El exjefe del instructor detenido por la muerte de María Eduarda ya le había señalado por despreciar la seguridad


La muerte de María Eduarda Rodrigues de Freitas, de 21 años, no solo dejó una escena brutal en un puente de Limeira, en São Paulo, sino también una cadena de señales previas que ahora pesan sobre la investigación.

El nuevo foco está en las declaraciones de Danilo Druzian, antiguo responsable de uno de los instructores detenidos, Luís Felipe Egoroff, a quien describió como un trabajador con exceso de confianza y una actitud cada vez más peligrosa frente a las normas básicas de seguridad.

Druzian sostuvo que Egoroff acumulaba miles de saltos y que esa experiencia, lejos de convertirlo en un profesional más prudente, lo había llevado a actuar con una seguridad personal desmedida que podía desembocar en un descuido fatal.

El empresario relató además que ya en 2023 lo vio preparar una maniobra con un sistema de anclaje que consideraba obsoleto y poco seguro, una escena que encendió todas las alarmas porque afectaba directamente a la vida de los clientes.

Cuando le llamaron la atención por ese procedimiento, la reacción que describe su exjefe fue de irritación y arrogancia, una resistencia abierta a aceptar correcciones en un entorno donde un solo error puede convertirse en una sentencia de muerte.

Aquel episodio terminó con su salida del equipo y, después de eso, Egoroff pasó a trabajar por su cuenta en el grupo informal Entre Cordas, vinculado al salto en el que María Eduarda terminó cayendo al vacío sin estar correctamente sujeta.

La joven participó en una actividad de rope jump desde una altura aproximada de 40 metros, pero la cuerda que debía ir fijada a su arnés no estaba conectada en el momento en que la lanzaron, según la reconstrucción inicial de los hechos.

La caída quedó grabada y el caso provocó una conmoción inmediata, no solo por la violencia del desenlace, sino porque el error señalado no fue un fallo técnico complejo, sino la ausencia del anclaje más elemental antes del salto.

Las pesquisas apuntan a que ese día había programados 92 saltos en una sola jornada, una cifra que refuerza la sospecha de una dinámica acelerada y de una presión operativa incompatible con los controles minuciosos que exige una actividad extrema.

También ha trascendido que la operación funcionaba sin permisos municipales, un detalle que agrava la imagen de precariedad alrededor de una experiencia vendida como aventura controlada, pero ejecutada con fisuras cada vez más difíciles de justificar.

Tres trabajadores fueron detenidos y enviados a prisión preventiva, mientras las autoridades tratan de fijar qué responsabilidad concreta tuvo cada uno en la secuencia que permitió que María Eduarda fuese impulsada sin la sujeción que debía mantenerla con vida.

En sus primeras declaraciones, los detenidos hablaron de un supuesto apagón mental colectivo, una explicación que chocó de frente con la crudeza del vídeo y con los avisos que, al parecer, se escuchaban alrededor de la plataforma en los instantes previos al salto.

La figura de Egoroff se volvió aún más controvertida al reaparecer contenidos antiguos en los que exhibía bromas de mal gusto y una relación temeraria con el riesgo, elementos que no prueban por sí solos el delito, pero sí endurecen la percepción pública sobre su conducta.

Ahora, con la muerte de María Eduarda en el centro del caso, las palabras de quien ya lo apartó por despreciar la seguridad adquieren un peso incómodo: la tragedia no habría nacido de un imprevisto absoluto, sino de advertencias que nadie logró frenar a tiempo.

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