Mulhacén: La Escaladora Que Cayó 200 Metros En La Cara Norte


La mañana del sábado 2 de mayo de 2026, la cara norte del Mulhacén volvió a recordar que la montaña puede cambiarlo todo en unos segundos. Una mujer que practicaba escalada en el corredor central sufrió una caída de unos 200 metros en el término de Güéjar Sierra, Granada, y el aviso al 112 llegó poco después de las 10:45.

El Mulhacén no es una montaña cualquiera. Con sus 3.479 metros, es el pico más alto de Sierra Nevada y de la península ibérica, un lugar que atrae a montañeros, escaladores y alpinistas por su belleza y por su dureza. En la cara norte, esa belleza se vuelve vertical, fría y exigente, especialmente en corredores donde un error puede no dejar margen.

La llamada al 112 pidió ayuda para una escaladora que había caído en el corredor central de la cara norte. El dato quedó clavado desde el primer momento: unos 200 metros de caída. Esa cifra, dicha en una conversación de emergencia, basta para entender la gravedad de lo ocurrido antes incluso de que los equipos de rescate llegaran al punto exacto.

El Centro Coordinador de Emergencias activó al Centro de Emergencias Sanitarias 061 y a la Guardia Civil. También fue movilizado el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña, el Greim, especializado en actuar donde una ambulancia no puede llegar y donde cada maniobra depende del terreno, del viento, de la visibilidad y del tiempo disponible.

La zona era de muy complicado acceso. Por eso los agentes especializados acudieron con un helicóptero de la Unidad Aérea, una imagen habitual en los rescates de alta montaña, pero siempre inquietante cuando se sabe que alguien espera abajo. En esos minutos, la montaña deja de ser paisaje y se convierte en un lugar de urgencia absoluta.

Cuando los equipos llegaron, ya no pudieron salvar a la escaladora. Fuentes de la Guardia Civil confirmaron al 112 Andalucía que la mujer había fallecido. No trascendieron más datos sobre su identidad ni sobre las circunstancias exactas de la caída, un silencio necesario cuando una familia acaba de recibir la noticia que nadie quiere escuchar.

Tampoco se conocían detalles precisos sobre cómo se produjo el accidente. En montaña, esa ausencia de información deja muchas preguntas abiertas: si hubo un resbalón, una pérdida de agarre, una piedra suelta, un problema con el material o un cambio repentino en la progresión. Lo único confirmado era el desenlace y el lugar: el corredor central de la cara norte del Mulhacén.

El accidente ocurrió en Güéjar Sierra, un municipio granadino acostumbrado a convivir con la belleza y el riesgo de Sierra Nevada. Sus rutas, barrancos y accesos atraen a quienes buscan naturaleza, deporte y altura, pero también obligan a los servicios de emergencia a responder en escenarios donde cada metro puede dificultar una evacuación.

La muerte de esta escaladora llegó apenas un día después de otro accidente mortal en el mismo municipio, donde un hombre perdió la vida tras caer al río Genil en una zona frecuentada por senderistas. Dos tragedias en dos días dejaron a Güéjar Sierra mirando de nuevo hacia una montaña que ofrece libertad, pero que no perdona cualquier circunstancia adversa.

La cara norte del Mulhacén tiene una carga simbólica particular. No es la postal amable del techo peninsular, sino una pared de sombra, nieve, roca y corredores donde la técnica y la prudencia pesan tanto como la experiencia. Quienes suben allí no buscan un paseo; entran en un terreno que exige concentración desde el primer paso hasta el último regreso.

Por eso una caída de 200 metros no es solo una cifra. Es el recorrido imposible de un cuerpo en un lugar donde la pendiente no da tregua. Es la distancia que separa una jornada de escalada de una operación de rescate. Es también el punto en el que los compañeros, si los había cerca, pasan de la actividad deportiva al horror de pedir ayuda.

El 112 Andalucía actuó como puerta de entrada a la emergencia. La llamada activó una cadena en la que cada recurso tenía una función: sanitarios preparados para asistir, Guardia Civil para coordinar y especialistas de montaña para acceder al punto. Esa coordinación es la diferencia entre llegar y no llegar en un terreno donde el camino convencional simplemente no existe.

Aun así, hay accidentes que dejan a los equipos sin margen. La montaña no siempre concede tiempo a quienes acuden a rescatar. En este caso, el helicóptero y el Greim pudieron alcanzar la zona, pero la caída había sido demasiado grave. La confirmación del fallecimiento cerró la emergencia con la peor respuesta posible.

La identidad de la víctima no fue difundida en las primeras informaciones, y esa reserva mantiene el foco donde debe estar: en el impacto de una muerte repentina y en el respeto a su entorno. Detrás de la palabra “escaladora” había una mujer con una vida fuera de la montaña, con personas que esperaban su regreso y con una historia que no cabe en el parte de una caída.

El Mulhacén seguirá allí, imponente, atrayendo a quienes sienten la llamada de la altura. Pero durante un tiempo, el corredor central de su cara norte cargará con la memoria de aquella mañana de mayo, del aviso al 112, del helicóptero buscando un punto de acceso y de una caída que convirtió una ruta en tragedia.

Hay lugares donde la belleza y el peligro caminan juntos. Sierra Nevada lo demuestra cada invierno, cada primavera y cada rescate. La pregunta que queda no busca culpables, sino memoria: cuántas veces una montaña admirada desde lejos esconde, en su cara más fría, el precio silencioso de una pasión llevada hasta el límite.

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