La Semilla del Mal y la Sal: La Verdadera Historia del Exorcismo del Albaicín


Granada, 30 de enero de 1990. El histórico barrio del Albaicín, con sus calles laberínticas y su mística andalusí, se convirtió en el escenario del primer acto de lo que sería el "año negro" de la superstición en España. Encarnación Guardia Moreno, una mujer de 36 años que había regresado de Francia arrastrando una profunda depresión y problemas de fertilidad, se convirtió en la víctima mortal de una ignorancia letal. Convencida por su entorno de que sus males no eran médicos, sino espirituales, creyó estar embarazada del demonio.

Encarnación se puso en manos de sus primas, Angustias y Enriqueta, y de un personaje clave en esta tragedia: Mariano, conocido popularmente como "El Pastelero". Este curandero local, que gozaba de una reputación infundada en el barrio, confirmó los peores temores de la mujer: albergaba la "semilla del mal" en su interior. La solución propuesta no fue terapia ni medicina, sino un ritual de expulsión que se llevaría a cabo en el domicilio familiar.

El "tratamiento" comenzó de una manera brutal. Bajo la dirección de "El Pastelero", y con la colaboración activa de las familiares, Encarnación fue obligada a ingerir una mezcla corrosiva y letal. Le hicieron beber entre dos y tres kilos de sal disuelta en litros de agua y vinagre. La creencia era que la sal, elemento purificador por excelencia en la superstición, quemaría al demonio por dentro y lo obligaría a salir.

Lo que realmente ocurrió fue una tortura fisiológica. La ingesta masiva de sodio provocó en Encarnación una deshidratación celular fulminante y un desequilibrio electrolítico severo. Mientras su cuerpo colapsaba por dentro, el ritual continuaba por fuera. Al ver que el "mal" no salía, los exorcistas improvisados recurrieron a la violencia física directa para extraerlo manualmente.


La mujer sufrió agresiones espeluznantes en sus zonas íntimas. En un intento delirante por arrancar el supuesto feto demoníaco, le causaron desgarros vaginales y anales profundos, así como múltiples hematomas por todo el cuerpo al golpearla para "ayudar" a la expulsión. Encarnación agonizó durante horas, pero sus verdugos interpretaron sus convulsiones y gritos no como dolor humano, sino como la resistencia de la bestia.

El desenlace fatal llegó cuando, ante el estado comatoso de la víctima, decidieron trasladarla al Hospital Ruiz de Alda (actual Virgen de las Nieves). Ingresó el 31 de enero en estado crítico. Los médicos no daban crédito a lo que veían: una mujer con los niveles de sodio en sangre más altos jamás registrados y destrozada físicamente. A pesar de los esfuerzos, Encarnación falleció poco después debido al fallo multiorgánico provocado por la intoxicación salina y las heridas.

La autopsia de Encarnación Guardia añadió un capítulo de misterio sobrenatural al caso. El forense encargado, el célebre Dr. José Antonio García Andrade, relató posteriormente un hecho insólito: los carretes de fotos tomados durante el examen del cadáver nunca pudieron ser revelados. Salieron velados o negros, un detalle que alimentó la leyenda urbana de que "algo" oscuro rodeaba realmente el cuerpo de la mujer, aunque la explicación científica apunta a fallos técnicos o sugestión.


La investigación policial detuvo a "El Pastelero" y a las primas de la víctima. El juicio se celebró en 1992 en la Audiencia de Granada y fue un espectáculo mediático. Los acusados se culparon mutuamente. Mariano "El Pastelero" intentó minimizar su rol, alegando que él solo daba consejos, mientras que las familiares decían seguir sus instrucciones ciegas.

La sentencia fue polémica. El tribunal no condenó por asesinato, sino por homicidio por imprudencia temeraria. Los jueces consideraron que no había intención de matar (dolo), sino una intención delirante de "sanar" que se les fue de las manos por una negligencia absoluta. Mariano y Enriqueta (la prima más activa) fueron condenados a penas que rondaban los dos años y medio de prisión, una condena que para muchos fue insultante dada la brutalidad de los hechos.

Este caso sentó un precedente funesto. Apenas unos meses después, en septiembre de 1990, ocurriría el caso de Almansa, con similitudes escalofriantes (extracción vaginal), lo que sugiere un efecto contagio o una corriente de superstición que recorría la España profunda de aquel año.

Llegado enero de 2026, los protagonistas de aquella noche en el Albaicín ya han cumplido sus cuentas con la justicia hace décadas. Mariano "El Pastelero" desapareció de la vida pública tras su condena, y si sigue vivo, sería un anciano muy avanzado. Las primas también se reintegraron en el anonimato, cargando con el estigma de haber matado a su propia sangre.

El caso de Encarnación Guardia se estudia hoy no solo en criminología, sino en antropología social. Muestra cómo la sugestión puede anular el instinto de supervivencia (ella bebió la sal voluntariamente al principio) y cómo la autoridad de un "sanador" puede convertir a una familia en torturadores.

El legado del crimen perdura en la cultura popular a través de programas como "Cuarto Milenio" o "El Caso", que siguen revisitando el misterio de las fotos veladas. Pero más allá de lo paranormal, la realidad es médica y triste: la sal, un elemento cotidiano, fue usada como arma en un crimen de ignorancia.


Encarnación buscaba paz y encontró una muerte agónica. Su nombre ha quedado ligado para siempre a la historia negra de Granada, recordándonos que el verdadero demonio esa noche no estaba dentro de ella, sino en la mente de quienes creyeron tener el poder de curarla a golpes.

Hoy, 36 años después, la casa del Albaicín guarda silencio. La justicia humana ya cerró el expediente, pero la memoria de una mujer que murió deshidratada y mutilada por la fe ciega de los suyos sigue siendo una herida abierta en la conciencia de la ciudad.

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