El vacío de la justicia: Leticia Rosino y la libertad de una sombra



El Día de la Madre debería ser una jornada de abrazos, de flores y de gratitud por la vida que continúa. Sin embargo, para Inmaculada Andrés, este domingo se ha convertido en una fecha marcada por la sal de las lágrimas y el peso de una injusticia que parece no tener fin. En Zamora, el calendario ha girado cruelmente para recordarle que el tiempo de la ley no siempre coincide con el tiempo del dolor.

Leticia Rosino tenía 32 años cuando su camino se cruzó con la oscuridad en Castrogonzalo. Era una mujer con proyectos, con una sonrisa que iluminaba su entorno y una vida entera por delante que fue truncada de la manera más atroz imaginable. Su ausencia dejó un hueco imposible de llenar en una familia que, desde aquel fatídico mayo de 2018, no ha dejado de buscar un sentido a lo que no lo tiene.

Aquel año, un vecino de apenas 16 años cometió un acto de violencia extrema que estremeció a todo el país. La brutalidad del suceso contrastó inmediatamente con la protección que el sistema legal otorga a quienes aún no han alcanzado la mayoría de edad. La Ley del Menor se convirtió entonces en un muro contra el que la familia de Leticia empezó a chocar, viendo cómo la gravedad del delito se diluía en penas de internamiento limitado.

Han pasado ocho años desde que el horror se instaló en sus vidas. Para una madre, ocho años son apenas un suspiro en el largo proceso de aprender a vivir sin una hija; para el sistema, es el tiempo máximo de castigo para un menor que arrebata una vida. Hoy, ese tiempo se ha agotado y el responsable de la tragedia de Leticia ha cruzado la puerta de salida de la prisión de Álava.

"Se acabó todo, está libre", han sido las palabras de Inmaculada, una frase cargada de una impotencia que desgarra. La libertad del agresor coincide dolorosamente con el aniversario de una pérdida que sigue sangrando como el primer día. Mientras él recupera la posibilidad de caminar por las calles, la familia de Leticia solo puede visitar una tumba y abrazar un recuerdo que el tiempo no logra suavizar.

El pueblo de Tábara no ha querido dejar sola a Inma en este domingo tan amargo. Más de 300 vecinos se concentraron en la Plaza Mayor, transformando el silencio en un respaldo unánime hacia una madre que ha convertido su duelo en una batalla legal. En una localidad de apenas 740 habitantes, el dolor de uno es el dolor de todos, y la liberación del asesino se siente como una herida colectiva.

Inmaculada Andrés no solo ha llorado; ha luchado con una fuerza que nace de la desesperación. Ha logrado reunir 130.000 firmas que ya descansan en el Congreso de los Diputados, exigiendo una reforma urgente de la Ley del Menor. Su petición es clara y desgarradora: proporcionalidad. No entiende cómo delitos de tal magnitud pueden saldarse con periodos de internamiento que resultan insuficientes para reparar el daño causado.

Es vergonzoso tener que mendigar atención y firmas para que el sistema escuche el clamor de las víctimas. La soledad de Inma frente a la maquinaria judicial refleja la vulnerabilidad de quienes, tras perderlo todo, deben además pelear para que se reconozca que su dolor merece una respuesta penal acorde a la atrocidad sufrida. La lucha de esta madre es un espejo donde se mira una sociedad que pide cambios.

El joven condenado, que ahora encara cinco años de libertad vigilada, deberá someterse a programas de educación sexual y terapéuticos. Según ha trascendido, su intención es rehacer su vida en el País Vasco, lejos del lugar donde sembró la tragedia. Sin embargo, para la familia de Leticia, no hay cambio de residencia ni programa formativo que pueda devolverles lo que él les arrebató en una tarde de 2018.

La justicia, cuando se aplica estrictamente bajo los códigos, a veces olvida el componente humano de la reparación. Los ocho años de internamiento, el máximo contemplado por la ley actual para un menor, parecen un paréntesis demasiado breve para un crimen que dejó una huella imborrable de sangre y miedo en Zamora. La sensación de que el agresor sale con una vida por delante mientras la víctima quedó estática en el tiempo es insoportable.

La reforma que propone Inmaculada busca que otros padres no tengan que pasar por este desamparo. Quiere que los partidos políticos dejen de lado la burocracia y se pongan a trabajar en una ley que proteja más a los inocentes que a quienes deciden romper todas las normas de la humanidad. Su voz es hoy la voz de Leticia, una voz que se niega a ser silenciada por el paso de los años o por el fin de una condena.

Hoy, las campanas de Tábara suenan con un tono sombrío. Leticia Rosino permanece viva en la memoria de sus vecinos y en el coraje de una madre que se niega a rendirse. Aunque el responsable esté libre, la sombra de lo que hizo le seguirá siempre, mientras que la luz de Leticia seguirá guiando una lucha que busca, simplemente, que la justicia sea algo más que una palabra en un papel.

Aquí puedes firmar 👇
https://c.org/rPSLxFYzyC

Cuando el miedo te roba la voz, esto grita por ti

En situaciones de pánico, la garganta se cierra y pedir ayuda se vuelve imposible. Esta alarma personal está diseñada para romper el silencio ensordecedor de una agresión: un sonido de 140dB y una luz estroboscópica para disuadir y alertar cuando tú no puedes hacerlo.

Ver cómo funciona

Leer más

Publicar un comentario

0 Comentarios