La tarde del lunes 12 de mayo de 1980, en Blanes (Girona), un niño de 10 años salió del colegio con una misión tan inocente como cotidiana: ir a buscar hojas de morera para alimentar a sus gusanos de seda. Se llamaba Fermín Villegas Córdoba. Tres días después, el 15 de mayo, su cuerpo apareció en una zona de campos y pozos de agua a las afueras del pueblo. Había sido víctima de una agresión brutal. Cuarenta y cinco años más tarde, el asesinato de Fermín Villegas, conocido como “el crimen de Blanes”, sigue oficialmente sin resolver, pese a que la policía llegó a tener un sospechoso muy claro al que la prensa acabaría llamando el “pederasta deportivo”.
Fermín era hijo de una familia trabajadora originaria de Andalucía. Su padre, Fermín Villegas Martínez, trabajaba como cocinero en un restaurante de Blanes; su madre se dedicaba a la casa y a los hijos. El niño estudiaba en el colegio Santa María, vivía muy cerca del centro del pueblo y llevaba la vida sencilla de un crío de barrio: escuela, amigos, bicicleta, gusanos de seda en una caja de zapatos. Los compañeros lo recuerdan como un niño cariñoso y formal, de esos que pedían permiso para todo.
Aquel 12 de mayo, las clases de la tarde terminaron sobre las cinco. Fermín salió del colegio con su bata escolar, su bicicleta y una bolsa para las hojas de morera. Tenía pensado pasar por casa de unos primos, en la zona sur de Blanes, cerca de los campos que bordean la desembocadura del río Tordera. Lo vieron allí alrededor de las seis, pero sus primos estaban castigados y no pudieron acompañarle. Así que se fue solo, en dirección a las zonas de moreras, por caminos rurales y casetas de riego que eran un laberinto perfecto para un niño confiado… y para cualquiera que quisiera aprovecharse de él.
Cuando llegaron las ocho de la tarde y Fermín no había vuelto, la familia empezó a preocuparse. A partir de las nueve, su padre salió a buscarlo por la zona de los primos y los campos cercanos. Preguntó casa por casa, recorrió caminos de tierra, llamó a conocidos. Esa misma noche se dio la voz de alarma y se organizó una búsqueda en la que participaron vecinos, Guardia Civil y voluntarios, peinando la zona de Los Pinos de Blanes y los alrededores de los pozos de captación de agua del municipio. Al día siguiente, apareció una primera pista inquietante: la bicicleta del niño, su bolsa y el cinturón de la bata, abandonados cerca de uno de los pozos. El cuerpo, en cambio, no estaba allí.
El 15 de mayo de 1980, tres días después de la desaparición, unos buscadores encontraron por fin el cuerpo sin vida de Fermín. Estaba en las inmediaciones de los pozos de agua, en la zona conocida como Los Pinos de Blanes, muy cerca de donde habían aparecido la bici y la ropa. El cadáver estaba semidesnudo y cubierto de ortigas frescas, lo que indicaba que había sido depositado allí poco antes del hallazgo, aunque por ese mismo punto ya habían pasado grupos de búsqueda horas antes sin ver nada. La autopsia reveló que el niño había sufrido una agresión sexual, había sido estrangulado y presentaba al menos tres heridas de arma blanca, dos de ellas mortales en la zona del corazón.
El entierro se celebró el 16 de mayo y se convirtió en una manifestación de duelo colectivo. Se calcula que unas 3.000 personas acompañaron a la familia, entre compañeros de colegio, vecinos y gente llegada de otras localidades. Poco después hubo una marcha por las calles de Blanes con pancartas que decían “¡Queremos al asesino!” y “¡Que se haga justicia!”. La alcaldesa de entonces, María de la Oms, tuvo que salir al balcón del Ayuntamiento para dirigirse a una población indignada que no entendía cómo un niño podía ser raptado, agredido y asesinado a dos calles de su casa.
La primera reacción de la Guardia Civil fue mirar hacia los más cercanos… y los más vulnerables. En cuestión de horas detuvieron a Nicolás Ruiz Lafuente, de 60 años, y a su hijo Vicente Ruiz Vidal, de 31, agricultores que vivían en una masía cercana al lugar donde apareció el cuerpo. Eran conocidos en la zona, con las facultades mentales disminuidas, profundamente religiosos y de carácter pacífico, pero se convirtieron en sospechosos “a mano”. Tras un interrogatorio intensivo en el depósito de detenidos de Girona, el padre terminó confesando que era el autor del crimen.
Cuando se hizo la reconstrucción de los hechos ante el juez, quedó claro que algo no cuadraba: Nicolás no sabía explicar ni el recorrido, ni el modo, ni los detalles básicos del ataque. Su relato era incoherente, y en un momento de desesperación intentó quitarse la vida con un cuchillo frente a los agentes y el juez, mientras repetía que se estaba volviendo loco porque él no había sido. Al final, padre e hijo fueron puestos en libertad y se les consideró completamente inofensivos. Habían estado casi quince días encerrados, abandonando sus cosechas, señalados ante todo el pueblo como monstruos, solo porque era más fácil detener al diferente que seguir cavando en la verdad.
En paralelo, el caso se llenó de rumores y sombras. Que si el niño había sido raptado por varias personas en un coche, que si lo habían usado en rituales extraños, que si lo que escondía el crimen era algo “más grande” con gente importante de por medio. Ninguna de esas teorías se probó. Lo que sí desconcertó a los investigadores fue el detalle de las ortigas frescas sobre el cuerpo y el hecho de que la bici y la bata aparecieran primero y el cadáver algunos días después, en la misma zona que ya se había revisado. Todo apuntaba a que Fermín fue asesinado en otro lugar y trasladado después a los alrededores de los pozos.
Con el tiempo, el foco de la investigación se movió hacia otra figura: Juan José Alavés Blanco, un hombre de unos 45–48 años que se presentaba en la zona como representante de una conocida marca de refrescos y promotor de un supuesto equipo juvenil de ciclismo. Su método era siempre el mismo: escogía chicos de entre 10 y 13 años, les prestaba bicicletas, les regalaba equipaciones deportivas y los convencía —a ellos y a sus padres— de que podían llegar lejos en el deporte. Los llevaba a entrenar y organizaba estancias en una pensión, donde, según contaron después varios menores, se produjeron abusos sexuales y prácticas humillantes. También se denunció que abusó de una niña de 11 años delante de ellos.
Fue un profesor de Blanes quien empezó a sospechar. Llamó a la central de la supuesta marca de refrescos y descubrió que no existía ningún equipo patrocinado, ni ningún representante con ese nombre reclutando ciclistas. Cuando esa mentira cayó, el castillo se vino abajo: Alavés fue detenido y se comprobó que ya estaba reclamado por un juzgado de Mataró por haber amenazado con un cuchillo a un niño de 10 años al que también intentó agredir en abril de 1980, apenas un mes antes del crimen de Fermín. Frente a la policía, confesó varios abusos y agresiones sexuales, pero negó una y otra vez ser el asesino del pequeño de Blanes.
Pese a esa negativa, muchos investigadores estaban convencidos de que era el autor del asesinato. Un inspector de policía que llevó el caso recordó años más tarde detalles que le parecían demoledores: se había documentado la presencia de Alavés durante meses en la zona de Blanes, especialmente cerca de donde apareció el cuerpo; algunos testigos lo identificaron como “el hombre que regalaba material deportivo a los chicos”. El día del crimen, cayó un fuerte aguacero en la zona de Blanes, pero no en Barcelona. Ese mismo día, el sospechoso apareció empapado en su bar habitual de la capital, algo que llamó la atención de los parroquianos. Era conocido por llevar siempre dos navajas, pero cuando fue detenido solo tenía una, y no pudo explicar dónde o cuándo perdió la otra. También se deshizo de la ropa con la que lo habían visto entrar totalmente mojado. Todo eso, para la policía, formaba una cadena de indicios muy clara.
A pesar de ello, la justicia no llegó a procesarlo por el homicidio de Fermín. Se abrió causa por los abusos sexuales a otros menores, que sí terminó en condena, pero el sumario por el asesinato del niño se cerró sin que nadie se sentara en el banquillo por ese crimen. Juan José Alavés Blanco entró en prisión como agresor sexual, no como asesino. Al padre de Fermín nadie se lo explicó cara a cara: solo recibió un oficio frío en el que se le informaba de que el sumario se declaraba concluso “sin haberse podido identificar al presunto autor de los hechos”. Quince meses después del asesinato, Fermín Villegas padre murió de un infarto cerca del lugar donde habían encontrado a su hijo. El periodista José Martí Gómez tituló su crónica sobre el caso “Dos muertes, un solo crimen”.
Con los años, distintos detalles han seguido alimentando la sensación de caso mal investigado. Se ha criticado que la bicicleta de Fermín no se recogiera como prueba, que no se tomaran huellas dactilares ni se conservara correctamente. También ha llamado la atención el papel del padre Antonio Estrada, profesor del niño en el colegio Santa María, a quien el padre de la víctima encontró “extrañamente nervioso” cuando le pidió ayuda para localizar a compañeros de clase y usar el teléfono el día de la desaparición. A pesar de que la Fiscalía y la acusación particular solicitaron tomarle declaración, la orden religiosa comunicó meses después que había sido enviado a México en julio de 1980, y nunca llegó a declarar ante el juez sobre el caso.
Hoy, el caso de Fermín Villegas Córdoba ha pasado de los sumarios judiciales a los libros de crónica negra, blogs y pódcast de true crime. El periodista José Martí Gómez lo incluyó en sus “Historias de asesinos”; la página La web de las sombras lo resume como “violado, estrangulado y apuñalado. Crimen sin resolver. El pederasta Juan José Alavés fue encarcelado por violación, pero no por asesinato”; en 2019, el pódcast “Quiero contar tu historia” le dedicó un episodio completo; en noviembre de 2025, el blog Crimen Scientia volvió a reconstruirlo con detalle, insistiendo en la figura del “pederasta deportivo” y en el cierre en falso del sumario.
A finales de 2025, el crimen de Blanes sigue oficialmente sin autor condenado. No hay reapertura judicial conocida, no hay nuevas pruebas forenses ni confesiones tardías que hayan salido a la luz. Lo que queda es la certeza de que un hombre con un largo historial de abusos a menores estuvo en el punto de mira, fue condenado por otros hechos, pero nunca llegó a ser juzgado por la muerte de un niño de 10 años que salió en bici a por hojas de morera. Y la sensación, compartida por muchos investigadores, de que se archivó un sumario en el que, como mínimo, había materia para un juicio oral que jamás se celebró.
El caso de Fermín Villegas Córdoba es, al mismo tiempo, la historia de un niño, de un depredador y de un sistema que falló estrepitosamente. Falló cuando eligió como chivos expiatorios a un padre y un hijo agricultores con discapacidad. Falló cuando no protegió la escena, cuando no investigó a fondo todas las pistas, cuando dejó que un sospechoso con antecedentes claros esquivara el banquillo por el peor de sus posibles crímenes. Y falló, sobre todo, cuando envió a un padre destrozado una carta seca en vez de una respuesta. Hasta que no se aclare quién mató a Fermín y por qué nunca se llevó a juicio al principal sospechoso, Blanes seguirá cargando con esta pesadilla abierta, un recordatorio de que la verdadera impunidad no es solo que alguien cometa un crimen… sino que el tiempo, el silencio y la burocracia terminen por enterrarlo casi tan hondo como a la propia víctima.
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