El jueves 30 de abril de 2026, Murcia perdió a Rocío Bernal, actriz, dramaturga y productora, cuando todavía parecía imposible hablar de ella en pasado. Tenía 49 años y un cáncer de pulmón diagnosticado recientemente precipitó un desenlace que sacudió al teatro regional, a sus compañeros y a quienes la habían visto crecer sobre los escenarios.
Rocío Bernal no fue solo una intérprete reconocible por un papel. Fue una creadora que entendió el teatro como refugio, herramienta y encuentro. Cofundó Cía. Deconné junto a Pepe Galera y convirtió buena parte de su trayectoria en una defensa del teatro inclusivo, una forma de mirar el escenario donde nadie debía quedar fuera.
El detalle que vuelve más dura su despedida está en el calendario. Apenas un mes antes de morir, participó en el Salón de los Espejos del Teatro Romea dentro del ciclo Pensamiento a Escena, en una mesa redonda sobre El entusiasmo. Nada en aquella presencia pública hacía presagiar que la ciudad estaba viendo una de sus últimas intervenciones.
Para muchos espectadores murcianos, su rostro quedará unido para siempre a Doña Inés. Durante al menos 17 años interpretó ese personaje en el tradicional Don Juan Tenorio que la compañía Cecilio Pineda representa en el Teatro Romea bajo la dirección de Julio Navarro. Cada noviembre, su presencia formaba parte de una ceremonia cultural compartida por generaciones.
La noticia de su muerte abrió un silencio extraño en el mundo escénico de Murcia. No era solo la pérdida de una actriz: era la desaparición repentina de una compañera de trabajo, una amiga, una voz creativa y una mujer que había dedicado más de veinte años a construir espacios teatrales más humanos, más amplios y menos excluyentes.
Su capilla ardiente quedó instalada en el Tanatorio de Jesús de Murcia. Allí, la despedida dejó de ser una nota cultural para convertirse en algo íntimo y físico: personas entrando, recuerdos cruzándose, nombres de obras repetidos en voz baja y la sensación de que una vida intensa había sido cortada demasiado pronto.
Deconné fue uno de sus últimos grandes proyectos. Con esa compañía llevó a escena obras como Con lo que hemos sío..., La perspectiva del suricato y Cría Cuerdos. En esas propuestas estaba su interés por la diversidad, por las capacidades distintas y por una escena capaz de hacer pedagogía sin perder emoción.
Cría Cuerdos se convirtió además en una de las señales más visibles de ese camino. La obra fue reconocida como Mejor Espectáculo del Año en los Premios Azahar de las Artes Escénicas y recibió otros galardones. No era un premio aislado: era la confirmación de que su apuesta por la inclusión también podía tener fuerza artística y reconocimiento público.
Rocío Bernal había sido formada en la Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia y completó su aprendizaje con lenguajes teatrales vinculados a la escuela de Jacques Lecoq y a la École Internationale Philippe Gaulier de París. Esa mezcla de oficio, cuerpo, escucha y riesgo marcó una manera de estar en escena que muchos compañeros recordaron con gratitud.
Los premios también habían acompañado su recorrido. En 2019 recibió el Premio Azahar a Mejor Actriz de Reparto por Enrique IV, de Teatro de la Entrega. En 2021 obtuvo el de Mejor Actriz Principal por Despedida de casada, de DobleK Teatro, y el de Mejor Dirección junto a Galera por La perspectiva del suricato.
Pero los reconocimientos no explican del todo lo que se pierde cuando alguien como ella muere. El teatro depende de cuerpos presentes, de voces concretas, de gestos que no se repiten igual dos noches seguidas. La ausencia de Rocío Bernal duele porque deja de ocupar un lugar que no puede rellenarse con una placa ni con una lista de funciones.
Sus compañeros la despidieron con palabras atravesadas por el desconcierto. Julio Navarro evocó a su Doña Inés con dolor y agradecimiento. Otros creadores hablaron de una soledad repentina en el oficio. En esos mensajes había algo común: la sensación de que la noticia llegó antes de que nadie pudiera prepararse para aceptarla.
La enfermedad apareció en las informaciones como un cáncer de pulmón diagnosticado recientemente. Esa expresión, tan breve, contiene una violencia silenciosa: la de un cuerpo que cambia el ritmo de todos los planes, la de una agenda que se queda abierta y la de proyectos que, de pronto, deben continuar sin quien los sostenía con tanta energía.
Murcia la recordará por el Romea, por Deconné, por los Premios Azahar y por su insistencia en que el teatro podía ser un lugar para mirar de otra manera a quienes la sociedad llama diferentes. También por esa idea de la escena como acto de encuentro, no solo entre actores y público, sino entre seres humanos que se reconocen por un instante.
Hay muertes que no llegan envueltas en un crimen, pero sí en una tragedia difícil de aceptar. La de Rocío Bernal habla de talento, enfermedad y tiempo arrebatado. Habla de una mujer que todavía estaba creando, conversando, dirigiendo y abriendo puertas cuando la vida se cerró de golpe.
La imagen que queda es la de una Doña Inés que durante años apareció en el Romea cuando noviembre llamaba a la puerta. Ahora, esa tradición tendrá una sombra nueva. Y cada vez que el telón vuelva a levantarse, Murcia sabrá que hay una voz menos en escena, pero también una huella que seguirá respirando en quienes aprendieron a mirar el teatro con ella.
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