisar clase, ella buscaba ayuda para enderezar una vida que se le escapaba de las manos. Después de la cita, Juan Carlos volvió al barrio, cruzó la avenida de Extremadura y entró en los billares / juegos recreativos de siempre. Alrededor de las ocho de la tarde, el dueño del local lo vio salir solo, caminando en dirección a la pescadería donde trabajaba su hermano, Sergio, al que debía recoger. Nunca llegó. Esa fue la última vez que alguien lo vio con vida. 

Al principio, en casa no saltaron todas las alarmas. Era miércoles de Carnaval y su madre pensó que quizá se había ido con amigos, que volvería tarde pero volvería. Sin embargo, cuando dieron las once de la noche y Juan Carlos no daba señales, la inquietud se convirtió en miedo. El día 1 de marzo, al ver que no había vuelto a dormir, sus padres denunciaron su desaparición en la comisaría de Fuenlabrada. Para entonces, algo terrible ya había ocurrido… y nadie lo sabía todavía.

La confirmación llegó el viernes 2 de marzo, por la tarde. Un grupo de chavales jugaba en el pinar del parque de Valdeserrano, una zona de campo junto a la M-506, conocida en Fuenlabrada por las meriendas del día de Santa Juana. Al pasar cerca de una pequeña acequia, se toparon con una imagen que no olvidarían: el cuerpo de un chico desnudo —solo conservaba los calcetines— tirado entre el agua y la tierra. Era Juan Carlos. Tenía varios cortes en el cuello, una puñalada profunda en el abdomen, y le habían quemado los dedos de las manos y los testículos. 


La autopsia reveló que había muerto antes de recibir la puñalada en el estómago, y que la herida abdominal no fue la causa principal de la muerte, sino una agresión añadida. Los forenses describieron un ataque múltiple con arma blanca, una violencia dirigida y humillante. Además, la investigación se vio entorpecida desde el primer momento por un aliado del asesino: la lluvia intensa de los días previos, que había empapado el pinar y, según la policía, borrado buena parte de las huellas y rastros que podrían haber llevado hasta los culpables. 

En las primeras horas, la Brigada de Policía Judicial centró las pesquisas en el entorno cercano de Juan Carlos: sus amigos, los compañeros del instituto, los chavales que frecuentaban los recreativos y el pinar. Se descartó relativamente rápido que fuera un ajuste de cuentas por drogas; tanto la familia como los investigadores insistían en que él no consumía. La familia, sin embargo, tenía claro en qué dirección mirar: aquellos jóvenes que lo amenazaban y lo chantajeaban, los mismos por los que había dejado de ir al instituto. Para el abuelo y la madre, el escenario era evidente: lo estaban esperando.

Con el paso de las semanas, la investigación empezó a apuntar a algo aún más oscuro. En 2002, un año después del crimen, fuentes policiales filtraron la tesis que ganaba fuerza: el asesinato de Juan Carlos Jiménez Portillo tuvo un trasfondo sexual. La hipótesis: un grupo de jóvenes habría intentado abusar sexualmente de él; al resistirse, lo mataron, lo desnudaron y lo abandonaron en el descampado, quemando partes de su cuerpo como escarmiento hacia él y hacia otros posibles chicos a los que estaban coaccionando. Esa lectura encajaba con dos hechos: la humillación extrema del cuerpo y los rumores de que no era el único menor presionado por esa banda.


Otro dato perturbador cerraba el círculo: los forenses calcularon que Juan Carlos murió unas 12 horas antes de ser encontrado, es decir, que durante casi dos días estuvo en algún lugar desconocido con sus agresores antes de aparecer en el pinar. ¿Dónde estuvo? ¿En qué piso, garaje o descampado lo retuvieron? ¿Quién lo vio y decidió callar? A día de hoy, esas preguntas siguen sin respuesta. Es como si al chaval se lo hubiera tragado un agujero negro entre la avenida de Extremadura, los recreativos y el pinar.

La familia se quedó atrapada en una mezcla de dolor y rabia. En el tanatorio de Leganés, su madre, Filomena Portillo, apenas podía articular una frase: solo repetía que Juan Carlos era “muy noble” pero que “se ha ido con un secreto a la tumba”, convencida de que él sabía exactamente quién lo estaba haciendo sufrir y no quiso delatar a nadie. El abuelo insistía en que él mismo le había ofrecido enfrentarse a los gamberros, pero el chico “no soltó prenda”. Vivieron —y siguen viviendo— con la sensación de que el silencio que Juan Carlos mantuvo para protegerse acabó dejándolo solo cuando más necesitaba ayuda.

Mientras tanto, el caso se congelaba. Desde abril de 2001, distintos artículos hablaban de “mutismo oficial”: ninguna información clara sobre sospechosos, ninguna detención, solo el eco de una investigación que se decía abierta pero que no daba frutos visibles. La Asociación Nacional de Víctimas de Delitos Violentos, con el abogado Miguel Ayllón al frente, repartió carteles por el municipio pidiendo colaboración ciudadana para esclarecer el crimen, convencida de que “la clave está en los recreativos que había frente a la casa de Juan Carlos” y en los chavales que se movían por allí. Nadie habló lo suficiente, o nadie quiso hablar.

Los años pasaron y el caso quedó archivado a medias en la memoria colectiva, hasta que distintas crónicas de “crímenes sin resolver” lo rescataron del olvido. Medios como ABC en 2015 recordaban el cuerpo desnudo del chico en Valdeserrano y la ausencia de condenados. En noviembre de 2024, El Cierre Digital publicó un extenso reportaje titulado “El atroz asesinato de Juan Carlos Jiménez en Fuenlabrada”, remarcando que, 24 años después, la policía sigue sin poner nombre ni rostro a los responsables. En redes, periodistas y cuentas especializadas en sucesos repiten la cifra como un puñetazo: “24 años sin culpables por el crimen de Juan Carlos Jiménez Portillo”.


Mirado con perspectiva, el caso destapa varias fallas del sistema. Un menor que deja de ir al instituto por miedo, un centro educativo que asegura no haber detectado amenazas, unos extorsionadores juveniles que operan en la sombra, una familia que llega a Servicios Sociales el mismo día en que todo estalla… y una investigación que nunca logra romper el círculo de silencio del entorno adolescente. Además, la posibilidad de un móvil sexual entre iguales o casi iguales —chicos de 16 a 18 años contra otro de 15— golpea una realidad incómoda: la violencia sexual no solo viene de adultos monstruosos; a veces nace de grupos de jóvenes que convierten a uno de los suyos en diana.

Hoy, el pinar de Valdeserrano sigue ahí, verde y silencioso, como si nada hubiera pasado. Pero para quienes conocen la historia, es territorio maldito: el lugar donde apareció un chico desnudo, acuchillado y quemado, después de dos días de terror que nadie ha sabido reconstruir. El crimen sin resolver de Juan Carlos Jiménez Portillo en Fuenlabrada es una de esas pesadillas que no terminan con el paso del tiempo, porque el monstruo no tiene cara ni condena. Quizá alguien, en aquel grupo de jóvenes, haya construido una vida “normal” mientras lleva dentro el recuerdo de lo que le hicieron a un chaval de 15 años al que llamaban Juan Carlos.

Contar hoy su historia, con nombres, fechas y lugares, no devuelve la vida ni trae justicia inmediata. Pero sí evita que la noche en la que salió de los recreativos y nunca volvió a casa quede reducida a una línea perdida en una hemeroteca. Mientras no se sepa quién lo llevó al pinar, quién lo retuvo durante dos días y quién decidió castigarlo de aquella forma, el silencio será también una forma de complicidad. Y en cada aniversario, cuando su madre y su abuelo miren hacia la zona de Valdeserrano, seguirá latiendo la misma pregunta que debería seguir incomodando a Fuenlabrada entera: ¿quién mató a Juan Carlos Jiménez Portillo… y por qué todavía no lo sabemos?

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1 Comentarios

  1. Era mi compañero de clase y pupitre el año que le asesinaron, un chaval reservado pero en cuanto tenía un poco de confianza contigo, una persona risueña. Acabo de leerlo y se me encoje el corazón... 25 años sin justicia y una familia desolada mientras el o los que lo hicieron están tranquilamente haciendo sus vidas como si nada. Una pena que un chiquillo de 15 años no haya podido crecer y disfrutar de una vida y sus hermanos y madre aún cargando con el asesinato de su hermano sin qué la justicia pesará sobre el asesino o asesinos...

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