Ejecución a las puertas del colegio: El oscuro final de Andriy Portnov



Pozuelo de Alarcón, en Madrid, es conocido por ser uno de los refugios más exclusivos y vigilados de España. Sin embargo, la mañana del 21 de mayo de 2025, el blindaje de tranquilidad de este municipio saltó por los aires cuando el sonido de las balas reemplazó al bullicio habitual de la entrada de un colegio de élite.

Eran las 9:15 de la mañana frente al Colegio Americano de Madrid. Andriy Portnov, un hombre que durante años caminó por los pasillos más influyentes y peligrosos del poder en Ucrania, acababa de dejar a sus hijas en el centro educativo. No sabía que, mientras se despedía de ellas, sus verdugos ya lo tenían en el punto de mira.

Portnov no era un ciudadano cualquiera. Exasesor del expresidente ucraniano Víktor Yanukóvich y abogado de perfil alto, su vida era un laberinto de secretos de Estado, acusaciones de alta traición y sanciones internacionales. En Madrid, intentaba llevar una vida de lujo y aparente calma, protegida por los muros de una de las zonas más caras del país.

El ataque fue quirúrgico y brutal. Nueve disparos rompieron el silencio de la calle, impactando varios de ellos en su cabeza y espalda. Portnov cayó desplomado junto a su vehículo de alta gama, valorado en más de 100.000 euros, ante la mirada atónita de testigos que no lograban comprender cómo la guerra de la que huía lo había alcanzado allí.

Dentro del colegio, el pánico se apoderó de las aulas. Siguiendo protocolos de emergencia, los niños se ocultaron bajo sus pupitres mientras las luces se apagaban y el exterior se llenaba de sirenas. Lo que debía ser una jornada escolar ordinaria se transformó en una escena de terror que los alumnos tardarían mucho tiempo en olvidar.

Los asesinos, que según las investigaciones iniciales eran al menos tres personas, desaparecieron con la misma rapidez con la que actuaron. Se cree que huyeron a pie hacia la zona boscosa de la Casa de Campo, donde un vehículo de apoyo los esperaba para sacarlos del país antes de que el cerco policial se cerrara.

La figura de Portnov era tan controvertida que las hipótesis se multiplicaron en cuestión de horas. Mientras Rusia y Ucrania se lanzaban acusaciones mutuas de autoría, en internet ocurrió algo inquietante: su biografía en Wikipedia fue actualizada con los detalles de su muerte apenas minutos después del crimen, sugiriendo una planificación meticulosa.



Andriy Portnov vivía en una contradicción constante. Investigado por malversación y vinculado a las figuras más prorrusas de su país, también se rumoreaba sobre encuentros secretos con el actual gobierno ucraniano. Era un hombre que sabía demasiado, y en el mundo de la alta política, ese es un peso que a menudo se paga con la vida.

Durante meses, el Grupo V de Homicidios de la Policía Nacional de Madrid trabajó en silencio, rastreando huellas digitales y movimientos en las fronteras europeas. La ejecución tenía todos los tintes de un trabajo profesional de inteligencia o un ajuste de cuentas al más alto nivel internacional.

La investigación apuntaba a que los autores no eran simples sicarios comunes, sino personas con formación militar capaces de moverse por el espacio Schengen sin dejar rastro aparente. El rastro de sangre que comenzó en Pozuelo se extendió por miles de kilómetros a través del continente.

El 25 de febrero de 2026, casi un año después del crimen, el caso dio su vuelco definitivo. En una operación coordinada con la BKA alemana, la Policía Nacional localizó al presunto autor material de los disparos en la localidad de Heinsberg, Alemania.

El detenido, un ciudadano ucraniano cuya identidad se mantiene bajo estricto control judicial, fue sorprendido por los agentes del Grupo de Operaciones Especiales. Su captura representa el fin de una huida que pretendía diluir la responsabilidad de un asesinato que conmocionó a la opinión pública española.

Tras la detención, se emitió de inmediato una Orden Europea de Detención y Entrega (OEDE). El sospechoso deberá ahora enfrentarse al Juzgado de Instrucción número 1 de Pozuelo de Alarcón, donde se intentará desentrañar quién dio la orden final de apretar el gatillo aquel mayo sangriento.

A pesar del arresto, las preguntas siguen flotando en el aire. ¿Fue una purga política, un acto de espionaje o una venganza personal? Lo cierto es que el asesinato de Portnov dejó claro que, para ciertos perfiles, no existe refugio lo suficientemente seguro ni frontera que el pasado no pueda cruzar.

La vida en el Colegio Americano ha vuelto a la normalidad, pero la mancha de sangre invisible en el asfalto permanece en la memoria colectiva. Pozuelo ya no es solo el lugar de la exclusividad, sino el escenario donde se demostró que el poder y la muerte a veces viajan en el mismo asiento trasero.



Hoy, mientras el sospechoso espera su traslado a España, el caso Portnov se cierra como una de las ejecuciones más frías de la historia reciente de Madrid. Un recordatorio de que, en el tablero de la geopolítica, a veces las piezas más importantes son eliminadas a plena luz del día, frente a la mirada de la inocencia.

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