Zaragoza tiene calles que suenan a rutina, a portal con buzones y a vecinos que suben la compra. En la calle Moncasi, esa normalidad se rompió cuando en un piso se acumuló el silencio de varios días y nadie consiguió que una puerta respondiera.
Dentro, en la bañera, estaba Francisco José Lozano Gadea, ‘Paco’, un hombre de 54 años. El hallazgo tenía algo de escena irreal: el cuerpo desnudo, el baño convertido en habitación final y una violencia que no parecía dejar espacio para el arrepentimiento.
Las heridas fueron demasiadas para contarlas sin temblar: más de cincuenta puñaladas, repartidas por el cuerpo. La escena, además, se complicó con un elemento extraño, una peluca negra colocada cerca de los pies, como si alguien hubiese querido añadir una máscara al crimen.
No apareció el arma. Se buscó en alcantarillas, en zonas cercanas y en el cauce del río, pero el cuchillo se había evaporado. Esa ausencia obligó a reconstruir el ataque con el eco de lo que faltaba.
Desde el primer momento se barajó un móvil íntimo, porque Paco se movía en ambientes donde conocía a jóvenes y mantenía encuentros en su casa. En la vivienda se encontraron huellas de muchas personas, como si la puerta hubiera sido, durante años, un lugar de paso.
La lista de contactos era enorme, y la investigación se llenó de nombres, llamadas y mensajes. Había copias de llaves repartidas, y cada copia era una posibilidad: alguien podía entrar sin forzar nada y sin levantar sospechas en el rellano.
A medida que el caso avanzó, la ciudad asistió a una investigación difícil, con demasiadas pisadas y pocas certezas. En un crimen así, el exceso de rastros también puede ser una forma de oscuridad.
Pasaron meses y luego años hasta que apareció un principal sospechoso. La coincidencia parecía una broma cruel: compartía nombre y apellidos con la víctima, y su vida pública no encajaba con lo que se investigaba en privado.
Hubo detención, interrogatorios y una confesión que, más tarde, perdería valor por cómo se obtuvo. Ese punto cambió el equilibrio del caso: lo que parecía sostener la acusación se volvió papel mojado.
Mientras tanto, la historia de Paco se iba reduciendo a detalles: el piso, la bañera, el arma desaparecida, la peluca, la sensación de que el agresor se movió en la casa con una seguridad que no era casual.
El juicio llegó y, con él, la necesidad de escoger entre dudas. Un jurado popular declaró no culpable al único acusado, y la familia se quedó con una absolución que no era alivio, sino otra forma de vacío.
En Zaragoza, el caso pasó a formar parte de esa colección de crímenes que se cuentan en voz baja, porque no tienen cierre. Cada pista parecía abrir una puerta y, al mismo tiempo, cerrarla con un golpe.
Lo más inquietante de Moncasi es la mezcla: demasiados contactos, demasiadas llaves, demasiadas huellas. Como si el crimen hubiera ocurrido en un lugar donde cualquiera podía entrar, y por eso mismo nadie pudo ser señalado con firmeza.
El expediente quedó marcado por lo que no se vio: el arma, el momento exacto, la cara que se cruza en una escalera. A veces una investigación se estanca no por falta de trabajo, sino por exceso de caminos.
Con los años, el nombre de Paco quedó unido a una imagen fija: una bañera sin agua y una casa revuelta donde la violencia se escondió detrás de la vida cotidiana.
Y al final, la pregunta que persiste es simple y devastadora: ¿quién entró aquella noche en la calle Moncasi, apuñaló decenas de veces y salió como si nada, dejando a Zaragoza con un caso sin culpable?
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