La muerte de David Horrillo dejó este lunes una sacudida seca en Sevilla, donde su nombre llevaba tiempo unido a dos mundos distintos y muy visibles: el aula y el fútbol modesto.
Tenía 32 años y arrastraba desde hacía dos años una lucha contra la leucemia que había compartido de forma abierta, casi a diario, mientras su entorno seguía cada avance y cada recaída con una mezcla de esperanza y miedo.
Su fallecimiento fue confirmado por su familia a través de un mensaje cargado de despedida, después de días especialmente duros en los que ya se intuía que su estado había empeorado de manera irreversible.
En esa despedida quedaba resumido el tono de su batalla: resistencia, desgaste y un amor familiar que siguió en pie incluso cuando el desenlace parecía acercarse sin remedio.
David no era una figura anónima en la provincia sevillana, porque durante años estuvo vinculado a clubes como la UD Tomares y el Castilleja CF, donde dejó recuerdo como centrocampista y compañero querido.
Esa huella en el deporte convivía con otra igual de intensa en la enseñanza, una vocación que lo convirtió en un docente muy valorado por su trabajo con tecnología, robótica, programación y diseño aplicado al aula.
Su perfil como profesor había sido reconocido a escala nacional, hasta el punto de ser distinguido entre los docentes mejor valorados del país, un dato que reforzó todavía más la dimensión pública de su historia.
En las últimas semanas, él mismo había explicado que esperaba un trasplante tras recibir resultados alentadores, un momento que su círculo vivió como una posible salida después de meses de desgaste físico y emocional.
Pero ese horizonte se rompió cuando apareció una nueva infiltración de la enfermedad, localizada en el sistema nervioso, una complicación que obligó a frenar el trasplante y cambió de golpe el rumbo del tratamiento.
Desde entonces permaneció ingresado mientras su situación se volvía cada vez más delicada, hasta el punto de escribir un mensaje de despedida a su mujer desde el hospital pocos días antes de morir.
Ese texto, publicado en una fecha íntima para la familia, tuvo el peso de una última conciencia: hablaba del aniversario, del miedo a la separación y de una vida que sentía ya al borde del corte definitivo.
La noticia de su muerte provocó reacciones inmediatas en la comunidad educativa y en el fútbol sevillano, donde distintas voces lo recordaron como un ejemplo de entrega, serenidad y capacidad de sostenerse incluso en el dolor.
También quedó muy presente su dimensión más personal, la de padre y esposo, porque buena parte del impacto de esta historia nace precisamente de cómo convirtió una enfermedad devastadora en un relato seguido por miles de personas.
Ahora su nombre queda asociado a una despedida prematura, a los proyectos que no llegaron a completarse y a la imagen de una lucha agotadora que terminó dejando en Sevilla una ausencia difícil de encajar.
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