La noche del 7 de diciembre de 2023, Gonzalo Manuel “Lalo” Maya Cortés, 45 años, llega al B&B Hotel de la zona de Kinépolis, en Pulianas (Granada). Es un lugar que conoce, un hotel de carretera junto al complejo comercial, iluminado, con cámaras, aparcamiento amplio. Minutos después de que su hermano lo deje allí, su móvil vibra al otro lado de la ciudad: es un nuevo mensaje de Lalo. Solo una frase, suficiente para helar la sangre de cualquiera: “Estoy en peligro. Ven a por mí”. El hermano tarda unos diez minutos en dar la vuelta y regresar al hotel. Cuando llega, Gonzalo ya no está. Las cámaras lo han grabado entrando y saliendo del edificio. Después, nada. Ningún rastro físico, ninguna llamada más.
Antes de convertirse en un nombre en los carteles de SOSDesaparecidos, Gonzalo Manuel Maya Cortés era simplemente Lalo: granadino, 45 años cuando desapareció, tres hijas, una vida construida en torno a su familia y su círculo en la provincia de Granada. En la ficha oficial que se difundió tras su desaparición se detalla una descripción que hoy repiten todos los avisos: 1,75 de altura, unos 70 kilos, pelo largo y rizado castaño, barba, ojos verdes, complexión normal y tatuajes en ambos brazos y en la mano izquierda, donde lleva un ojo tatuado. Esa combinación de rasgos y tinta en la piel es, de momento, lo único sólido que tienen quienes lo buscan.
Su desaparición no empieza en Kinépolis de la nada. Según ha explicado su familia a medios como Caso Abierto y varios programas de radio, Lalo llevaba unos días “fuera de casa”, agobiado, buscando un poco de aire. No era la primera vez que lo hacía: a veces se marchaba un par de días, se alojaba en un hotel o pasaba la noche fuera “para desconectar” y luego volvía, con el teléfono siempre encendido y localizable. El 7 de diciembre, dejó su coche aparcado en casa de su madre y llamó a su hermano José para que lo llevara hasta el B&B Hotel de Pulianas. Llegaron poco antes del mediodía, se despidieron en la puerta y las cámaras registraron cómo Lalo entraba al establecimiento… y al poco rato volvía a salir. No llegó a hacer el check-in.
En ese momento todavía era un día raro, pero no necesariamente preocupante. La diferencia aparece minutos después, cuando su hermano recibe la llamada y el mensaje: “Estoy en peligro, ven a por mí”. Tarda unos diez minutos en regresar al hotel, según han contado su hermana Tamara y la propia familia: al llegar, ni rastro de Gonzalo. No está en recepción, no está en el aparcamiento, no responde al teléfono. Las cámaras confirman que ha salido por la puerta, pero no ofrecen —al menos en lo que se ha hecho público— una imagen clara del siguiente paso: ¿subió a un coche? ¿se fue caminando? ¿se desvió hacia alguna zona sin cobertura? Desde aquel mensaje, su móvil no volvió a encenderse.
Las primeras horas tras la desaparición de Gonzalo Manuel Maya Cortés se llenan de intentos desesperados de reconstruir esos diez minutos. La familia recorre los alrededores del hotel, pregunta al personal, revisa zonas de paso y se afana en localizar cámaras adicionales que puedan haber captado lo que ocurrió fuera del campo de visión principal. Cuando pasan unas horas sin noticias, deciden hacer lo que recomiendan todos los expertos: acudir a la Guardia Civil y denunciar. La desaparición de Lalo queda registrada oficialmente ese mismo 7 de diciembre de 2023 en Pulianas (algunas asociaciones consignan la fecha como día 6 y mencionan también Santa Fe, donde había estado antes), y se activa el protocolo de búsqueda.
A partir de ahí, el caso entra en la fase de investigación formal. Los agentes recogen grabaciones del propio B&B Hotel y de la zona de Kinépolis, toman declaración a familiares y al personal del establecimiento e intentan trazar el recorrido de Lalo desde que se separa de su hermano hasta que su rastro se diluye. Lo que ha trascendido a la prensa es poco: que se ve a Gonzalo entrar y salir del hotel, que no consta que llegara a alojarse y que después desaparece del radar. No se han hecho públicos datos sobre posibles rastreos de su teléfono o tarjetas, ni sobre otras líneas de trabajo, algo habitual cuando una investigación sigue abierta y bajo reserva. Lo que sí se repite una y otra vez es la idea de que aquí no estamos ante alguien que se va sin más: hay un mensaje directo de auxilio previo a la desaparición.
La fundación QSDglobal, que lleva años apoyando a familias de desaparecidos, lo resumió así en una de sus publicaciones: “La de Gonzalo Maya no es una desaparición sin causa aparente. Lalo, granadino de 45 años, pidió auxilio antes de esfumarse su rastro en un lapso de diez minutos”. Ese matiz marque la diferencia respecto a muchas ausencias adultas: aquí hay un contexto emocional previo (días de agobio, necesidad de desconectar), sí, pero también una señal clara de alarma, un “estoy en peligro” que complica mucho la hipótesis de una marcha voluntaria serena. A partir de esa frase, se abren muchas posibilidades —desde un encuentro con alguien que le inspiró miedo hasta una situación concreta dentro o fuera del hotel—, pero ninguna ha podido confirmarse con pruebas públicas hasta ahora.
Para la familia, el tiempo desde entonces es una cuenta atrás invertida. Su hermana Tamara ha explicado en entrevistas a Caso Abierto y programas como Trapos Sucios que viven en un “sinvivir” permanente: “Es horroroso. Es un sinvivir. ¿Estará bien? ¿Le habrán hecho algo? ¿Le habrá pasado algo?... Demasiadas preguntas y todas sin respuesta, que se unen al dolor de no saber”. Recuerdan que Lalo nunca había estado desaparecido antes, que aunque necesitara aire siempre estaba localizable, y que esa mezcla de angustia y silencio no encaja con la persona que conocen: un hombre muy pendiente de sus tres hijas y de su entorno.
En paralelo, asociaciones y medios andaluces han intentado que el caso de la desaparición de Gonzalo Manuel “Lalo” Maya Cortés no se pierda entre titulares efímeros. SOSDesaparecidos mantiene desde el inicio su ficha, actualizada en 2025 con la edad que tendría hoy (47 años) y los teléfonos de contacto. QSDglobal ha lanzado campañas recordando el tiempo que lleva desaparecido —cinco, seis, once meses… hasta sumar ya casi dos años— y Canal Sur Radio ha dedicado espacios en la sección “La Tarde en tu búsqueda” para repasar su caso junto a otros andaluces. En septiembre de 2025, un reportaje de Granada Hoy citaba la desaparición de Gonzalo como ejemplo de por qué se reclaman unidades específicas para investigar desapariciones en la provincia: porque no se trata solo de números, sino de vidas suspendidas.
Los datos que se repiten en cada cartel son siempre los mismos, porque cualquier detalle puede despertar una memoria: Gonzalo Manuel Maya Cortés, 45 años al desaparecer, 1,75 m de altura, 70 kilos aproximadamente, pelo largo rizado castaño, barba, ojos verdes, complexión normal, tatuajes en ambos brazos y un tatuaje de un ojo en la mano izquierda. Desaparecido desde la noche del 6–7 de diciembre de 2023, entre Santa Fe y el B&B Hotel de Kinépolis, Pulianas (Granada). Cualquier persona que estuviera en esa zona aquella noche —trabajadores, clientes, conductores, vecinos— y recuerde algo inusual, por pequeño que parezca, puede marcar la diferencia.
Más allá de la historia concreta de Lalo, su caso vuelve a poner sobre la mesa una lección incómoda: las primeras horas son cruciales. Las asociaciones de familias insisten una y otra vez en que, ante cualquier desaparición con señales de riesgo (mensajes de peligro, cambios bruscos de conducta, desaparición del teléfono), hay que denunciar de inmediato y no esperar “a ver si vuelve solo”. En el caso de Gonzalo, la familia acudió pronto a la Guardia Civil, pero la sensación que queda casi dos años después es que el tiempo y la falta de recursos especializados juegan en contra. De ahí las peticiones de unidades específicas en Granada dedicadas a desapariciones, capaces de coordinar búsquedas, análisis tecnológicos y apoyo a las familias de manera continuada.
Hoy, en diciembre de 2025, la desaparición de Gonzalo Manuel “Lalo” Maya Cortés sigue sin explicación oficial. No hay detenciones, no se ha señalado públicamente a ninguna persona como responsable, no se han encontrado objetos que permitan reconstruir con claridad qué pasó después de que saliera por la puerta del hotel. Los investigadores mantienen el caso abierto, y las asociaciones siguen difundiendo su rostro para que no se diluya en el olvido. Mientras tanto, su familia intenta sostener una vida partida en dos: antes del 7 de diciembre de 2023 y después.
Tal vez lo que hace tan inquietante el caso de Lalo no es solo que desapareciera en un entorno aparentemente seguro, a plena luz del día, junto a un hotel con cámaras y tráfico de clientes, sino la frase que lo antecede: “Estoy en peligro”. No hay un desconocido acechando en una calle oscura de película, sino un hombre que hace lo que cualquiera haría, pedir ayuda a la familia, y que se desvanece en los minutos que tardan en llegar. Contar su historia, una y otra vez, no es alimentar el morbo, sino recordar que detrás de cada ficha de “desaparecido” hay un hermano que sigue mirando el móvil esperando un mensaje, unas hijas que crecen con una silla vacía y una ciudad que, aunque no lo sepa, lleva también sobre los hombros la pregunta que aún no tiene respuesta: ¿qué pasó con Gonzalo Manuel “Lalo” Maya Cortés en aquellos diez minutos en Kinépolis?
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