La noche del 20 de noviembre de 2017, las cámaras de un garaje subterráneo en Budapest captaron una imagen que se convertiría en símbolo de uno de los casos más inquietantes de Hungría: un hombre cargando en brazos a una joven completamente inmóvil, cruzando la puerta hacia un coche aparcado. La joven era Fanni Novozánszki, conocida en todo el país como VV Fanni por su participación en el reality show Való Világ. Desde ese momento, nadie volvió a verla con vida. El caso Fanni Novozánszki se transformó en un rompecabezas sin cuerpo, pero con una conclusión judicial clara: fue asesinada por un hombre que quería su dinero y que logró hacer desaparecer sus restos.
Antes de ser víctima de uno de los crímenes más mediáticos del país, Fanni era, ante todo, una chica joven que había probado la fama. Nacida en 1993 en Martonvásár, saltó a la televisión en 2014 al entrar en Való Világ, donde pasó tres meses frente a las cámaras. Tras ser expulsada en febrero de 2015, intentó seguir en el mundo de los medios, pero las oportunidades fueron pocas. Según contó posteriormente su madre, un año después del programa seguía sin conseguir trabajo estable, y fue entonces cuando decidió ganarse la vida ofreciendo servicios sexuales de forma profesional, trasladándose en 2016 a Budapest, a un moderno complejo residencial en el distrito de Angyalföld.
En ese apartamento, Fanni construyó una vida tan polémica como rentable. Según las investigaciones, su trabajo como trabajadora sexual le daba ingresos muy elevados, que invertía en su imagen, tratamientos estéticos y en ahorrar para su futuro. Algunas personas de su entorno han dicho que soñaba con formar una familia y dejar esa vida más adelante; la sentencia, sin embargo, concluye que en 2017 seguía centrada en hacer aún más rentable su “negocio”. Mientras tanto, el país la seguía recordando como “VV Fanni”, la chica del reality, sin imaginar que su fama acabaría unida para siempre a un expediente criminal.
En el otro lado de esta historia está László Brodmann (conocido en la prensa simplemente como B. László), un ingeniero de tráfico de Dunaújváros que se presentaba como hombre acomodado, con coches de alta gama y apartamentos alquilados, pero cuya realidad económica era mucho más frágil. Vivía de préstamos de conocidos, sin trabajo estable, y en 2017 sus acreedores empezaron a presionarlo cada vez más para que devolviera el dinero. Según la acusación, en esa mezcla de deudas, apariencia de lujo y desesperación, empezó a ver a Fanni no como una persona, sino como una posible fuente de efectivo rápido.
La versión de la Fiscalía sobre el caso de Fanni Novozánszki es clara. A través de una conocida en común, Brodmann supo que Fanni, la ex concursante de Való Világ, ganaba mucho dinero con su trabajo y que incluso había retirado recientemente una suma importante para una operación estética. Intentó acercarse a ella con la excusa de una supuesta “inversión conjunta”, pero Fanni rechazó la idea de poner sus ahorros en el proyecto de un desconocido. Entonces, según el tribunal, él decidió que obtendría ese dinero por la fuerza. El 20 de noviembre, encontró su número en una web de anuncios, concertó una cita para las 18:00 y subió al apartamento de Angyalföld sabiendo que no solo quería sus ahorros: estaba dispuesto a cruzar todas las líneas.
Lo que ocurrió dentro del piso nadie lo vio, pero la sentencia establece que la agredió de tal forma que la joven falleció allí mismo. Después, registró la vivienda en busca de dinero y objetos de valor, sin encontrar al parecer la mayor parte del efectivo que Fanni guardaba. Para simular que ella se había ido de viaje, llenó maletas con ropa y pertenencias. Aproximadamente hora y media después de entrar, bajó al garaje, volvió a subir y, en una escena que hoy se considera clave, llevó en brazos el cuerpo inmóvil de Fanni hasta el coche, explicando a un vecino que “había bebido demasiado champagne”. Las cámaras registraron ese momento con nitidez: era la última vez que Fanni Novozánszki aparecía en una imagen.
A partir de ahí, el recorrido del coche se convierte en un viaje en sombra. Primero, se detuvo en una zona oscura junto a un arroyo para, según la acusación, colocar el cuerpo en el maletero. Desde allí, condujo hacia Siófok, ciudad donde tenía un apartamento alquilado, incluso compartiendo el trayecto con un pasajero de “telecoche” que no sabía lo que viajaba unos centímetros más atrás. Pasó la noche con el cuerpo en el maletero y, al amanecer, se dirigió hacia el viejo embarcadero de Szalkszentmárton, junto al río Danubio. Allí, en un antiguo punto de ferry ya en desuso, habría arrojado el cuerpo al agua para que la corriente lo arrastrara. Después, devolvió el coche a la empresa de alquiler y continuó su vida como si nada, pagando deudas y asistiendo a reuniones.
Mientras tanto, en Budapest, el mundo de Fanni se detenía. Sus padres empezaron a preocuparse cuando dejaron de recibir mensajes y llamadas; ella era muy cercana a su familia y no era normal que desapareciera así. El 22 de noviembre acudieron con una amiga al piso de Angyalföld: encontraron las luces encendidas, a sus perros solos —algo poco habitual, porque nunca los dejaba muchas horas sin compañía— y ninguna señal de su hija. Fue entonces cuando denunciaron oficialmente su desaparición.
La policía empezó rápido: revisó las cámaras del edificio y allí vio a un hombre llevando en brazos a Fanni hacia el garaje, y regresando al día siguiente, camuflado con una chaqueta con capucha. También rastreó la vivienda, recogió huellas, ADN, la agenda de clientes y cualquier indicio de lo que podía haber pasado. El giro definitivo llegó desde una empresa de alquiler de coches: un empleado detectó una gran cantidad de sangre en la bandeja del maletero de un vehículo devuelto por Brodmann László. Al limpiar, el agua arrastró restos visibles de sangre. Los análisis confirmaron que era sangre de Fanni. Esa llamada conectó el coche, el garaje y el apartamento, y llevó directamente al sospechoso.
Detenido en diciembre de 2017, Brodmann negó desde el principio haber asesinado a Fanni. Su versión, recogida en la sentencia, era muy distinta: afirmó que cuando llegó al piso ella ya estaba inconsciente por consumo de alcohol y sustancias, que una amiga común le pidió que la llevara a unos supuestos “solucionadores de problemas” y que, en una carretera secundaria, entregó a Fanni —que aún estaría viva— a dos hombres desconocidos. Desde entonces, insistió en que no sabía qué había sido de ella. Sin embargo, para el tribunal, la cantidad de sangre, el recorrido del coche, las imágenes de cámara y las contradicciones de su relato pintaban otra realidad: una agresión mortal seguida de un intento deliberado de borrar todo rastro.
El juicio del caso VV Fanni fue largo y extremadamente mediático. En julio de 2022, el Tribunal Metropolitano de Budapest lo declaró culpable de homicidio y lo condenó a prisión de por vida, a pesar de que el cuerpo de Fanni nunca ha sido localizado. El tribunal consideró probado que actuó por codicia y que hizo desaparecer el cadáver en el Danubio. Era un fallo histórico: uno de los pocos casos en Hungría donde se dicta una condena tan grave sin haber recuperado los restos de la víctima, apoyándose en una red de indicios forenses, registros telefónicos, cámaras y comportamiento posterior del acusado.
En mayo de 2023, la Audiencia de Budapest revisó el caso en segunda instancia y modificó la pena: mantuvo la culpabilidad de Brodmann, pero sustituyó la cadena perpetua por 20 años de prisión, con la posibilidad de libertad condicional tras cumplir dos tercios de la condena. Para la familia, que llevaba años de calvario mediático y judicial, la confirmación firme de la culpabilidad fue un pequeño alivio dentro de una tragedia inmensa. Pero seguía faltando algo esencial: un lugar donde llorar a su hija.
En 2024 se produjeron nuevas sacudidas alrededor del caso Fanni Novozánszki. Por un lado, medios húngaros informaron de que, siete años después de su desaparición, Fanni fue declarada oficialmente fallecida, un paso legal necesario para cerrar ciertos trámites, pero devastador en lo emocional: poner por escrito lo que ya sabían desde hacía tiempo. Aun así, su familia no puede levantar todavía un memorial en condiciones, porque sus restos siguen sin aparecer y persisten trabas burocráticas sobre cómo y dónde recordarla sin un lugar de enterramiento.
Ese mismo año, un hallazgo removió de nuevo todas las heridas: el 5 de mayo se encontraron restos óseos humanos en el lago de recreo de Ajka. Durante semanas se especuló con la posibilidad de que pudieran pertenecer a Fanni, dado que se trataba de una zona de aguas interiores y la desaparición de la joven seguía sin cuerpo. La esperanza de la familia volvió a reactivarse… hasta que, a finales de junio, las pruebas de ADN concluyeron que no eran sus restos, sino los de una persona fallecida hacía aproximadamente cien años. El caso volvía al punto de siempre: condena sin cuerpo, duelo sin tumba.
Hoy, en 2025, el caso de Fanni Novozánszki sigue presente en Hungría como una herida abierta. Brodmann cumple su condena de 20 años en una prisión de máxima seguridad y sigue proclamando su inocencia en entrevistas puntuales desde la cárcel, mientras la sociedad húngara debate sobre la violencia contra las mujeres, la seguridad de las trabajadoras sexuales, el poder y los límites de la prueba circunstancial y la fragilidad de la fama en la era de los realities. Cada nueva noticia —una entrevista, una pista falsa, un rumor sobre restos encontrados— vuelve a poner el rostro de Fanni en televisiones y portales, recordando que detrás de la etiqueta “VV Fanni” hubo una hija, una amiga, una hermana.
Quizá lo más aterrador de esta historia no sea solo la violencia ejercida contra Fanni, sino lo que vino después: un cuerpo que el río no devuelve, unos padres que no pueden despedirse como merecen y un país que tuvo que admitir que, incluso sin restos, el horror puede demostrarse con datos fríos y cámaras de seguridad. El caso Fanni Novozánszki resume lo peor de la codicia humana y lo más cruel de las desapariciones sin cuerpo: deja una ausencia que no se puede cerrar del todo. Y cada vez que su nombre vuelve a los titulares, no es solo la crónica de un crimen, sino el eco de una pregunta que sigue sin respuesta definitiva: ¿dónde está Fanni?
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