Elisa Abruñedo: El misterio del hombre pelirrojo y la justicia de una década



El domingo 1 de septiembre de 2013 amaneció con la calma habitual en la pequeña localidad de Cabanas, en A Coruña, un lugar donde el verde de los bosques gallegos se funde con la rutina tranquila de sus vecinos. Elisa Abruñedo, de 46 años, madre de dos hijos y trabajadora incansable, decidió salir a dar uno de sus paseos vespertinos cerca de su casa en el lugar de Lavandeira. Era una costumbre saludable, un momento para desconectar y respirar el aire fresco antes de que el sol se ocultara tras los árboles, sin imaginar que ese sendero conocido se convertiría en una trampa mortal de la que nunca regresaría.

La tarde dio paso a la noche y el silencio en el hogar de Elisa se tornó inquietante. Su ausencia, impropia de una mujer responsable y apegada a su familia, encendió las alarmas de su marido y sus hijos, Adrián y Álvaro. La angustia comenzó a apoderarse de ellos con cada minuto que pasaba sin noticias, transformando la preocupación inicial en una búsqueda desesperada por los caminos y veredas que ella solía transitar. Nadie podía concebir que, a escasos metros de donde la esperaban, la violencia más atroz había hecho acto de presencia.

A la mañana siguiente, la peor de las pesadillas se materializó. Un vecino encontró el cuerpo sin vida de Elisa en una zona boscosa y de difícil acceso, a apenas doscientos metros de su vivienda. La escena del hallazgo hablaba por sí sola de un horror inenarrable: Elisa había sido brutalmente atacada, agredida sexualmente y apuñalada con una saña que dejó helados a los investigadores. Su cuerpo presentaba signos de defensa, evidenciando que luchó hasta el último aliento contra un agresor que la superaba en fuerza y crueldad.


La Guardia Civil se enfrentó desde el primer momento a un rompecabezas complejo, un crimen sin testigos en un entorno rural donde el silencio es ley. Las primeras pesquisas se centraron en la búsqueda de un vehículo sospechoso, un Citroën ZX antiguo que algunos vecinos creyeron haber visto merodeando por la zona, y en la recolección de cualquier vestigio biológico que el asesino hubiera podido dejar en su huida precipitada. El ADN hallado en el cuerpo de la víctima se convirtió en la única esperanza, una llave genética que, sin embargo, no abría ninguna puerta en las bases de datos policiales de aquel entonces.

Durante años, el caso pareció estancado en un limbo doloroso. La familia de Elisa, con su marido Manuel a la cabeza hasta su fallecimiento por un accidente laboral en 2015, no cesó en su empeño de exigir justicia, viviendo con el miedo constante de cruzarse con el asesino en el supermercado o en la calle. La investigación, aunque silenciosa, nunca se detuvo. Los agentes de la Unidad Central Operativa (UCO) sabían que el culpable había dejado una firma indeleble: su código genético revelaba una característica física muy particular, era pelirrojo.

La tenacidad de los investigadores llevó a realizar un cribado masivo y pionero en Galicia. No buscaban al asesino directamente, sino a sus parientes. Analizaron árboles genealógicos y cotejaron muestras de ADN de cientos de hombres de la comarca de Ferrolterra, buscando coincidencias parciales que pudieran señalar un vínculo de sangre. Fue una labor de orfebrería forense, tejiendo hilos invisibles entre apellidos y aldeas, hasta que en octubre de 2023, una década después del crimen, la ciencia dio sus frutos.


El rastro genético apuntó hacia Roger Serafín Rodríguez, un hombre de 49 años, vecino de Narón, cazador y trabajador del sector del metal, que encajaba perfectamente en el perfil: tenía un coche similar al avistado y, efectivamente, era pelirrojo. Su detención el 17 de octubre de 2023 sacudió a la comunidad. Roger no era un marginado ni un desconocido total; había vivido diez años con la máscara de la normalidad, ocultando bajo su rutina laboral el secreto de haber depredado a una vecina indefensa.

Tras su arresto, la fachada de Roger se desmoronó. Ante la contundencia de las pruebas biológicas, confesó el crimen, aunque intentó minimizar su responsabilidad alegando que fue un acto impulsivo, un "momento de locura" ajeno a su verdadera personalidad. Sin embargo, los detalles que emergieron durante la instrucción judicial dibujaron a un depredador frío que acechó a su víctima, la asaltó por la espalda y la arrastró hacia la oscuridad del bosque para satisfacer sus instintos más bajos antes de ejecutarla para evitar ser identificado.

El juicio, celebrado finalmente en junio de 2025 en la Audiencia Provincial de A Coruña, fue el escenario donde la verdad se expuso con toda su crudeza. El jurado popular escuchó los testimonios de los forenses, que describieron el "total desprecio" del acusado hacia la víctima, dejándola abandonada en una postura humillante tras el ataque. La fiscalía y la acusación particular desmontaron la versión del "homicidio accidental", probando que hubo alevosía y ensañamiento: Roger apuñaló a Elisa cuando ella ya estaba aturdida y sin posibilidad de defensa.


El veredicto fue unánime: culpable de asesinato y agresión sexual. El jurado no creyó en su arrepentimiento tardío ni en sus excusas. La mirada de Adrián y Álvaro, los hijos de Elisa, se clavó en la nuca del hombre que les había robado a su madre y que había condenado a su padre a morir sin ver este día. La sala se llenó de un silencio denso, el peso de doce años de espera cayendo sobre los hombros del asesino confeso.

En julio de 2025, la sentencia dictó el final legal de esta tragedia. Roger Serafín Rodríguez fue condenado a 28 años de prisión: 20 años por el asesinato y 8 por la agresión sexual, además de indemnizaciones millonarias para los hijos de la víctima. Aunque la acusación pedía más años, la condena confirmó que la sociedad no toleraría que la violencia contra las mujeres quedara impune, sin importar cuánto tiempo pasara.

El caso de Elisa Abruñedo marcó un hito en la investigación criminal en España, demostrando el poder de la genética forense para resolver casos fríos. Pero más allá de la ciencia, puso de relieve la herida abierta que deja la violencia machista en las zonas rurales, donde la seguridad se da por sentada hasta que un depredador la rompe. Roger Serafín no solo mató a Elisa; destrozó la inocencia de toda una comarca.


Hoy, el sendero de Lavandeira sigue ahí, rodeado de naturaleza, pero para los vecinos de Cabanas es un memorial invisible. La detención y condena del "hombre pelirrojo" trajo un cierre necesario, pero no borró el dolor. La justicia llegó, sí, pero llegó tarde para Manuel, el marido que murió esperando respuestas, y llegó con el sabor amargo de saber que el asesino vivió libre una década mientras ellos vivían en el infierno.

Elisa descansa ahora con la verdad revelada, pero su ausencia sigue pesando. Su historia nos recuerda que el mal puede tener el rostro de un vecino cualquiera, y que la perseverancia de una familia y de unos investigadores comprometidos es, a veces, la única barrera contra el olvido. Roger Serafín pasará las próximas décadas en una celda, pero Elisa nunca volverá de aquel paseo de septiembre.

La resolución de este caso es un mensaje para todos los depredadores que creen haberse salido con la suya: el tiempo no borra el ADN, y la memoria de las víctimas tiene quien la defienda. En Cabanas, el nombre de Elisa Abruñedo ya no es sinónimo de misterio, sino de una justicia que, aunque lenta, terminó por alcanzar a quien se creía intocable en la oscuridad del bosque.

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