Silvia Mabel Fregueiro Yacobazzo tenía 28 años cuando llegó a Maldonado buscando lo que muchos buscan cada verano: trabajo, un nuevo comienzo, un poco de aire. Había nacido en Treinta y Tres, era madre, y su familia la describe como una mujer que no se “borraba” de la nada, que no tenía esa clase de vida que permite desaparecer sin que a alguien le falte el piso. Pero diciembre de 1994 fue otra cosa. Lo que empezó como una jornada de mandados terminó convirtiéndose en una ausencia que ya lleva tres décadas y que, cada vez que vuelve a los titulares, suena igual de inquietante: nadie ha podido explicar qué pasó con Silvia.
Los registros oficiales y las crónicas periodísticas no coinciden del todo en la fecha exacta, y esa grieta, aunque parezca mínima, marca el tono del caso desde el inicio. El portal de Personas Ausentes del Ministerio del Interior consigna como fecha de desaparición el 23/12/1994. Sin embargo, investigaciones periodísticas recientes y otros documentos ubican el último momento con vida el 21/12/1994, en plena temporada de Punta del Este y Maldonado. Dos días pueden parecer poca cosa, pero en una historia sin cierre ese tipo de diferencias se sienten como una señal: desde el principio, el caso quedó rodeado de desorden, versiones cruzadas y pasos que no quedaron asentados con nitidez.
En esos días previos, Silvia había conseguido trabajo como doméstica en una casa del barrio Cantegril, según reconstruyó la prensa uruguaya. El escenario era el típico de una ciudad que se transforma en verano: movimiento constante, gente que llega y se va, calles llenas, y una sensación peligrosa de anonimato. La temporada puede ser una oportunidad, pero también una cortina: si algo sale mal, el ruido tapa el rastro, y cuando se quiere mirar hacia atrás, ya es tarde para distinguir qué fue real y qué fue comentario de esquina.
La última escena que aparece una y otra vez en las reconstrucciones es casi doméstica: Silvia sale “a hacer mandados” y no vuelve. El reporte de El Observador de diciembre de 2024, que repasa el caso a 30 años, insiste en esa idea y en el vacío que vino después: una investigación con irregularidades y pistas que nunca lograron convertirse en respuesta. Lo terrible de estas historias es que no hay un “gran estruendo” que avise a tiempo; a veces, el momento exacto se parece demasiado a cualquier otro momento, y por eso, cuando alguien entiende que algo anda mal, el reloj ya corrió demasiado.
En Maldonado se habló desde temprano de un último recorrido en el que Silvia habría sido vista caminando cerca del Campus Municipal junto a un hombre al que, según versiones difundidas, conocía de Treinta y Tres. Esa línea fue retomada por medios locales en aniversarios recientes: un acompañamiento de pocas cuadras, un nombre señalado, un hombre con antecedentes según se relató públicamente, y la misma negación constante de haber tenido relación con lo que pasó después. En un caso donde faltan certezas, una caminata de minutos se vuelve un punto de obsesión, porque es de las pocas escenas que parecen tener forma.
La búsqueda, según se ha contado, fue intensa en distintos momentos y desesperante en su resultado. Hubo rastrillajes, entrevistas, revisión de pistas y, con los años, un desgaste que se siente como arena en los dedos: cuanto más se aprieta, más se escapa. El Observador describe un expediente cargado de irregularidades y de testimonios que, pese a acumularse durante décadas, no dieron un cierre. La Junta Departamental de Maldonado llegó a tratar el tema en sesiones, un reflejo de que el caso no solo golpeaba a una familia: golpeaba a una comunidad que veía cómo una mujer podía desvanecerse en plena temporada sin que apareciera una explicación firme.
Con el paso de los años aparecieron indicios que encendieron expectativas y luego se apagaron. En 2007, por ejemplo, se informó del hallazgo de restos óseos en Punta del Este que fueron analizados y finalmente se determinó que no correspondían a Silvia. Este tipo de noticias dejan una marca particular en las familias: por unas horas o unos días, el cuerpo se prepara para “saber”, y después vuelve la nada, pero con un cansancio nuevo encima.
Mientras la investigación policial se estiraba en el tiempo, la historia de Silvia empezó a trascender fronteras y a transformarse también en una discusión sobre responsabilidades del Estado. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) publicó en 2021 un informe de admisibilidad sobre una petición vinculada al caso, donde se menciona que Silvia fue vista por última vez el 21 de diciembre de 1994 en Punta del Este/Maldonado y se detallan aspectos del reclamo de su familia. Que un caso termine en un organismo internacional no significa que haya respuestas; significa, muchas veces, que la familia sintió que las puertas locales no alcanzaron.
En el centro de esta historia está su hijo, Santiago, que la vio por última vez cuando era un niño y que creció con una pregunta atravesada en el pecho. El artículo de El Observador de 2024 pone el foco justamente en eso: tres décadas esperando a mamá, reconstruyendo pistas, escuchando versiones, intentando ordenar un rompecabezas que parece armado para no cerrarse. En casos así, la ausencia no se queda en el pasado: se muda a la mesa familiar, a los cumpleaños, a las fiestas, a cada llamada telefónica que llega tarde en la noche.
El registro oficial del Ministerio del Interior mantiene activa la ficha de Silvia Mabel Fregueiro Yacobazzo y deja canales de contacto institucionales para aportar información. Esa ficha, con el nombre completo y la fecha asentada por el Estado, es una especie de lámpara encendida: prueba que el caso no está “terminado”, que sigue abierto en lo esencial. Y también es un recordatorio de lo que más descoloca: que una persona puede faltar durante décadas y, aun así, que lo único visible para el país sea un recuadro con una foto y un número de teléfono.
Los aniversarios suelen devolver el caso a la conversación pública, y cada regreso trae el mismo contraste: los titulares se renuevan, pero la respuesta no. FM Gente, por ejemplo, retomó en 2024 la línea del último recorrido y del hombre visto con ella, y volvió a subrayar que el misterio sigue intacto. Cuando una historia se repite tanto tiempo, se forman dos realidades: la de quienes solo la leen una vez al año, y la de quienes la viven todos los días sin pausa, porque no hay un “después” claro.
También queda flotando el contexto del lugar y del momento: Maldonado y Punta del Este en diciembre, con temporada alta, tránsito constante y un flujo de desconocidos que hace difícil seguir una pista con precisión. El País ya mencionaba el caso como uno de los episodios emblemáticos de mujeres ausentes en el departamento, justamente por ese componente estacional que complica los rastros. En ese tipo de escenarios, una conversación puede perderse entre miles, un vehículo puede salir del mapa en minutos, y una pista puede convertirse en rumor antes de llegar a un escritorio.
Treinta años después, lo verificable sigue siendo dolorosamente corto: Silvia Mabel Fregueiro Yacobazzo desapareció en Maldonado en diciembre de 1994; su ficha sigue activa en el Ministerio del Interior; su familia sostiene la búsqueda; el caso incluso llegó al sistema interamericano por reclamos sobre la investigación. Y lo no verificable —lo que se susurra, lo que se sospecha, lo que “dicen que vieron”— sigue siendo un mar sin costa. Por eso su nombre persiste: porque, en un país que suma historias de ausentes, hay algunas que se vuelven símbolo de algo más grande, de una falla que no se puede normalizar.
Si alguien escucha “Silvia Fregueiro” y piensa que es un caso viejo, la verdad es que no lo es: viejo es el año, no la ausencia. La ausencia está viva mientras no haya respuesta, mientras su hijo siga buscando, mientras un dato mínimo pueda cambiarlo todo. Y en estas historias, a veces lo único que separa la oscuridad de una verdad es un recuerdo que alguien guardó por miedo, por vergüenza o por creer que no importaba. Treinta años después, ese tipo de recuerdo puede ser exactamente lo que falta.
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