Paula Mas y Marc Hernández: la noche en el pantano de Susqueda que sigue pidiendo un culpable



El 24 de agosto de 2017, dos jóvenes del Maresme cargaron un kayak hinchable en un Opel Zafira azul y pusieron rumbo a un lugar que parecía un paraíso escondido: el pantano de Susqueda, en Girona. Eran Paula Mas, 21 años, y Marc Hernández, 23, pareja desde hacía unos años. Les encantaba dormir en el coche en mitad de la naturaleza, remar al amanecer, desconectar del ruido de Barcelona. Nadie imaginaba que aquel embalse de agua verde y paredes de roca se convertiría en su última parada. Un mes después, sus cuerpos aparecerían en el agua con heridas de arma de fuego, lastrados para que nunca volvieran a la superficie. El crimen de Susqueda entraba así en la lista de los casos más inquietantes de España. 

Paula y Marc eran, ante todo, dos chavales normales. Vivían en la comarca del Maresme, trabajaban, quedaban con amigos, soñaban con viajes y escapadas baratas. Su plan de ocio favorito era “ir de monte”: dormir en el coche, cocinar con hornillo, lanzarse al agua con el kayak y volver al lunes como si nada. A sus veintipocos, Susqueda no era un lugar peligroso, sino un escenario perfecto para una mini aventura romántica: un embalse remoto, rodeado de bosque, sin multitudes ni caravanas de turistas. 

El plan de aquel fin de semana parecía sencillo. El día 23, cuando Paula acabó de trabajar, recogió a Marc y cargaron el Opel Zafira con el kayak, algo de ropa y un colchón improvisado para abatir los asientos traseros y dormir dentro del coche. El 24 lo reservarían para remar y explorar la zona. El 25 tenían que estar de vuelta: Paula trabajaba. La última imagen clara que se tiene de ellos no es en el agua, sino en la carretera: una cámara de cajero en La Cellera de Ter los grabó sacando dinero, y poco después entraron a tomar algo en el bar de carretera La Parada del Pasteral. Ahí se acaba la parte conocida de su ruta; a partir de entonces, solo habla el pantano. 


Cuando el 25 de agosto no regresan, no contestan llamadas y los móviles dejan de dar señales, las familias encienden todas las alarmas. Paula era muy responsable y siempre avisaba si se retrasaba; que no diera noticias era una señal clara de que algo iba mal. Los Mossos d’Esquadra activan el protocolo de desapariciones y se concentran en Susqueda: caminos forestales, miradores, zonas de acceso al agua. Ese embalse, bonito en las fotos, es en realidad un lugar áspero: poca cobertura, pistas de tierra, recodos donde uno puede pasar horas sin cruzarse con nadie. Perfecto para desconectar… o para que un misterio se esconda durante días. 

El primer objeto en aparecer es el kayak de la pareja, semihundido y a la deriva en el pantano, a los tres días de la desaparición. Al día siguiente, buzos y bomberos localizan a unos siete metros de profundidad el Opel Zafira azul de Paula. El coche está hundido de forma sospechosa: llave puesta, primera marcha engranada, freno de mano quitado, la ventanilla del conductor abierta y los asientos delanteros echados hacia delante, con los traseros abatidos como cama. Dentro se ve el rastro de una noche de acampada, pero no hay ni rastro de Paula ni de Marc. En ese momento, la idea de un simple accidente empieza a perder fuerza. 

Durante 33 días, el pantano de Susqueda se convierte en escenario de una búsqueda obsesiva: helicópteros, sonar, buzos, perros, voluntarios… todo un ejército intentando arrancarle un secreto al embalse. El 26 de septiembre de 2017, la sequía baja el nivel del agua entre dos y tres metros y la montaña devuelve, por fin, parte de lo que se tragó: aparece el cuerpo de Paula, atrapado entre rocas cerca de la orilla. No muy lejos, los equipos encuentran el cuerpo de Marc, flotando con una mochila cargada de piedras para mantenerlo en el fondo. Los investigadores tienen claro que no están ante una caída fortuita: alguien hizo un esfuerzo deliberado por borrar a esa pareja del mapa. 


Las autopsias despejan cualquier duda. Paula Mas presenta un impacto de arma de fuego en la cabeza, un disparo a corta distancia con munición de calibre 9 mm o similar. El cuerpo de Marc está mucho más deteriorado por el tiempo en el agua, pero los informes hablan de heridas en el torso y de al menos un disparo por la espalda; otras fuentes forenses mencionan hasta tres impactos en su caso. En conjunto, los dos cadáveres muestran lesiones compatibles con un ataque con arma de fuego, sin señales claras de lucha que expliquen una pelea cuerpo a cuerpo con el agresor. Los peritos concluyen que quien apretó el gatillo lo hizo desde una posición de control casi absoluto. 

En los primeros meses, los Mossos rastrean el entorno de la pareja buscando un motivo: deudas, conflictos, celos, cualquier hilito que apunte a alguien cercano. No encuentran nada. La vida de Paula y Marc no encaja con un ajuste de cuentas. La hipótesis que gana peso es otra, mucho más inquietante: que se toparan con la persona equivocada en el lugar equivocado. El entorno de Susqueda no es solo un paisaje de postal; también es una zona de cazadores, pescadores solitarios, ruinas aisladas y antiguas plantaciones de marihuana, donde hay gente que prefiere pasar desapercibida. Varios testigos dicen haber oído disparos el viernes 25 por la mañana. Todo apunta a un encuentro fortuito que terminó con dos jóvenes sin posibilidad de defensa. 

En febrero de 2018, la investigación pone nombre y apellidos a un sospechoso: Jordi Magentí Gamell, vecino de Anglès, pescador habitual del pantano y con un pasado que hiela la sangre. En 1997 fue condenado por matar a su esposa a tiros en plena calle; pasó 12 años en prisión. Los indicios lo sitúan, junto con su vehículo, en la zona crítica el día de la desaparición, en un punto conocido como la playa de la Rierica, que los agentes señalan como posible escenario del ataque. El juez instructor sostiene que, además de las víctimas, era la única persona allí en ese momento, y lo procesa como presunto autor de dos delitos de asesinato, con la vista puesta en un futuro juicio con jurado. Magentí, desde el primer día, insiste en que no tiene nada que ver y que la policía “le cuelga un muerto” que no es suyo. 


Durante meses, el caso contra él parece sólido sobre el papel: movimientos de coche, horarios, casquillos localizados en la zona de pesca, una pistola corta encontrada en un registro domiciliario a la espera de peritaje, sospechas de que la pareja pudiera haber descubierto alguna actividad ilegal en la zona…  Pero, a la hora de convertir todo eso en pruebas, empiezan los problemas. No hay ADN suyo en los cuerpos ni en la ropa de las víctimas, no hay arma vinculada de manera concluyente al ataque y los testimonios de algunos testigos clave presentan contradicciones. En diciembre de 2018, tras unos ocho meses en prisión preventiva, la Audiencia de Girona ordena su libertad provisional: considera que los indicios se han debilitado. Magentí sigue formalmente investigado, con presunción de inocencia intacta, pero ya no está entre rejas. Al mismo tiempo, un juzgado lo absuelve a él y a su hijo de un delito de cultivo de marihuana en la zona por considerar nulas las grabaciones policiales que sustentaban esa causa. 

Como si el rompecabezas no fuera ya bastante enrevesado, en diciembre de 2019 aparece sin vida Bartomeu Soler, el ermitaño que vivía en una barraca junto al pantano y que estaba aquel 24 de agosto en Susqueda. Había declarado que no vio ni oyó nada aquel día. Su cuerpo se localiza cerca de su refugio, después de que llevara días sin dar señales. Los Mossos investigan su fallecimiento, pero su muerte añade una sombra más al caso: uno de los pocos testigos del entorno del pantano desaparece para siempre, y con él, cualquier posibilidad de ampliar su declaración. Años más tarde, el juzgado ordenará incluso reconstruir sus posibles movimientos para valorar si habría podido desplazarse hasta puntos clave como la Font del Borni o la Rierica durante la franja horaria del crimen. 

Lejos de cerrarse, el expediente del caso de Paula Mas y Marc Hernández ha seguido vivo a base de nuevas diligencias. En 2022 y 2023, los investigadores revisan de nuevo trayectos, tiempos y localización de teléfonos móviles, intentando encajar cada minuto de aquella mañana. En 2024, varios reportajes recuerdan que, siete años después, nadie cumple condena por el doble crimen y los padres de las víctimas siguen esperando respuestas.  En 2025, el abogado de las familias, Carles Monguilod, explica que la instrucción sigue abierta y que se han ordenado nuevas pruebas periciales y trabajos de campo en la zona de la Font del Borni, donde se han localizado vestigios que podrían ser relevantes. Su previsión, hecha pública en agosto de 2025, es clara: que el caso llegue por fin a juicio con jurado popular en 2026, con Jordi Magentí en el banquillo como acusado principal. Hasta entonces, la ley dice algo fundamental: no hay culpable hasta que una sentencia firme lo declare. 


Mientras los papeles van y vienen entre juzgados, la vida se detuvo para dos familias del Maresme aquella tarde de agosto. Los padres de Paula y Marc han tenido que aprender a vivir con un duelo congelado: saben que sus hijos no volverán, pero tampoco tienen un relato judicial cerrado que les diga quién y por qué les arrebató la vida. Cada aniversario, los medios vuelven a mostrar sus fotos sonriendo en fiestas, en excursiones, en selfies con el mar de fondo, y el pantano de Susqueda se llena de flores y mensajes. Podcasts, documentales y crónicas de sucesos han convertido este caso en un símbolo de los crímenes sin resolver en España, pero ellos repiten siempre lo mismo: no quieren fama, quieren justicia. 


Ocho años después, el crimen de Susqueda sigue siendo, sobre todo, una pregunta clavada en el agua: ¿quién apretó el gatillo aquella mañana? ¿Por qué alguien decidió hundir un coche, un kayak y dos cuerpos para que nadie los encontrara? ¿Fue un encuentro casual con alguien que defendía un secreto inconfesable en medio del bosque, o hay una historia más compleja detrás que aún no conocemos? Hasta que un jurado escuche todas las pruebas y un tribunal ponga por escrito su versión de los hechos, el pantano seguirá cargando con el papel de guardián silencioso de este misterio. Y cada vez que alguien pronuncie los nombres de Paula Mas y Marc Hernández, no será solo para hablar de una excursión que salió mal, sino de una pesadilla que aún espera el nombre y el rostro de la persona que la provocó.

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