Socorro Pérez tenía 43 años y una vida construida sobre los pilares de la sencillez, la fe y el deporte. En Ourense, una ciudad donde los rostros suelen ser familiares y las rutinas se respetan casi con devoción, ella era una figura conocida por su constancia. Cada tarde, cuando sus obligaciones se lo permitían, se calzaba las zapatillas de correr para recorrer los senderos cercanos al río Miño y la zona del Seminario, buscando en el esfuerzo físico un momento de desconexión y paz personal que nadie imaginaba que terminaría en tragedia.
El sábado 2 de mayo de 2015 comenzó con la calidez de una primavera gallega que invitaba a estar al aire libre. Socorro almorzó con sus padres, Jesús y su madre, en un ambiente de total normalidad doméstica. Tras la comida, se despidió de ellos con la promesa implícita de volver para la cena, tomó sus llaves, su reproductor de música y salió a la calle. Nadie en ese momento podía presagiar que aquel portazo suave sería el último sonido que su familia escucharía de ella.
La tarde avanzó y el sol comenzó a descender sobre el horizonte de Ourense, pero Socorro no regresaba. Su puntualidad, que era una de sus señas de identidad, se rompió, y con ella, la tranquilidad de sus padres. Cuando intentaron contactarla y el teléfono móvil dio señal de estar apagado o fuera de cobertura, la inquietud se transformó en un presagio oscuro. No era propio de ella desaparecer sin aviso, ni mucho menos dejar de contestar a las llamadas de quienes la esperaban en casa.
La denuncia esa misma noche activó una maquinaria de búsqueda que pronto envolvió a toda la ciudad. La policía, familiares y decenas de voluntarios se lanzaron a peinar las zonas por las que solía correr. Ourense se llenó de carteles con su fotografía, esa imagen de una mujer sonriente que contrastaba con la angustia creciente de los días que pasaban sin novedades. Cada batida infructuosa era un golpe a la esperanza, pero nadie quería verbalizar la posibilidad de un desenlace fatal.
Fueron 34 días de silencio atronador, un mes largo donde la incertidumbre erosionó la salud y el ánimo de la familia Pérez. Se barajaron hipótesis de todo tipo, desde un accidente fortuito en algún sendero escarpado hasta un secuestro, aunque el entorno siempre descartó la fuga voluntaria. Socorro no tenía motivos para huir de una vida que, aunque sencilla, era plena para ella. La respuesta, desgraciadamente, estaba mucho más cerca de lo que los mapas de búsqueda iniciales sugerían.
El 6 de junio de 2015, la verdad emergió de entre la maleza. Un grupo de amigos y voluntarios, organizados en una batida civil que no se resignaba al olvido, encontró el cuerpo en la zona del alto del Seminario, en el monte de O Couto. El cadáver no estaba a la vista; había sido ocultado deliberadamente bajo ramas de pino y vegetación, una maniobra torpe pero efectiva que había logrado esconder el crimen durante más de un mes a escasos metros de donde se la buscaba.
La escena del hallazgo desveló la naturaleza violenta de su final. El estado de descomposición complicó los primeros análisis, pero la autopsia fue contundente: Socorro había sido asesinada. La causa de la muerte fue un traumatismo craneoencefálico severo, provocado probablemente por una piedra u objeto contundente utilizado con una fuerza letal. Además, la ausencia de ciertas prendas de ropa inferior apuntaba claramente a un móvil sexual, transformando la desaparición en un ataque depredador.
La Policía Nacional asumió la investigación de un crimen que parecía carecer de testigos. A pesar de que la zona del Seminario es frecuentada por deportistas y paseantes, nadie vio ni oyó nada aquella tarde de mayo. El asesino actuó con una impunidad aterradora, aprovechando quizás un momento de soledad en el sendero para abordar a su víctima, arrastrarla fuera de la vista y ejecutar su agresión antes de intentar borrar su rastro cubriéndola con ramas.
Los agentes interrogaron a cientos de personas, revisaron horas de grabaciones de cámaras de seguridad lejanas y analizaron el tráfico de datos de las antenas de telefonía. Se investigó a agresores sexuales fichados en la provincia, a personas del entorno de la víctima e incluso a transeúntes ocasionales. Sin embargo, todas las líneas de investigación terminaban en callejones sin salida. El agresor parecía ser un fantasma que se materializó para matar y se disolvió después en la cotidianidad de la ciudad.
El mayor obstáculo fue la ausencia de pruebas biológicas concluyentes. El ADN recuperado del cuerpo de Socorro estaba muy degradado por la exposición a la intemperie y las lluvias de aquel mes. Aunque se lograron aislar algunos perfiles genéticos parciales, el cotejo con las bases de datos policiales no arrojó ninguna coincidencia positiva. La ciencia, que tantas veces resuelve lo imposible, se topó aquí con los límites del tiempo y la naturaleza.
Con el paso de los años, el caso entró en un letargo judicial doloroso. El juzgado se vio obligado a decretar el archivo provisional de la causa por falta de autor conocido, una decisión técnica que, para los padres de Socorro, se sintió como un abandono institucional. La sensación de que el asesino seguía libre, caminando quizás por las mismas calles y respirando el mismo aire, se convirtió en una tortura psicológica diaria.
Jesús Pérez y su esposa no han permitido que el polvo cubra el expediente de su hija. En cada aniversario, su presencia en los medios y en las concentraciones sirve de recordatorio de la deuda pendiente. Mantienen la habitación de Socorro intacta, tal como ella la dejó aquel sábado, como un santuario de memoria y resistencia frente a la impunidad que amenaza con cerrar el caso para siempre.
Fue en una de estas comparecencias donde Jesús pronunció la frase que resume el horror de su existencia actual, una sentencia que pesa más que cualquier condena judicial: "Tenemos miedo de morirnos sin saber quién le quitó la vida a nuestra hija". Esas palabras encierran el terror no a la muerte propia, sino a dejar este mundo sin haber cumplido con el deber sagrado de hacer justicia por su sangre.
A día de hoy, casi una década después, el crimen sigue sin resolverse. La policía asegura que el caso no está cerrado y que se revisan periódicamente las pruebas con nuevas tecnologías forenses, esperando que un avance científico permita poner nombre y apellidos al culpable. Pero las promesas no llenan el vacío ni calman la ansiedad de unos ancianos que miran el reloj sabiendo que su tiempo se agota.
El caso de Socorro Pérez es un espejo incómodo para la sociedad. Nos recuerda que, a pesar de las cámaras y la tecnología, existen depredadores oportunistas que logran escapar del radar. La zona del Seminario sigue siendo un lugar hermoso para correr, pero para la memoria colectiva de Ourense, siempre estará teñida por la sombra de lo que ocurrió aquella tarde de mayo.
Mientras el asesino siga libre, la carrera de Socorro no ha terminado. Su historia permanece suspendida en el kilómetro final, esperando que la verdad cruce la meta antes de que sea demasiado tarde para quienes más la amaron. Ourense le debe a Socorro, y sobre todo a sus padres, la paz de una respuesta que cierre, por fin, la herida abierta en el monte de O Couto.
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