El 1 de septiembre de 2013, en la aldea de Lavandeira, concello de Cabanas (A Coruña), una mujer salió a hacer algo tan rutinario como estirar las piernas al atardecer. Se llamaba Elisa Abruñedo, tenía 46 años, dos hijos y una vida sencilla que cabía en unos cuantos caminos rurales entre pinos y fincas. Nunca regresó. Al día siguiente apareció desnuda entre la maleza, abusada y acuchillada a escasos 200 metros de su casa. Durante una década, su asesino fue apenas un código en un informe forense: “Varón 1”. Hoy tiene nombre y apellidos: Roger Serafín Rodríguez Vázquez, cazador pelirrojo, mecánico naval y ya condenado a 28 años de prisión.
Antes de convertirse en el “caso Elisa Abruñedo”, ella era sobre todo una gerocultora que trabajaba cuidando mayores, vecina muy querida en Cabanas y madre de Adrián y Álvaro, que entonces tenían 24 y 19 años. Compartía su vida con su marido, Manuel Fernández, en una casa familiar pegada al monte, de esas donde siempre huele a leña y comida casera. Caminar por las pistas forestales era parte de su rutina diaria: un rato de aire limpio después de jornadas duras en la residencia. El 1 de septiembre, con calor de final de verano y varios montes ardiendo en la zona, repitió el mismo paseo de siempre… sin sospechar que se cruzaría con un hombre que la veía como “pieza de caza”.
Entre las 20:45 y las 21:00 horas, Elisa caminaba sola por la carretera provincial DP-1503, a la altura de Lavandeira. Por allí pasaba Roger Serafín, entonces de 39 años, vecino de Narón, cazador aficionado y mecánico en una empresa auxiliar del astillero de Navantia Ferrol. Conducía su Citroën ZX verde, matrícula de Barcelona, buscando evitar el tráfico de la autopista y de la carretera de la costa aquel domingo de calor. La vio caminando, supo que estaba sola y tomó una decisión que rompería para siempre la vida de una familia. Aparcó a toda prisa en un camino de tierra cercano y se fue directo hacia su presa.
La reconstrucción oficial, repetida en el juicio, es escalofriante por lo concreta. Roger se acercó por la espalda, la sujetó con un brazo y le golpeó la mandíbula. La arrastró marcha atrás unos 17 metros monte adentro, entre pinos y matorral, hasta un punto donde desde la carretera ya no se veía nada. Allí la violó y, acto seguido, sacó una navaja o cuchillo —como los que usaba para desollar jabalíes— y le asestó tres puñaladas certeras: dos en el tórax, dirigidas a corazón y pulmón, y una en el cuello. La dejó desnuda, agonizando, agarrada a unas zarzas a las que tuvieron que segar para levantar el cadáver. Huyó a través del monte, volvió a su coche y se marchó como si nada.
El cuerpo de Elisa lo encontró al día siguiente un vecino, Delfín, el último que la había visto con vida cuando enfilaba la recta final del paseo hacia su casa. Estaba a unos 200 metros del domicilio familiar, en un pinar escarpado, desnuda y con signos claros de agresión sexual y violencia extrema. La autopsia certificó la violación, las tres heridas de arma blanca y un detalle que pesaría mucho años después: no tenía lesiones de defensa en las manos, prueba de que el ataque fue sorpresivo y que apenas tuvo opción de protegerse. Los forenses recogieron semen y saliva del agresor; el Instituto de Ciencias Forenses de Santiago elaboró un perfil genético completo. Pero cuando ese ADN se cruzó con las bases de datos policiales, la respuesta fue un muro: no había coincidencias.
Mientras el país miraba hacia otro crimen —la desaparición y muerte de Asunta Basterra, 20 días después—, el asesinato de Elisa quedó casi eclipsado en los titulares. Pero en Cabanas el miedo era muy real: un violador y asesino había atacado a una mujer al lado de sus casas y seguía suelto. La Guardia Civil de A Coruña bautizó la investigación como “operación Lavandeira” y durante años trabajó con un fantasma al que solo llamaban Varón 1: varón corpulento, diestro, conocedor de la zona, sin antecedentes, capaz de desaparecer sin dejar más rastro que unas gotas de ADN. En 2015 llegó otro golpe para la familia: Manuel, el marido de Elisa, murió en un accidente laboral, dejando a los dos hijos huérfanos de padre y madre en la misma casa desde la que ella había salido a pasear.
La clave estaba escondida en ese ADN. Los análisis revelaron algo muy concreto: el agresor tenía una variante del gen MC1R, típica de las personas pelirrojas, de piel clara y pecas. En Galicia, donde el pelo rojo es algo más frecuente que en el resto de España, eso no bastaba para señalar a un solo hombre… pero sí para acotar familias. Ahí empezó la parte más insólita de la investigación: los agentes de la Guardia Civil se lanzaron a reconstruir árboles genealógicos de la comarca en archivos parroquiales del obispado de Mondoñedo-Ferrol, tirando de libros que se remontaban al siglo XVI, cuando el Concilio de Trento obligó a las iglesias a registrar bautizos, bodas e hijos “ilegítimos”. Aquel viaje en el tiempo, rama a rama, fue la columna vertebral de la operación.
Durante meses se practicaron cribados de ADN voluntarios entre hombres de determinadas familias de la zona, seleccionadas por apellidos, procedencia y probabilidad genética de tener esa mutación “pelirroja”. Un día, en uno de esos análisis, los laboratorios detectaron un pariente del Varón 1. Ya no buscaban a un desconocido total, sino a alguien emparentado con ese donante, con raíces entre Cabanas y Vilarmaior y características físicas muy concretas. Entre los nombres que empezaron a repetirse en los informes apareció el de un cazador pelirrojo, mecánico de astillero, que conducía un Citroën ZX verde. Roger Serafín Rodríguez Vázquez entró definitivamente en el radar.
A partir de ahí, la investigación se volvió quirúrgica. La Guardia Civil sometió a vigilancia discreta a Roger, tomó muestras indirectas de su entorno y, finalmente, en octubre de 2023, obtuvo ADN de la manilla de su coche. El análisis no dejó dudas: el perfil genético coincidía con el semen y la saliva encontrados en el cuerpo de Elisa. Ese mismo 17 de octubre, los agentes lo detuvieron en plena jornada laboral en Navantia. En los registros de su vivienda de Narón se incautaron armas de fuego y cuchillos propios de su afición cinegética. Ante la jueza instructora, en el Juzgado nº 2 de Ferrol, confesó el crimen cometido diez años antes. Varón 1 ya tenía rostro.
Para los hijos de Elisa, cada paso ha sido un viaje de ida y vuelta al mismo 2013. En entrevistas, Adrián ha contado cómo crecieron con la sensación de que “el asesino de mi madre sigue por ahí y puede destrozar otra familia”, cómo evitaron cambiarse de casa porque marcharse era, en cierto modo, abandonar a su madre en aquel pinar. La psicóloga que los trata declaró en el juicio que la agresión sexual y el asesinato, sumados a la muerte del padre, han dejado en ellos un trauma profundo, con ansiedad, duelos enquistados y una vida congelada en Lavandeira, tan cerca del lugar donde la mataron que casi se ve desde sus ventanas.
En febrero de 2025, el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia confirmó la apertura de juicio oral y el envío del caso a un tribunal del jurado en la Audiencia Provincial de A Coruña. La Fiscalía acusaba a Roger Serafín de agresión sexual y asesinato con alevosía, pidiendo 32 años de prisión; la acusación particular, en nombre de los hijos, elevaba la petición a 37 años, añadiendo la agravante de género y abuso de superioridad. Desde octubre de 2023, el cazador pelirrojo permanecía en prisión provisional.
El juicio arrancó el 16 de junio de 2025. Durante cinco días, forenses, guardias civiles, peritos genéticos y testigos reconstruyeron minuto a minuto el último paseo de Elisa. Los médicos describieron un ataque “brutal, desmedido y sorpresivo”, insistiendo en que la víctima no tuvo posibilidad de defenderse. Los investigadores explicaron al jurado cómo un hilo de semen, una mutación en un gen y unas anotaciones en libros parroquiales habían llevado, diez años después, hasta el cazador de Narón. En sala se escuchó una frase que lo resumía todo: “un cazador remata las piezas para que no sufran; a Elisa la dejó agonizando”.
Roger, que había confesado tras su detención, llegó al juicio en silencio, casi siempre con la misma sudadera granate que llevaba el día en que lo arrestaron. No mostró arrepentimiento visible. Solo habló al final, en su turno de última palabra, para decir: “Lo siento. No puedo justificar lo que hice. No lo entiendo. Fue un hecho puntual”. Los peritos psiquiátricos descartaron trastornos mentales o alteraciones de personalidad: para ellos, y para la Fiscalía, sabía perfectamente lo que hacía cuando se abalanzó sobre una mujer sola en un camino rural casi vacío.
El 27 de junio de 2025, un jurado popular lo declaró culpable por unanimidad de violar y asesinar a Elisa Abruñedo. El 9 de julio, la Audiencia Provincial de A Coruña fijó la pena: 28 años de prisión —por agresión sexual y asesinato con alevosía— y una indemnización de 150.000 euros para uno de los hijos y 110.000 para el otro. La condena fue algo inferior a los 32–37 años que pedían Fiscalía y acusación, al no apreciarse ensañamiento, pero el tribunal dejó claro que el ataque fue sorpresivo, con clara intención de matar y aprovechando la superioridad física del agresor. La sentencia aún no es firme: puede ser recurrida ante el TSXG, aunque para la familia el veredicto del jurado ya supuso un cierre simbólico a doce años de espera.
El caso de Elisa Abruñedo es mucho más que la historia de un paseo que acaba en asesinato. Es la demostración de hasta dónde puede llegar una investigación cuando no se rinde: genealogía genética, archivos parroquiales de varios siglos, cribados de ADN, seguimiento paciente de un “Varón 1” que al final resultó ser un cazador que se creía invisible. Pero también es el recordatorio de lo que deja atrás un crimen así: dos hijos viviendo todavía al lado del pinar donde encontraron a su madre, un viudo que murió sin ver justicia, un pueblo que tardó doce años en poder pronunciar el nombre de un culpable. Y una pregunta que sigue flotando sobre los montes de Cabanas: ¿cuántos otros “cazadores” habrán pasado ya por nuestra vida disfrazados de vecinos discretos, esperando solo el momento de cruzarse con alguien como Elisa para convertir un camino cualquiera en el escenario de una pesadilla?
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