La madrugada del 27 de noviembre de 2022, el frío húmedo de Lugo envolvía las calles del barrio de A Milagrosa, un lugar donde todos se conocen y donde Cristina Cabo Buján, de 42 años, había construido su vida y su pequeño imperio de productos ecológicos. Cristina era una mujer vital, conocida y querida, cuyo único "error" esa noche fue confiar en la bondad ajena en un entorno de ocio nocturno. Nadie en la ciudad amurallada podía imaginar que aquella velada festiva terminaría convirtiéndose en uno de los crímenes más salvajes que se recuerdan en la capital lucense.
Esa noche, Cristina conoció a José Uriel Valencia Silva, un hombre de nacionalidad colombiana de 32 años. El encuentro fue fortuito, en un local de copas, donde la conversación fluyó con la normalidad de dos personas que deciden alargar la fiesta. No hubo señales de alerta, ni gestos que presagiaran el horror. Con la confianza del momento, ambos decidieron continuar la noche en el domicilio de ella, en la calle Quiroga, un espacio que debía ser seguro pero que se transformó en una trampa mortal.
Ya en la intimidad de la vivienda, algo se torció de forma irreversible. Lo que comenzó como un encuentro consentido derivó en una explosión de violencia inusitada. Según la investigación posterior, no hubo una lucha equilibrada; hubo una cacería en un espacio cerrado. José Uriel, lejos de detenerse ante una negativa o una discusión, desató una furia homicida que los forenses tardarían en poder cuantificar con precisión debido a la magnitud del daño.
El ataque fue de una brutalidad extrema. Cristina recibió un total de 49 puñaladas. No fue una muerte rápida ni piadosa. El informe de la autopsia reveló que hubo ensañamiento; el agresor no solo quería matarla, sino que aumentó deliberadamente su sufrimiento, asestando golpes con un cuchillo de cocina en zonas vitales y no vitales. La mujer, indefensa y sorprendida en su propio hogar, se desangró sin posibilidad de pedir auxilio.
Tras cometer el crimen, la frialdad de José Uriel fue pasmosa. Con el cuerpo de Cristina yaciendo en la habitación, él no huyó despavorido por el pánico. Se dedicó a recorrer la casa, buscando qué llevarse. Su botín fue ridículo en comparación con la vida que acababa de segar: un ordenador portátil y una bicicleta. Salió del edificio con la bicicleta de su víctima, pedaleando hacia la oscuridad como si nada hubiera pasado, dejando atrás una escena dantesca.
La alarma saltó al día siguiente. La familia de Cristina, extrañada por su silencio y su ausencia —ella, que siempre estaba pendiente de su tienda "A Despensa do Avó"—, acudió al piso. Fue su hermana quien se encontró con la pesadilla. El hallazgo del cuerpo sumió a la familia en un estado de shock y movilizó a la Policía Nacional, que blindó el barrio en busca de respuestas.
La investigación fue rápida y eficaz. Las cámaras de seguridad de la zona y los testimonios de quienes los vieron juntos esa noche permitieron identificar a José Uriel en cuestión de días. Fue detenido el 29 de noviembre. En su vivienda, la policía encontró los objetos robados y ropa con restos de sangre, pruebas irrefutables que desmontaban cualquier intento de negación.
Durante los interrogatorios y la instrucción, el acusado intentó dibujar un relato exculpatorio. Alegó que había consumido alcohol y drogas, y que la muerte se produjo tras una discusión porque ella supuestamente le ofreció dinero y luego se retractó, una versión que la familia y la acusación siempre rechazaron como una injuria final a la memoria de la víctima. Su defensa buscó calificar los hechos como homicidio, eliminando la premeditación y la crueldad.
El juicio se celebró finalmente en 2025 en la Audiencia Provincial de Lugo. Un jurado popular tuvo la difícil tarea de escuchar los detalles escabrosos de la autopsia y ver la impasibilidad del acusado. El veredicto fue unánime: culpable de asesinato. El jurado consideró probadas las agravantes de alevosía y ensañamiento. No hubo defensa posible para 49 puñaladas; hubo voluntad de matar y de hacer daño.
En junio de 2025, la Audiencia Provincial dictó sentencia: 26 años de cárcel. La condena se desglosó en 22 años por el delito de asesinato y 4 años más por el delito de robo con violencia. Además, se fijó una indemnización de más de 180.000 euros para la familia, aunque el verdadero castigo para ellos es la ausencia eterna de Cristina.
La defensa de José Uriel no se conformó y recurrió al Tribunal Superior de Xustiza de Galicia (TSXG), intentando una última maniobra legal para rebajar la pena. Argumentaron de nuevo que no hubo ensañamiento y pidieron que se consideraran atenuantes por su supuesta colaboración o estado mental alterado por tóxicos.
Sin embargo, este enero de 2026, la justicia ha vuelto a hablar con contundencia. El TSXG ha desestimado el recurso y ha ratificado íntegramente la condena de 26 años. Los magistrados del alto tribunal gallego han confirmado que la brutalidad del ataque y la indefensión de la víctima justifican la máxima calificación penal. No hay rebajas para quien actúa con tal desprecio por la vida humana.
La sentencia ratificada incluye también una medida de seguridad importante: una vez que José Uriel acceda al tercer grado o a la libertad condicional, será expulsado del territorio nacional. Se le prohíbe regresar a España durante un periodo de 10 años, asegurando que, una vez pague su deuda con la sociedad española, no volverá a pisar las mismas calles que la familia de su víctima.
El fallo judicial ha sido recibido con alivio en Lugo. La confirmación de la pena cierra la puerta a la impunidad y valida el sufrimiento de una familia que ha tenido que soportar no solo la pérdida, sino el espectáculo judicial. La figura de Cristina ha quedado protegida por la verdad jurídica: fue una víctima inocente de un depredador ocasional.
Para el asesino, el futuro es una celda en el centro penitenciario de Bonxe o Teixeiro, donde tendrá décadas para recordar la noche en que decidió destruir todo por nada. Su juventud se consumirá entre rejas, sin las atenuantes que tanto buscó. La justicia ha sido lenta pero implacable.
Cristina Cabo ya no abrirá su tienda en A Milagrosa, pero su memoria sigue viva en cada rincón del barrio. El caso se cierra judicialmente en este 2026, pero la lección permanece: la violencia machista y oportunista puede esconderse tras una sonrisa en un bar, y la respuesta de la sociedad debe ser siempre la condena sin fisuras.
1 Comentarios
Fué la propia hermana de Jose la que llamó la policía.
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