Castellón de la Plana, septiembre de 1995. La ciudad vivía bajo una sombra de temor que pocos se atrevían a nombrar en voz alta. En esa época, un depredador en serie, Joaquín Ferrándiz, acechaba en las carreteras de la provincia, sembrando el pánico entre las mujeres jóvenes. Sin embargo, el domingo 17 de septiembre, la tragedia golpeó donde nadie lo esperaba: a una profesional sanitaria saliendo de su guardia, en un suceso que, aunque coincidió en tiempo y lugar con los crímenes del psicópata, presentaba unas características tan singulares que desconcertaron a los investigadores desde el primer minuto.
Alicia Bueso Zaera tenía 29 años y un futuro brillante por delante. Era médica neumóloga en el Hospital General de Castellón, un trabajo que desempeñaba con vocación y entrega. Aquella mañana de domingo, Alicia terminó su turno de guardia alrededor de las 10:00 horas. Se despidió de sus compañeros, cansada pero satisfecha por el deber cumplido, y se dirigió al aparcamiento para recoger su coche, un Volkswagen Golf de color blanco. Su plan era sencillo: ir a casa a descansar. Pero Alicia jamás llegó a su destino.
La alarma saltó poco después, pero no en forma de denuncia por desaparición, sino a través de una columna de humo negro que manchaba el cielo de la mañana. Los bomberos acudieron a sofocar el incendio de un vehículo en un camino rural apartado, una escena que desgraciadamente no era inusual. Sin embargo, cuando las llamas se extinguieron y el metal dejó de crujir, el horror se hizo visible: en el interior del coche, en el asiento del conductor, yacía un cuerpo calcinado.
La identificación fue un proceso doloroso, pero la matrícula del coche y los restos encontrados no dejaban lugar a dudas: era la joven doctora que acababa de salir del hospital. Lo que en un principio pudo parecer un accidente de tráfico con incendio posterior, pronto fue descartado por los forenses. El coche no presentaba los daños estructurales típicos de un choque violento previo al fuego. No había sido un fallo mecánico ni una salida de vía fortuita; alguien había prendido fuego al vehículo con Alicia dentro.
La autopsia reveló la verdad más oscura. Alicia no murió por el humo; había sido asesinada. Su muerte fue violenta, provocada antes de que las llamas consumieran la escena, lo que indicaba que el incendio fue un intento desesperado y cruel del asesino por borrar sus huellas. La brutalidad del crimen contrastaba con la inocencia de la víctima, una mujer sin enemigos conocidos, cuya vida giraba en torno a la medicina y su familia.
La Policía Nacional se enfrentó a un rompecabezas de difícil solución. En aquel momento, todas las miradas se dirigieron inevitablemente hacia Joaquín Ferrándiz, el "depredador de Castellón", que ya había matado a varias mujeres en la zona. El modus operandi de Ferrándiz incluía abordar a conductoras solitarias, pero algo en el caso de Alicia no encajaba con su patrón habitual. Ferrándiz solía estrangular y abandonar los cuerpos; el uso del fuego para calcinar el vehículo con la víctima dentro era un elemento distintivo y anómalo.
Se investigó a fondo el entorno de Alicia, sus últimas horas en el hospital y el trayecto que pudo haber tomado. ¿Fue abordada en el propio parking del centro sanitario? ¿La interceptaron en la carretera? ¿Conocía a su agresor o fue una víctima de oportunidad de un asesino diferente al que aterrorizaba la provincia? Las preguntas se acumulaban sin respuestas claras. A pesar de los esfuerzos, no se hallaron testigos presenciales que hubieran visto el momento del ataque ni pruebas biológicas que sobrevivieran a la acción destructora del fuego.
Cuando Joaquín Ferrándiz fue finalmente detenido en 1998 y confesó sus crímenes, los investigadores intentaron vincularlo con la muerte de la doctora Bueso. Sin embargo, nunca se encontraron pruebas que lo conectaran definitivamente con este caso, y él no asumió la autoría. El asesinato de Alicia quedó así en un limbo judicial, separado oficialmente de la serie de crímenes resueltos, convirtiéndose en una "cifra negra" que la justicia no pudo esclarecer.
Han pasado tres décadas desde aquella mañana de septiembre. El caso de Alicia Bueso Zaera permanece técnicamente sin resolver, una herida abierta para su familia y para la comunidad médica de Castellón. Su nombre figura en la lista de los crímenes olvidados, eclipsado mediáticamente por la figura del asesino en serie que operaba en la misma época, pero cuya sombra quizás sirvió para ocultar a otro culpable que nunca pagó por lo que hizo.
Hoy, recordamos a Alicia no solo como la víctima de un crimen atroz, sino como la doctora que dedicó su vida a curar a otros y que encontró la muerte al salir de salvar vidas. Su historia nos recuerda que, a veces, el mal no tiene la fama de los grandes titulares, sino que se esconde en los casos "oscuros" donde el fuego logró su objetivo de silenciar la verdad para siempre.
Mientras no aparezca una nueva pista o la tecnología forense logre rescatar algo de entre las cenizas del pasado, el misterio de quién mató a la doctora Bueso seguirá siendo una de las asignaturas pendientes más dolorosas de la crónica negra española.
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