La madrugada del 20 de abril de 2024, la travesía entre Nador (Beni Ensar) y Motril parecía un viaje más de la Naviera Armas Trasmediterránea. Entre los pasajeros iba Marouan Elmokadim (también citado como El Mokadim / El Mokadem), un joven rifeño de 18 años con residencia legal en España. Subió al ferry con su billete, su maleta y su documentación en regla, mandó vídeos a su familia desde la cubierta y desde la cafetería… y, desde ese punto, el chico se borró del mapa. No hay registro de entrada en España, no hay equipaje recuperado, no hay imágenes de cámaras. Solo un vacío que, a finales de 2025, sigue sin explicación oficial.
Para entender la desaparición de Marouan Elmokadim hay que retroceder unos años. El joven, originario de la zona rifeña de Temsman / Alhucemas, había llegado a España siendo menor por la peligrosa ruta del mar de Alborán, en una pequeña barca de pesca con otras nueve personas. Pasó por un centro de menores y, al cumplir la mayoría de edad, accedió a un piso tutelado de la Junta de Andalucía. Con el tiempo logró regularizar su situación y obtener residencia, empezó a trabajar en la industria del aluminio y trataba de abrirse camino entre España y el recuerdo permanente de su familia en Marruecos.
En abril de 2024 decidió volver unos días a casa para celebrar el Eid al-Fitr junto a los suyos. El 14 de abril se embarcó hacia Beni Ensar en un ferry de la misma naviera; hay una foto suya en cubierta, feliz, enseñando el mar a través del móvil. Tras unos días de abrazos, comidas familiares y promesas de futuro, su hermano Mohamed le compró el billete de vuelta a España para el 20 de abril de 2024, con salida nocturna desde Nador y llegada prevista a Motril al día siguiente, para regresar después al piso tutelado donde vivía.
Aquella noche, la familia lo acompañó hasta el puerto de Beni Ensar (Nador). Según el atestado policial marroquí, Marouan pasó el control fronterizo sin problemas: “se comprobó que Marouan El Mokadim abandonó el territorio nacional marroquí el 20/04/2024 a través del puerto de Beni Ensar con destino España”, dice el documento. Después, ya a bordo del ferry de Armas, se instaló en la cafetería porque viajaba con billete económico, sin camarote. Desde allí mandó fotos, vídeos y hasta una videollamada por WhatsApp a su hermano. Esas imágenes —él sonriendo, apoyado en la barra o en la barandilla, con el mar de fondo— son las últimas pruebas de vida conocidas. Su teléfono, con dos tarjetas (una marroquí y otra española), dejó de emitir señal esa misma noche.
El viaje tenía que terminar en Motril la mañana del 21 de abril. Pero cuando el barco atracó, algo se rompió en la línea del tiempo. Según un informe de la Policía Nacional remitido al Juzgado de Instrucción nº 5 de Motril, Marouan “en ningún momento entra en territorio nacional por puesto fronterizo habilitado”: no hay registro de su paso por el control de llegada, ni consta que pisara oficialmente suelo español. Tampoco apareció su maleta de unos 20 kilos ni ningún objeto personal asociado al ferry de esa fecha, según la respuesta que la naviera dio a la abogada de la familia cuando ésta fue a preguntar por equipajes extraviados. La compañía de telefonía Digi confirmó a la policía que su línea española no volvió a encenderse tras la noche de la desaparición; de la línea marroquí, la familia ha tenido que pedir los datos de geolocalización mediante el juzgado.
En paralelo, la versión que llega a través de otros medios introduce aún más confusión. Un reportaje de La Voz de Almería, publicado en noviembre de 2024, afirma que la naviera comunicó tanto a la familia como a la Policía Nacional que Marouan “bajó del barco sin incidente alguno” y que su rastro se pierde al pisar suelo español en Motril. A partir de esa premisa, el entorno del joven centra parte de la búsqueda en la provincia de Almería, donde aseguran haber recibido avisos de posibles avistamientos del chico en El Ejido y algunos barrios de la capital. En ese relato, Marouan sí habría desembarcado, para desaparecer después en tierra. La familia, con apoyo de una asociación con sede en Madrid, recorre la provincia pegando carteles y hablando con testigos potenciales, mientras la ficha de SOS Desaparecidos sigue marcando como lugar oficial de desaparición “Motril (Granada)”.
Esta dualidad —¿desaparece en el mar o al llegar a puerto?— se complica aún más con informaciones contradictorias procedentes de Marruecos. Portales como Bladi.net y otros medios magrebíes han publicado que el ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, sitúa la desaparición en torno al 24 de mayo de 2024, aunque en el propio texto se reconoce que la policía fronteriza de Beni Ensar lo registró saliendo el 20 de abril. Todo apunta a un error de fechas en las notas oficiales, pero ese tipo de imprecisiones alimenta la sensación de caos administrativo alrededor del caso. Lo único firme es lo que recoge el atestado marroquí y la denuncia de la Guardia Civil: el viaje de referencia es el del 20 de abril en el ferry Nador–Motril, y desde entonces nadie ha vuelto a tener contacto con él.
Con el paso de los meses y el silencio casi absoluto por parte de las instituciones, la familia de Marouan pasó de la angustia a la protesta abierta. Su hermano Mohamed empezó tocando todas las puertas en Marruecos: prefecturas, Ministerio del Interior, Exteriores, incluso el Gabinete Real, además de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH). Como no obtenía respuestas, el 10 de febrero de 2025 se plantó delante de la oficina de Naviera Armas en Beni Ansar y comenzó una huelga de hambre y de agua, decidido —en sus palabras— a “intensificar la lucha” si seguían ignorándolos. Tras tres días de presión, el fiscal general del Tribunal de Apelación de Nador anunció la apertura de una investigación formal en Marruecos sobre la desaparición a bordo del ferry, y Mohamed suspendió la huelga.
Al mismo tiempo, el Ministerio de Exteriores marroquí reconocía públicamente la “extraña desaparición” de Marouan El Mokadem en un barco español rumbo a Motril y aseguraba que el Consulado General de Marruecos en Almería estaba implicado en la búsqueda: contacto con el centro de menores donde vivió el chico, intercambio de información con la Guardia Civil, circular enviada el 5 de enero de 2025 a todos los consulados marroquíes en España pidiendo atención a este caso. El propio Bourita admitía que la única certeza es que Marouan nunca pasó el control de entrada en Motril y que su último rastro verificable está en el ferry, confirmado también por las llamadas que mantuvo con su hermano desde a bordo.
La familia no se ha quedado solo en los despachos. Han organizado sentadas y protestas frente a la sede de Armas en Beni Ensar, han iniciado campañas de boicot contra la compañía en redes y han conseguido adhesiones en la diáspora rifeña en Europa. Medios de la región lo han bautizado como “un hijo desaparecido del Rif”, símbolo de una generación que emigra buscando un futuro mejor y acaba atrapada entre dos sistemas que se pasan la responsabilidad. El contraste es especialmente cruel: Marouan sobrevivió a una patera en el mar de Alborán… para perderse después en un ferry oficial, con billete y papeles en regla.
Del lado español, el caso está judicializado y bajo secreto de sumario en un juzgado de Motril. La Policía Nacional asegura que se activó el protocolo habitual de desapariciones y que ha habido comunicación con la embajada y con las autoridades marroquíes. A la vez, el CEO de Armas Trasmediterránea, Sergio Vélez, declaró en abril de 2025 que “se siguieron todos los protocolos de seguridad” y evitó aclarar si las cámaras de videovigilancia del buque funcionaban durante el viaje de la desaparición, alegando precisamente el secreto de sumario. Documentos a los que ha tenido acceso la prensa señalan que, cuando el juzgado pidió las imágenes, la naviera respondió que las cámaras “no estaban operativas”, por lo que no existían grabaciones ni del embarque ni de la travesía que pudieran mostrar qué ocurrió con el joven.
Organizaciones de derechos humanos y medios especializados en migraciones han subrayado que el caso de Marouan Elmokadim es la cara más oscura de un sistema que ya acumula un balance trágico: una persona muerta o desaparecida cada pocas horas intentando llegar a España desde África. Pero su historia tiene un matiz distinto: no desapareció en una ruta clandestina, sino en un barco comercial que debería garantizar trazabilidad, controles, cámaras, listas de pasajeros claras y mecanismos de rescate en caso de incidente. La ausencia de imágenes, de equipaje recuperado y de una narración coherente sobre si llegó o no a desembarcar hace que el caso haya pasado de ser “un desaparecido más” a un símbolo de opacidad y posibles negligencias en la frontera marítima formal.
Mientras tanto, la dimensión humana del drama se resume en una casa del Rif donde el tiempo se ha detenido. El hermano de Marouan ha contado en varias ocasiones que su madre “no sale de casa, no puede dormir, pregunta constantemente por su hijo, llora todo el tiempo y vive en un profundo dolor”. Relee los mensajes, mira las últimas fotos enviadas desde la cubierta del ferry y se agarra a cualquier rumor: un chico parecido en Almería, alguien que cree haberlo visto en un barrio de la costa, una llamada anónima. Nada ha podido ser confirmado. Cada pista que se enfría se vive como una pequeña muerte más.
A finales de 2025, la ficha de SOS Desaparecidos sigue activa: Marouan Elmokadim, 18 años al desaparecer, 1,75 m, 70 kg, pelo negro, ojos marrones, desaparecido el 20/04/2024 en Motril (Granada). Su edad actual figura ya como 20 años. No hay declaración de fallecimiento, no hay restos, no hay una versión oficial única de lo que pasó entre la cafetería del ferry y la supuesta llegada a puerto. Para su familia y para quienes siguen la causa, el caso se ha convertido en una prueba de fuego: o se esclarece qué pasó en ese barco y en esa escala, o queda la sensación de que en un buque comercial europeo puede desaparecer alguien sin que nadie esté obligado a dar explicaciones claras.
La historia de la desaparición de Marouan Elmokadim en el ferry Nador–Motril es, en el fondo, una pesadilla hecha de agua y burocracia: un joven que hace lo correcto, viaja con billete, con papeles y por la vía “segura”, y aun así se disuelve en un tramo de mar supuestamente controlado. Entre Marruecos y España, entre atestados que se contradicen, cámaras que no funcionan y expedientes bajo secreto, lo único que queda sólido es la ausencia. Hasta que alguien pueda responder a dos preguntas sencillas —¿dónde se perdió el rastro de Marouan, en el barco o al pisar Motril? ¿Quién fue el último en verlo y qué hizo después?— su nombre seguirá flotando como un aviso: hay desaparecidos que no se pierden en la noche de una patera, sino en los silencios de un sistema que, cuando conviene, parece preferir mirar hacia otro lado.
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