La madrugada del 1 de enero de 2019, mientras Lanzarote aún celebraba el cambio de año, una casa en Costa Teguise se quedó sin música y sin brindis: Romina Celeste ya no iba a salir de aquella planta alta.
Romina era una mujer joven, extranjera, con una vida marcada por la búsqueda de estabilidad. Había llegado a la isla tras iniciar una relación sentimental que, puertas adentro, se había ido llenando de miedo.
Se habían conocido a finales de 2017 y, poco a poco, compartieron techo. En agosto de 2018 se casaron, como si un papel pudiera ordenar lo que ya estaba torcido.
En esos meses, el trato se volvió áspero: golpes, humillaciones, control, una tensión que se colaba en cada habitación y en cada salida a la calle, incluso cuando había gente alrededor.
Hubo un episodio en un hotel de Arrecife que dejó señales físicas, y días después, a finales de diciembre, otra agresión en el domicilio familiar, con heridas y hematomas que no se explican con excusas.
Romina llegó a acudir a un centro sanitario en la madrugada del 29 de diciembre. Pero aquella búsqueda de ayuda se cortó de golpe, como si la salida estuviera siempre a dos pasos y, aun así, fuera imposible.
Dos días más tarde, ya en la madrugada del 1 de enero, la violencia alcanzó el punto final: Romina murió tras ser golpeada, en un lugar que debía ser refugio y terminó siendo encierro.
La muerte no se quedó en un instante. Después vino la decisión fría de borrar: convertir un cuerpo en restos, hacer desaparecer la evidencia, reducir una vida a bolsas cerradas.
En el patio o en una zona exterior apareció una barbacoa. El fuego, que suele ser reunión y comida, fue usado como herramienta de destrucción.
Los días siguientes, los restos fueron arrojados al mar en distintos puntos de la costa. La isla, acostumbrada a mirar al Atlántico, se convirtió en un mapa de rastros imposibles.
El 5 de enero, el mar devolvió una parte: un pulmón. Fue una pieza mínima, pero suficiente para dejar claro que el silencio tenía un peso real.
Mientras tanto, el entorno preguntaba y recibía respuestas vagas, historias cambiantes, una normalidad fingida que duró lo que tardó en romperse la coartada.
El 8 de enero se denunció una desaparición que ya era mentira. A partir de ahí, la sospecha se cerró sobre la casa, el teléfono, los movimientos y las compras que delataban preparación.
Años después, el caso llegó a juicio con jurado, y el acusado terminó admitiendo la muerte y los malos tratos, además de lo que hizo después con el cuerpo.
La sentencia recogió una condena de prisión por homicidio con agravantes y por otros delitos, y una indemnización para la madre y los hijos de Romina, como si el dinero pudiera tocar lo que quedó roto.
En Costa Teguise, el viento sigue corriendo igual que aquel enero. Pero hay preguntas que no se las lleva: ¿cuántas señales caben en un calendario antes de que llegue la noche en que ya no hay vuelta atrás?
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