La tarde del 10 de diciembre de 2011, en los montes fríos de Puertomingalvo (Teruel), cinco amigos se adentraron en el campo con una cesta en la mano y una idea sencilla: aprovechar la temporada de setas. Uno de ellos, Juan Aranega Martínez, vecino de Castellón de 48 años, se separó del grupo en la zona de La Juncosa y La Cruz. Desde entonces, nadie ha vuelto a verlo. Catorce años después, su nombre sigue apareciendo en los listados oficiales de personas desaparecidas en Aragón, sin una sola pista sólida que explique qué ocurrió aquella tarde en que el monte se tragó a un hombre a plena luz del día.
Antes de convertirse en “el buscador de setas desaparecido en Puertomingalvo”, Juan era, simplemente, Juan: casado, padre de dos hijos, natural de Castellón, con una casa en el pueblo turolense a la que acudía con frecuencia. Quienes lo conocían lo describen como un hombre tranquilo, muy aficionado al campo, que disfrutaba de esas escapadas a su segunda residencia para respirar aire puro y caminar entre pinares. Tenía problemas de visión, un detalle que en su día pareció menor, pero que con el paso de las horas, cuando no regresó, se transformó en un factor inquietante para los equipos de búsqueda.
El 10 de diciembre amaneció como un día perfecto para salir al monte: frío, sí, pero sin inclemencias extraordinarias, con ese paisaje de invierno que convierte los barrancos en un laberinto de sombras y hojarasca. Juan y cuatro amigos se dirigieron a una zona conocida por los vecinos como buena para los robellones. En algún punto de la jornada, se separaron unos metros unos de otros, como se hace tantas veces cuando se peina el bosque en busca de setas. Es un gesto cotidiano, casi automático: “yo me meto por aquí, nos vemos en tal sitio”. Solo que, esta vez, uno de ellos nunca llegó al punto de encuentro.
A primera hora de la tarde, cuando el grupo comprobó que Juan no aparecía por el lugar acordado, comenzaron la búsqueda por su cuenta: llamadas a gritos, vueltas por los senderos, revisión de barrancos cercanos. Nada. El monte, amplio y quebrado, devolvía solo silencio. Ante la falta de respuesta, dieron el paso que cambiaría la historia de la familia de Juan: avisaron a la Guardia Civil, que activó de inmediato un dispositivo de búsqueda. La hipótesis inicial fue la más lógica: un hombre con problemas de visión, desorientado en un terreno complicado, que quizás se había lesionado y esperaba ayuda en algún punto fuera de los senderos.
Lo que vino después fue una operación de rastreo intensa, como pocas veces había vivido ese término municipal. Agentes de la Guardia Civil, miembros de Protección Civil y decenas de voluntarios de la zona dedicaron jornadas enteras a recorrer monte bajo, barrancos, masías abandonadas y pajares, guiados por la esperanza de encontrar a Juan refugiado en algún lugar. Con los días, se sumaron perros especialistas en rastreo, incluidos equipos procedentes de asociaciones de rescate de Barcelona, para intentar detectar cualquier rastro humano entre la vegetación y las rocas.
El alcalde de Puertomingalvo, Manuel Zafón, participó desde el primer día en el operativo y puso palabras a lo que todos sentían: desesperación. Contó a los medios que estaban “ampliando el círculo cada vez más”, que peinaban masías y construcciones aisladas, y que la falta total de pistas era “desesperante”. Se llegó a usar GPS para no repetir zonas ya rastreadas, prueba de que habían dado incontables vueltas por el mismo monte sin encontrar ni una prenda, ni una huella clara, nada que les dijera “aquí estuvo Juan”.
A medida que pasaban los días, la preocupación por su estado de salud aumentaba. No solo por el frío de diciembre en la sierra, sino por esos problemas de visión que el propio alcalde mencionó: todos coincidían en que Juan no podía haberse alejado muchísimo de la zona, justamente por esa limitación. Y, sin embargo, el terreno jugaba en contra: barrancos, pedrizas, zonas de pinar cerrado… un entorno en el que una persona puede caer en un recoveco, quedar oculta por la vegetación o quedar fuera del campo de visión de los equipos a pocos metros de un sendero. La montaña, una vez más, demostraba lo fácil que le resulta ocultar a alguien.
Pese a los esfuerzos, no hubo ni rastro. Pasada la primera semana, el dispositivo se reforzó para el fin de semana con más voluntarios y más perros, con la idea de aprovechar al máximo las horas de luz. Después, poco a poco, como ocurre en tantos casos, la búsqueda organizada tuvo que ir reduciéndose: no se pueden mantener indefinidamente decenas de personas en campo abierto sin resultados. El alcalde explicó entonces que, cuando el gran operativo se retirara, quedarían “los del pueblo, pastores y cazadores”, que seguirían atentos por si aparecía algo. Pero ese “algo” nunca llegó.
Mientras el monte se tragaba las horas de los equipos de rescate, en Castellón una familia se quedaba sin padre y sin respuestas. Juan Aranega era, en las crónicas de aquellos días, “un vecino de Castellón, casado y con dos hijos, frecuente en Puertomingalvo por su segunda residencia”. Sus allegados tuvieron que desplazarse, hablar con los agentes, recorrer ellos mismos barrancos y pistas forestales, enfrentar la posibilidad de un accidente grave… sin tener nunca la confirmación de nada. Desde entonces, cada invierno, cada temporada de setas, recuerda en casa ese 10 de diciembre como un día que se quedó congelado en el calendario.
Con el tiempo, el caso de Juan pasó de ser una noticia de actualidad a convertirse en un nombre fijo en los listados de personas desaparecidas. La Fundación QSDglobal ha recordado cada año su ausencia con mensajes como “nueve años sin rastro de Juan Aranega Martínez” o “diez años sin rastro”, recordando que desapareció el 10 de diciembre de 2011 en Puertomingalvo cuando salió en busca de setas. La asociación SOSDesaparecidos mantiene aún hoy su ficha activa, con su nombre, lugar de desaparición y teléfonos de contacto para cualquier pista.
En esos carteles y fichas se repite la misma descripción: hombre de 1,70 m, unos 80 kilos, 48 años en el momento de desaparecer, camiseta de manga corta color caqui, sudadera verde claro, pantalón de chándal negro y zapatillas blancas. El Heraldo de Aragón y otros medios aragoneses lo incluyen periódicamente en reportajes sobre desaparecidos en Teruel, subrayando que, catorce años después, sigue sin haber una sola pista concluyente sobre su paradero.
Las hipótesis, inevitablemente, se han movido siempre entre dos extremos: un accidente en un terreno muy complicado o algún tipo de intervención de terceros. Lo único que se sabe con certeza es que no se hallaron signos claros de violencia, ni indicios de que hubiese abandonado voluntariamente la zona para empezar una nueva vida. Ningún movimiento económico, ningún rastro documental. Todo apunta a que el desenlace —sea el que sea— se quedó atrapado en la propia montaña. Y ahí está uno de los aspectos más perturbadores de este caso: la idea de que alguien pueda desaparecer a unos pocos metros de sus amigos sin dejar nada, ni siquiera un objeto caído que marque el último paso.
En 2025, la desaparición de Juan Aranega Martínez sigue siendo un expediente abierto en la memoria colectiva de Puertomingalvo y un agujero en los registros oficiales. Ni la Guardia Civil ni las asociaciones de desaparecidos han dado por cerrado el caso: su ficha continúa circulando en redes cada aniversario, acompañada siempre del mismo ruego que ya es casi un mantra en estos casos: “si sabes algo, por pequeño que sea, habla”. La naturaleza, mientras tanto, ha seguido su curso: las nieves se han derretido, las setas han vuelto a brotar cada otoño y los caminos siguen ahí, como si nada hubiera pasado.
Lo que convierte el caso de Juan en una auténtica pesadilla no es solo la desaparición en sí, sino el escenario: una tarde cualquiera, unos amigos recogiendo setas, un hombre que se retrasa unos minutos y un monte que parece cerrar la puerta detrás de él. No hay sombras extrañas al borde de una carretera, ni una noche de fiesta, ni un viaje lejano: solo la familiaridad engañosa del campo que conoces, de un pueblo que sientes tuyo. Contar su historia hoy es una forma de no dejar que se disuelva entre pinos y barrancos, de recordar que, detrás de cada ficha de “desaparecido”, hay una mesa vacía en Castellón, dos hijos que crecieron con un silencio imposible de llenar y un pueblo que, cada vez que alguien se adentra en el monte buscando setas, vuelve a pensar, aunque sea un segundo, en aquel vecino que nunca regresó.
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