El rastro roto de una bicicleta: el caso de la desaparición de Josué Monge García en Dos Hermanas



La tarde del 11 de abril de 2006 (las fuentes oscilan entre ambas fechas), en la barriada de Huerta Sola, en Dos Hermanas (Sevilla), parecía un lunes cualquiera de Semana Santa. Josué Monge García, 13 años, llegó a casa con el boletín de notas y varios suspensos bajo el brazo. Aun así, sus padres le permitieron seguir con el plan que llevaba días repitiendo: dormir en casa de un amigo, a solo 300 metros, en el barrio cercano de Vistazul. Salió en su bicicleta, con una mochila y algo de dinero. Nunca llegó a la casa del amigo. Desde entonces, el caso Josué Monge García se ha convertido en una de las desapariciones más inquietantes y dolorosas de la crónica española. 

Josué era el mediano de tres hermanos, un chaval delgado, pelo castaño, ojos verdes, reservado pero cariñoso, al que su madre sigue describiendo como “un niño bueno” al que apenas le dio tiempo a empezar a equivocarse. Vivían en un piso modesto de la calle Cristóbal Halffter, en Huerta Sola, un barrio obrero donde todos se conocían. Esa tarde, después de comer, la escena fue la de tantas casas: charla sobre las notas, planes, la promesa de que “se pondrá las pilas” para recuperar. Los padres accedieron a que durmiera fuera porque era Lunes Santo, no había clase al día siguiente y el amigo vivía muy cerca. A esa distancia, ¿qué podía salir mal?

Cuando al día siguiente Josué no regresó por la mañana, el primer gesto de su madre, Isabel, fue coger el teléfono. Llamó a la casa del amigo convencida de que el niño estaría todavía medio dormido. La respuesta la rompió en dos: allí no había ido la tarde anterior. Nadie lo esperaba. Nadie lo había visto llegar. Esa llamada, aparentemente simple, fue el inicio de una pesadilla que lleva casi dos décadas sin final. En cuestión de horas, la familia denunció la desaparición y la Policía Nacional activó la búsqueda. 

Al principio, la hipótesis “tranquilizadora” fue la de una fuga voluntaria. Tenía 13 años, se había ido con algo de dinero, una mochila y la bicicleta. Algunos agentes pensaron que quizá se había ido a pasar unas horas fuera, enfadado por las notas o por alguna discusión. Pero los días pasaban, no había ni una llamada, ningún movimiento en cajeros, ninguna compra, ningún testigo que lo situara fuera de la zona de Dos Hermanas. Y, sobre todo, su madre insistía: su hijo no era de desaparecer así, sin avisar, sin una sola señal. 

Conforme avanzaba la investigación, la mirada empezó a girar hacia dentro de la propia casa. Isabel denunció que llevaba más de veinte años sufriendo maltrato psicológico y físico por parte de su marido, Antonio Monge. Pocos días antes de que se esfumara Josué, le había dicho que quería el divorcio. La tarde de la desaparición, Antonio salió de casa con una ropa y regresó con otra distinta, alegando que había tenido un pequeño accidente en la iglesia y se había manchado. La policía comprobaría después que esa historia no se sostenía. ¿Dónde había estado realmente durante esas horas críticas? La respuesta nunca quedó clara.

Los detalles que fueron apareciendo con el tiempo resultan especialmente inquietantes. Josué, antes de salir, avisó a su amigo de que llegaría un poco más tarde porque primero tenía que ir “a trabajar con su padre”, algo que Antonio nunca mencionó en sus versiones. Isabel recuerda además cómo su marido empezó a hablar del niño en pasado cuando apenas habían transcurrido unos días, como si en su cabeza ya estuviera escribiendo un final. Todo eso, sumado a un contexto de maltrato doméstico, hizo que tanto la familia como los investigadores empezaran a considerar una hipótesis estremecedora: que Josué no se hubiera ido por su pie, sino que hubiera sido víctima de una forma temprana de lo que hoy llamamos violencia vicaria, dañando a la madre a través del hijo. 


Isabel llegó a confrontar a Antonio directamente, según ha contado en entrevistas y en el programa “Diario de Ausencias” de RNE: le dijo a la cara que creía que él sabía qué había pasado con su hijo. Trece días después de la desaparición de Josué, el 23 de abril de 2006, Antonio se marchó con la furgoneta familiar con la excusa de seguir buscando al niño. Tampoco volvió nunca. Desde aquel día, Dos Hermanas convive no con una, sino con dos ausencias: la del hijo de 13 años y la del padre que se evaporó cuando las sospechas empezaban a estrechar el cerco. 

La investigación se volcó entonces sobre esa doble desaparición. Se rastrearon las cuentas bancarias de Antonio, sus llamadas, posibles movimientos de tarjetas, contactos dentro y fuera de Andalucía. Nada: ni un solo cargo, ni una extracción, ni una compra a su nombre desde que salió con la furgoneta. Los investigadores llegaron a sobrevolar en helicóptero tramos del río Guadalquivir y zonas de marismas, por si la furgoneta hubiera acabado sumergida o se hubiera producido un desenlace autolesivo. También se consideró la posibilidad de que hubiera abandonado el país, pero no apareció rastro documental de cruces fronterizos. Era como si se lo hubiera tragado la tierra junto con su vehículo… igual que había ocurrido con Josué y su bicicleta.

Con el paso de los años, la principal línea de trabajo —explicada siempre con prudencia y presunción de inocencia— ha sido la de un acto de violencia extrema dentro del ámbito familiar, seguido de una desaparición voluntaria o no del propio Antonio. Diferentes reportajes y especialistas han comparado el caso Josué Monge con otros episodios de violencia vicaria muy conocidos, hasta el punto de que algunos titulares llegan a hablar del padre como “el José Bretón que se esfumó tras desaparecer su hijo”. Pero, a diferencia de esos casos, aquí no hay restos, no hay escena, no hay pruebas forenses que cierren la historia: solo indicios, contradicciones y una terrible lógica que apunta siempre en la misma dirección.


Mientras la maquinaria judicial se estancaba por falta de evidencias materiales, la vida de Isabel quedó convertida en un bucle. Durante años se prestó a entrevistas, programas de televisión, actos con asociaciones de desaparecidos, repitiendo una y otra vez la misma frase: “solo quiero saber dónde está mi hijo”. Su casa se llenó de fotos de Josué, de carteles, de retratos de cómo se vería hoy como adulto. Con el tiempo, sin embargo, empezó a rechazar llamadas de periodistas. Como cuentan desde la Fundación QSD Global, hay un punto en que revivir la misma pesadilla delante de una cámara deja de ayudar y pasa a ser otra forma de desgaste. 

A pesar del silencio mediático intermitente, el caso nunca ha quedado totalmente en el olvido. Asociaciones como QSD Global y SOS Desaparecidos siguen recordando cada año la desaparición del niño de Dos Hermanas, difundiendo su ficha, la edad que tendría hoy (32 años) y pidiendo cualquier pista que ayude a desatascar la investigación. En abril de 2025, al cumplirse 19 años, artículos en prensa nacional y local volvieron a poner el foco en aquella bicicleta que nunca llegó a su destino, subrayando además algo importante: que en 2006 casi nadie hablaba de violencia vicaria, y que casos como el de Josué ayudan hoy a ponerle nombre a un patrón de daño que durante décadas estuvo invisibilizado. 

En paralelo, juristas y expertos en personas ausentes citan habitualmente la desaparición de Josué en estudios sobre la protección legal de quienes se esfuman sin dejar rastro. Un trabajo académico publicado en 2024 por la Universidad de Sevilla lo menciona como ejemplo de menor desaparecido en contexto de posible agresión intrafamiliar, subrayando la necesidad de reforzar tanto los protocolos de búsqueda temprana como el apoyo psicológico y jurídico a las familias que se quedan sin respuestas durante años. La sensación de abandono institucional, que tantas veces ha expresado Isabel, no es solo una percepción individual: forma parte de un problema estructural que estos estudios intentan visibilizar.


Hoy, el caso de la desaparición de Josué Monge García sigue oficialmente sin resolver. No hay imputados activos, no hay juicio, no hay sentencia. Lo que sí hay es una madre que sobrevive cada día con la certeza de que su hijo no se fue por capricho y con la sospecha más cruel clavada en el pecho; un padre desaparecido sobre el que pesa la principal hipótesis policial, pero que nunca llegó a sentarse ante un juez; y una ciudad, Dos Hermanas, que cada Lunes Santo recuerda que la historia de ese niño de ojos verdes sigue pendiente de final. 

Quizá lo más perturbador de la historia de Josué no sea solo que un chico de 13 años desapareciera a 300 metros de su casa, sino la suma de silencios que le siguieron: el del padre que se esfumó cuando empezaron las preguntas difíciles; el de un entorno que durante años normalizó la violencia dentro de casa; el de unas instituciones que, sin pruebas materiales, ven cómo un caso se apaga en los despachos mientras la familia sigue viviendo en abril de 2006. Contarla hoy, con cuidado y sin morbo, es una forma de gritar que Josué sigue faltando. Y de recordar que, detrás de cada ficha de “desaparecido”, hay una bicicleta que nunca llegó, una puerta que no se abrió y una madre que sigue esperando, contra toda lógica, escuchar por fin el ruido de la llave al otro lado.

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