En el verano de 1965, la casa de dos pisos en el 3850 East New York Street, en Indianápolis, parecía una vivienda cualquiera de clase trabajadora: ropa tendida, niños entrando y saliendo, una madre delgada que fumaba en el porche. Dentro vivían Gertrude Baniszewski y sus hijos, una familia que muchos vecinos describían como “normal, aunque con problemas de dinero”. A esa casa llegarían, con la promesa de ser cuidadas “como si fueran sus propias hijas”, dos adolescentes: Sylvia Likens, de 16 años, y su hermana pequeña, Jenny. Tres meses después, el 26 de octubre de 1965, Sylvia perdería la vida tras un calvario que un fiscal definió como “el caso más diabólico que jamás llegó a un tribunal”.
Sylvia Marie Likens había nacido el 3 de enero de 1949 en Lebanon, Indiana, en una familia humilde de cinco hijos. Sus padres, Lester y Betty, trabajaban en ferias itinerantes: montaban y desmontaban atracciones, viajaban de pueblo en pueblo intentando ganar lo justo para llegar a fin de mes. Esa vida nómada hacía difícil ofrecer estabilidad a los niños. En 1965, buscando algo de calma para sus hijas mientras ellos seguían a la feria por la Costa Este, aceptaron una propuesta que parecía práctica: pagar a Gertrude Baniszewski 20 dólares semanales para que Sylvia y Jenny se quedaran en su casa hasta noviembre. Gertrude, madre de siete hijos, les prometió que las trataría como a las suyas.
Al principio, nada hacía presagiar la tragedia. Sylvia y Jenny se integraron en la rutina de la casa: ayudaban con las tareas, iban a la misma escuela que las hijas de Gertrude y asistían juntas a la escuela dominical. La propia Sylvia cantaba con Stephanie Baniszewski en el salón y los primeros visitantes veían a las chicas sonreír y comportarse como cualquier adolescente tímida, educada y deseosa de encajar. Pero la economía en la casa era frágil. Cuando los pagos de la pensión empezaron a retrasarse y los adultos añadieron chismes y resentimientos a la mezcla, la relación entre la “madre de acogida” y su huésped empezó a torcerse de forma oscura.
Lo que siguió fue una escalada lenta pero constante de maltrato físico y psicológico que, por respeto a la víctima y a quien lee, solo nombraremos de forma general. Fuentes judiciales y médicas hablan de golpes reiterados, humillaciones diarias, privación de comida, castigos degradantes y un aislamiento cada vez mayor de Sylvia dentro de la casa. Lo más inquietante es que Gertrude no actuó sola: varios de sus hijos y chicos del vecindario participaron activamente en esas agresiones, muchas veces animados o autorizados por la propia adulta. A Jenny, que tenía problemas de movilidad, se la presionaba para que colaborara, usándola como herramienta de control: “si hablas, será peor”.
En el exterior, algunas señales se colaron, pero nadie llegó a romper del todo el silencio. Un matrimonio vecino, los Vermillion, visitó la casa y vio a Paula Baniszewski alardear de haber golpeado a Sylvia, que presentaba un ojo morado y un comportamiento apagado, casi “como en estado de shock”. Aun así, no denunciaron nada. En la escuela, profesores y personal observaron que la chica adelgazaba de forma alarmante, acumulaba marcas visibles y parecía cada vez más retraída, pero los seguimientos fueron insuficientes: en los años 60, el sistema de protección infantil era mucho menos sensible a señales de alarma que hoy.
A medida que avanzaba el otoño, la situación dentro de la casa se volvió todavía más sombría. Sylvia fue apartada de la vida cotidiana, obligada a permanecer en espacios cada vez más reducidos, sin apenas contacto con el exterior. Los testimonios posteriores hablan de una adolescente que, pese a la violencia, seguía pidiendo agua con educación, que pensaba en su hermana y que, cuando podía, intentaba mantener algo de dignidad, incluso escribiendo notas o rezando en voz baja. Los médicos que revisaron el caso más tarde describieron el conjunto de agresiones sufridas como una combinación de daño físico extremo y un trato deshumanizador sostenido.
El 26 de octubre de 1965, el cuerpo de Sylvia no pudo resistir más. Cuando finalmente se llamó a emergencias, Gertrude intentó presentar lo ocurrido como un colapso repentino o una especie de fuga frustrada, afirmando incluso que la chica se había “portado mal” y que se había “hecho daño ella sola”. Pero la escena en la casa de East New York Street contaba otra historia: agentes y sanitarios encontraron a una adolescente extremadamente delgada, con múltiples marcas visibles, que había perdido la vida en un colchón sucio. La autopsia registró alrededor de 150 lesiones externas y concluyó que la causa inmediata del fallecimiento fue una combinación de daño en la cabeza, shock y desnutrición severa.
A partir de ese momento, la fachada de “madre protectora” se derrumbó. La policía empezó a tomar declaración a los numerosos niños y adolescentes que pasaban por la casa, y la historia que emergió fue devastadora: se habló de castigos organizados casi como “juegos”, de turnos para agredir, de humillaciones públicas, de una cultura de violencia normalizada donde una adulta permitía y dirigía el daño a una menor bajo su responsabilidad. El propio subdirector de la Fiscalía, Leroy New, describiría el caso como “la cosa más diabólica” que había visto un jurado en Indiana; un investigador veterano de Indianápolis lo definió como la situación más sádica que había investigado en treinta y cinco años de servicio.
En diciembre de 1965, un gran jurado acusó formalmente a Gertrude Baniszewski, a su hija mayor Paula, a su hijo John, y a dos chicos del barrio, Coy Hubbard y Richard Hobbs, por su implicación directa en las agresiones que llevaron a la muerte de Sylvia. El juicio conjunto comenzó en abril de 1966 en Indianápolis. La Fiscalía presentó el hogar de Gertrude como una casa convertida en escenario de crueldad sistemática, en la que se vulneró de manera deliberada y prolongada a una chica que dependía totalmente de los adultos que debían protegerla. La defensa intentó alegar problemas de salud mental, minimizar responsabilidades e incluso sugerir que Sylvia era “difícil”, pero el cúmulo de pruebas y testimonios era abrumador.
Tras diecisiete días de juicio y ocho horas de deliberación, el jurado declaró a Gertrude culpable de asesinato en primer grado, recomendando cadena perpetua. Paula fue condenada por asesinato en segundo grado; Hobbs, Hubbard y John Baniszewski Jr. fueron considerados culpables de homicidio en grado menor, con penas de entre 2 y 21 años. En 1970, varias condenas se revisaron por cuestiones de procedimiento y hubo nuevos juicios, pero los veredictos fundamentales se mantuvieron: Gertrude volvió a ser declarada culpable de asesinato en primer grado en 1971. Aun así, el sistema permitiría más tarde que parte de los implicados recuperaran la libertad mucho antes de lo que la opinión pública consideraba justo.
En 1985, tras una campaña ciudadana que reunió más de 40.000 firmas oponiéndose a su liberación, Gertrude Baniszewski obtuvo la libertad condicional. Había pasado unos 20 años en prisión y murió de cáncer de pulmón en 1990, en Iowa, sin haber mostrado un arrepentimiento claro según quienes trataron con ella. Paula salió de la cárcel en 1972, cambió de apellido y, décadas después, fue descubierta trabajando como asistente educativa en un instituto de Iowa; cuando se supo su pasado, fue despedida. Otros jóvenes implicados cumplieron penas breves y llevaron vidas discretas. Jenny Likens, la hermana que sobrevivió, arrastró secuelas emocionales toda su vida y falleció en 2004, a los 54 años.
El caso Sylvia Likens no solo dejó condenas individuales; también se convirtió en espejo de un sistema que había fallado en todos los niveles. La historia alimentó cambios en la forma en que Indiana respondía a los avisos de maltrato infantil y, con el tiempo, inspiró la creación de recursos específicos. Uno de ellos es Sylvia’s Child Advocacy Center (Sylvia’s CAC), en Lafayette, a más de una hora de Indianápolis: una organización que lleva su nombre y trabaja para ofrecer intervenciones coordinadas y sensibles con menores víctimas de violencia, precisamente para que ningún niño vuelva a sentirse tan solo como ella. En Willard Park, no muy lejos de donde estuvo la casa de los Baniszewski, hoy demolida, hay un pequeño monumento con su nombre, un intento tardío de darle un lugar digno en la ciudad que no la supo proteger.
Con los años, la vida y muerte de Sylvia Likens han sido objeto de libros, artículos, películas y análisis académicos que intentan entender cómo una comunidad entera pudo mirar hacia otro lado mientras crecía esa espiral de crueldad. Esa atención ha generado también debates éticos: ¿dónde está la línea entre contar su historia para aprender y explotar el horror como simple espectáculo? Organizaciones de protección a la infancia insisten en que, si se habla de este caso, debe hacerse poniendo el foco en la víctima, en los mecanismos que permitieron el abuso y en las lecciones para el presente, no recreándose en los detalles más oscuros.
Lo más perturbador del caso Sylvia Likens, visto desde hoy, no es solo la maldad de una persona concreta, sino el cóctel de factores que la rodearon: pobreza, estrés, adultas desbordadas, vecinos que sospecharon pero no denunciaron, instituciones que vieron señales pero no actuaron con la contundencia necesaria, y un grupo de menores que, en lugar de aprender empatía, aprendieron a normalizar la violencia contra quien estaba más desprotegida. Que un domicilio cualquiera pudiera convertirse, sin muros de prisión ni sótanos de película, en el escenario de una crueldad sostenida, es lo que convierte esta historia en una auténtica pesadilla.
Recordar a Sylvia hoy no es solo repetir un crimen del pasado, sino una llamada incómoda al presente: cada vez que alguien escucha gritos en la vivienda de al lado, ve a un menor con marcas inexplicables o percibe que una niña se apaga de golpe, hay una decisión que tomar. O se mira hacia otro lado —como hicieron demasiadas personas en East New York Street en 1965— o se da el paso de preguntar, de avisar, de incomodarse. En ese gesto sencillo puede estar la diferencia entre que la historia de una Sylvia se repita o que, por fin, el círculo se rompa.
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