La tarde del 21 de junio terminó convertida en una escena de violencia extrema en un aparcamiento de autocaravanas junto a la desembocadura del río Andarax, en Almería, donde una mujer de 44 años fue atacada dentro de su vehículo.
El detenido es un varón de 21 años al que se atribuye una agresión sexual cometida presuntamente con una navaja y un palo, en un asalto que se produjo sobre las 17:30 horas, cuando la víctima se encontraba en la autocaravana.
La mujer, de origen alemán, quedó atrapada en un espacio cerrado mientras el agresor actuaba con una violencia que no se limitó al intento sexual, sino que también dejó un rastro de golpes, cortes y heridas visibles por todo el cuerpo.
El ataque no llegó más lejos por la intervención de un ciudadano que escuchó los gritos y se acercó hasta descubrir al asaltante semidesnudo sobre la víctima, una imagen que activó la alarma en cuestión de segundos.
Ese testigo empezó a tocar el claxon de su vehículo de forma insistente para romper la agresión, alertar a quienes estaban cerca y forzar la huida inmediata del sospechoso, que salió corriendo hacia una zona de maleza próxima.
La llamada a la Policía Nacional movilizó a las primeras patrullas, que al llegar encontraron a la mujer con el rostro desfigurado y múltiples lesiones, por lo que recibió asistencia inicial en el lugar antes de ser evacuada al Hospital Materno Infantil de Almería.
En el complejo hospitalario se activó el protocolo previsto para agresiones sexuales, con la intervención de especialistas forenses y del servicio de Ginecología, mientras la investigación arrancaba con la víctima ya bajo atención médica.
Al mismo tiempo, agentes de Policía Científica acordonaron el entorno de la autocaravana y peinaron la zona en busca de rastros, hasta que uno de los policías localizó al sospechoso oculto entre la vegetación cercana.
Cuando se vio descubierto, el hombre emprendió una segunda huida todavía más arriesgada: corrió hacia la orilla y se metió en el mar a pesar del fuerte viento y del oleaje, avanzando hasta quedar a unos cien metros de tierra firme.
La fuga cambió de sentido en pocos minutos, porque el joven empezó a mostrar agotamiento, dificultades para mantenerse a flote y signos de hundimiento, una situación que obligó a cinco agentes a lanzarse al agua para evitar que muriera allí mismo.
El rescate resultó especialmente complejo por el estado del mar y por la condición en la que se encontraba el sospechoso, descrito como semiconsciente cuando los policías lograron alcanzarlo y sacarlo de vuelta a la orilla.
Una vez fuera del agua, el hombre fue estabilizado y trasladado a un centro sanitario para ser evaluado físicamente, tras lo cual quedó detenido como presunto autor de los delitos de agresión sexual y lesiones.
Los cinco policías que participaron en la intervención también necesitaron asistencia médica después del rescate, una consecuencia que refleja hasta qué punto la detención quedó marcada por una persecución tan violenta como peligrosa.
La secuencia dejó dos certezas brutales: la rapidez de un testigo impidió que la agresión siguiera avanzando y la reacción policial consiguió que el presunto atacante no desapareciera entre la maleza ni bajo el agua antes de responder ante la justicia.
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