Soraya Borrallo: la cordobesa enamorada de La Palma cuyo rastro se pierde junto al mar



Soraya Borrallo Núñez desapareció el 15 de febrero de 2025 en Garafía, al norte de la isla de La Palma. Tenía 42 años, era natural de Montemayor (Córdoba) y había elegido “la isla bonita” como nuevo hogar, un lugar donde, según su familia, se sentía feliz, libre y en paz. Ese sábado de invierno fue vista por última vez cerca de la costa de Santo Domingo. Desde entonces, su nombre está ligado a una de las desapariciones más desconcertantes de Canarias.

En los carteles de SOS Desaparecidos, la desaparición de Soraya en La Palma se describe con precisión: 1,60 de estatura, unos 45 kilos, pelo largo y ondulado de color oscuro, ojos marrones y complexión delgada. La alerta se registró con la referencia 25-13627 y fijó el escenario: Isla de La Palma, municipio de Garafía, 15/02/2025. Desde el primer momento se pidió colaboración ciudadana en toda España.

Soraya llevaba un tiempo viviendo en Garafía, en una zona de costa abrupta y bellísima, de barrancos profundos, alisios constantes y olas que golpean sin descanso los acantilados. Sus hermanas cuentan que se había enamorado de la isla, de sus vecinos y de la sensación de vivir “en su islita”. Allí había construido una rutina sencilla entre mar, senderos y pequeñas comunidades rurales.


El día de la desaparición de Soraya Borrallo, la última pista clara se sitúa en el entorno del barrio de Santo Domingo. La Guardia Civil reconstruyó sus movimientos gracias a la triangulación del teléfono móvil: aquel 15 de febrero, Soraya bajó por el barranco del Aserradero (también citado como Serradero) en dirección al puerto donde solía bañarse. La señal del móvil descendió con ella… y nunca volvió a subir. A partir de ese punto no hubo más llamadas, ni mensajes, ni actividad de datos.

Su coche apareció estacionado en la zona de costa de Santo Domingo, con sus pertenencias dentro, sin signos de violencia evidentes y sin el teléfono móvil. Ese hallazgo acotó la zona crítica: el tramo entre el vehículo, el sendero que baja al mar y el entorno del pequeño puerto donde se cree que podía dirigirse a darse un baño, incluso pese al mal tiempo que, según la familia, hacía ese día en la costa norte de La Palma.

En cuanto se denunció su desaparición, se activó un amplio dispositivo de búsqueda. La Guardia Civil movilizó patrullas terrestres, helicóptero, unidades caninas y efectivos especializados en montaña, apoyados por vecinos y voluntarios que rastrearon barrancos, senderos, caseríos, cuevas y recodos del litoral. Las condiciones del terreno —acantilados, roca suelta, mar batido— complicaron cada metro de avance. Pese al despliegue, no se encontró rastro de Soraya.


Las hermanas de Soraya, Ángeles y Rocío, viajaron desde Montemayor para instalarse en La Palma y seguir de cerca la búsqueda. En entrevistas y concentraciones, agradecieron el respaldo del Ayuntamiento de Garafía, del alcalde de su pueblo en Córdoba y de la población palmera, que se volcó con ellas: pegatinas, batidas, cadenas de oración y difusión constante de su rostro en redes sociales y medios autonómicos. “Esta era su islita, gracias de corazón”, dijeron en la radio local.

Con el paso de las semanas, la investigación entró en una fase de estancamiento aparente. La familia denunció públicamente la falta de medios, reclamó nuevas batidas en mar y tierra y criticó que, incluso habiendo obtenido un duplicado de la tarjeta del móvil, algunos análisis técnicos se demoraran. Desde la Subdelegación del Gobierno se insistía en que se trabajaba “con los medios adecuados a las circunstancias”, pero las hermanas pedían más: más rastreos, más revisiones, más ojos sobre el mapa de Garafía.

En julio de 2025 se reactivó la búsqueda oficial en la isla, tanto de Soraya Borrallo como de otro desaparecido, Ron Mike. Radio Televisión Canaria informó de nuevos rastreos en la zona de Santo Domingo, barrancos adyacentes y franja costera, con apoyo de unidades especializadas. Sin embargo, ni esa reactivación ni las batidas posteriores lograron localizar restos, ropa ni efectos personales que pudieran asociarse con ella más allá del coche hallado en febrero.


El gran giro llegó meses después, cuando la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil presentó sus conclusiones técnicas a la familia. Según explicó la Fundación QSDglobal y recogieron varios medios, la triangulación detallada del teléfono confirmó que Soraya Borrallo bajó el barranco del Aserradero en dirección al puerto de Santo Domingo el 15 de febrero y que su dispositivo “ya no volvió a subir”, lo que refuerza la hipótesis de una caída al mar o un incidente mortal en la línea de costa.

En noviembre de 2025, sus hermanas comunicaron públicamente que daban “por zanjada” la búsqueda en tierra. Hablaron, con dolor y realismo, de “un porcentaje muy alto de que Soraya esté en el mar”, aunque sin certezas absolutas mientras no aparezca el cuerpo. Subrayaron que la Guardia Civil ha agotado medios técnicos y humanos y pidieron respeto para poder iniciar un proceso de duelo, sin dejar de agradecer el trato recibido en La Palma y en su Montemayor natal.

A día de hoy, no hay indicios oficiales de criminalidad ni detenidos relacionados con la desaparición de Soraya Borrallo en La Palma. La investigación sigue bajo secreto de sumario en algunos aspectos, pero las autoridades han deslizado que no se han encontrado señales claras de intervención de terceros, lo que fortalece la hipótesis de un accidente en un entorno costero tan hermoso como peligroso cuando el mar se enfurece y el terreno resbala.


Lo que permanece, más allá de las hipótesis, es su recuerdo. En Montemayor, el pueblo “está consternado y volcado con la familia”; en Garafía, sus amigos la evocan como la cordobesa que se enamoró de los acantilados de Santo Domingo y de la calma de una isla pequeña. Entre ambas orillas, Canarias y Andalucía comparten el mismo deseo: que un día se sepa con certeza qué ocurrió aquel 15 de febrero.

Porque la historia de Soraya Borrallo Núñez es, al final, la de una mujer que encontró su lugar frente al océano… y cuya pista se perdió precisamente allí, donde el acantilado se asoma al vacío y el mar lo devora todo. Mientras no aparezca una prueba definitiva, su nombre seguirá flotando entre las olas y los barrancos de Garafía, convertido en pregunta: ¿qué pasó realmente en la costa de Santo Domingo aquella tarde de invierno?

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